La Cripta del Shemaforash para Luis Emilio Vallejo

Publicado diciembre 1, 2011 por alvarengomez
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La Cripta del Shemaforash para Luis Emilio Vallejo, escritor
© Luis Emilio Vallejo

Esta reseña literaria me la envió Luis Emilio Vallejo, escritor y amigo, que ha leído el ensayo. Le agradezco las palabras y paso a exponerlas para que los seguidores de este blog la conozcan:
«Alvaro Rendón. Editorial El Olivo.
Jaén, 2011
112 páginas

Todo comienza cuando en los años 70 un estudiante de Arjona compra una lápida de mármol con dibujos geométricos en un anticuario de la mítica Calle Elvira de Granada y la dona al Ayuntamiento de su pueblo.  Con este hecho rescata uno de los episodios más fascinantes de la historia de la Restauración Borbónica de España. Arjona, 1913, Beatriz Prieto, madre del Barón de Velasco, muere. Es tal el dolor de esta pérdida que decide construir una Cripta-Mausoleo donde descansen sus restos en la Iglesia Parroquial de Santa María. La iglesia fue destruida y profanada la Cripta en 1936 y algunos de sus restos, como la mencionada lápida, perdidos para siempre.

Pero frente a la desolación y al olvido, la cripta es restaurada por el Ayuntamiento de Arjona en el año 2001. Sus tres esculturas en mármol de Carrara, obra del escultor Capuz, sus bóvedas con teselas doradas bizantinas, su bella arquitectura, obra de Antonio Florez Urdanpieta, hijo de Justino Florez, el gran arquitecto de Jaén, con un proyecto ambicioso, son restituidas. La Cripta desde entonces puede visitarse.

En mayo del año 2009 llega a Arjona un viajero, un peregrino, Alvaro Rendón Gómez (El Puerto de Santa María, 1950); pero no uno más. Alvaro es geómetra, catedrático de dibujo, un experto en análisis de recintos sagrados, autor, junto a Juan Eslava Galán de La Lápida Templaria Descifrada (Zenith, Barcelona, 2005); y otros tantos títulos más: “Geometría Especulativa”, 1990. “Geometría Paso a Paso”, vols. I y II, 2000, 2001 y autor de un blog [http://alvarengomez.wordpress.com]

Bajo el título de La Cripta del Shemaforash, Rendón desarrolla un estudio exhaustivo sobre el monumento, su historia y artífices. Analiza estructuralmente la planta de la Cripta, llegando a sus últimas consecuencias la comprobación de todas las hipótesis geométricas, la interrelación entre las distintas partes del edificio, obra magistral de Antonio  Florez.
Es entonces cuando en los siguientes capítulos del libro, en la Geometría Oculta donde destapa toda la trama esotérica, dado que el dibujo de la Lapida Templaria, que formaba parte de la propia cripta, contiene en sí los planos de ella y todo el mensaje enigmático, El Shem Shemaforash.
Una de las aportaciones más fascinantes de Rendón es su propuesta de los recorridos iniciáticos para los cuales la Cripta estaba preparada, bajo salmos y cantos de los iniciados. El Barón fue miembro de la Logia Pontificia Los Doce Apóstoles, vinculada a los depositarios del Temple de Inglaterra y a la facción judía de Lámpara Tapada.
Pero la historia humana se cierra cuando el Barón de Velasco se arruina, posiblemente por la costosa construcción de la Cripta, seguida de la Guerra Civil y los hechos terribles que sobre esta obra maestra ocurrieron; también sobre su arquitecto Antonio Florez Urdapilleta, vilipendiado y desterrado. Ha hecho falta un nuevo siglo para que la Cripta renazca y con ella su estudio por especialista de reconocido prestigio como Álvaro Rendón que promete futuros estudios sobre el enigmático monumento, quizás luchando contra esa advertencia de la lápida templaria de Arjona, en la Cripta del barón de Velasco de la ahora Iglesia de San Juan Bautista.
Nada debe temer el que cumple “la Dorada Ley del Silencio”, palabras con las que Álvaro concluye su extraordinario trabajo de investigación. Porcuna, 1 de Diciembre de 2011»

Sin comentarios. Solo reiterarme en mi agradecimiento.

La Cripta del Shemaforash

Publicado octubre 19, 2011 por alvarengomez
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© Álvaro Rendón Gómez

La Cripta del Shemaforash es un pequeño ensayo sobre la Cripta del Barón de Velasco, en Arjona, que edita El Olivo de papel [http://elolivoeditorial.com/]; formato 125 x 195 mm, 114 páginas, y unos 9’5 €, en cualquier librería. Escrito en lenguaje sencillo y con muchas ilustraciones.


El argumento es el siguiente: «La muerte de doña Beatriz, en diciembre de 1913, desgarró emocionalmente al joven barón de Velasco. Ni siquiera las tareas políticas como diputado por Albarracín paliaron su obsesión por el mundo que intuía existir tras el velo de la muerte. Esta inquietud aceleró la construcción de un recinto donde honrar cristianamente la memoria de sus padres; conocido como la Cripta del Barón de Velasco.
Las páginas de este librito demuestran que la Cripta también fue utilizada para desarrollar experiencias de ultratumba; puesto que, el barón era miembro de la Logia Pontificia “Los Doce Apóstoles”, vinculada a los depositarios del Temple en Inglaterra y a la facción judía de Lámpara Tapada.
Hay razones para afirmar que el Shem Shemaforash encerrado en la enigmática geometría de la Lápida Templaria de Arjona, se utilizó en rituales de Iniciación.»

A continuación, expongo un par de cosas del libro. Gracias, amigos.

«Arjona
La colaboración en el desciframiento de las claves que rigen la Lápida Templaria (1) de Arjona me movió a visitar esta acogedora ciudad jienense. Lo hice durante el segundo domingo de mayo del 2009. Mala fecha para visitas porque coincidió en plenas Fiestas de Nuestra Señora de Alharilla, con una romería muy popular en la zona. Por ese motivo, la visita se limitó al Santuario de las Reliquias de los santos Bonoso y Maximiano, y la Cripta mausoleo del barón de Velasco.
Ninguno me dejó indiferente.
El Santuario aún conserva la estructura de planta única con crucero de brazos cortos y capillas laterales de finales del XVI y resulta impresionante bajar a la antigua Capilla, donde aún se puede oír las recitaciones en latín. Merece la pena examinar las reliquias.
El acceso a la Cripta de la familia Ruano ya no se realiza por la capilla privada de la Parroquia de san Juan Bautista; pues, la primitiva fue destruida en los albores de la Guerra Civil española. Según parece, hacia la medianoche del 23 de julio de 1936, prendieron fuego a la de Santa María. Sobre las cuatro y media, bajaron hasta la plaza de san Juan. Llamaron al sacristán, don José del Pino, forzaron la puerta principal y, en medio de voces e insultos hacia los santos, alcanzaron la sacristía. Despertaron al prior, que era don Juan Antonio León García. Le facilitaron un vehículo y lo obligaron a salvar su vida huyendo a Jaén.
Con las cenizas humeantes del artesonado mudéjar, varios milicianos y milicianas bajaron a la cripta y derribaron las estatuas en mármol que tapaban los nichos. Llegaron hasta los féretros y profanaron los cadáveres de don Jerónimo Ruano y doña Beatriz Prieto, padres del Barón. La gente presenció escenas de auténtica depravación: En la misma plaza, jugaron a la pelota con la cabeza de doña Beatriz, mientras sus momias eran arrastradas e insultadas.
Tras la guerra, la Iglesia fue restaurada y cegado el pasillo de comunicación con la cripta, quedando a merced de los zagalones que empleaban las teselas doradas de los frisos bizantinos como chapas. Es harto improbable que el maestro Giovanni, a quien el barón encargó la construcción del recinto funerario, conociera la existencia de un canal subterráneo de aguas que fluía próximo a la Cripta; pero, es cierto que los recintos sagrados se eligen próximos a manantiales naturales, grutas subterráneas o lugares con alguna significación mística. Por tanto, no fue una coincidencia la elección del sótano de la parroquia para excavar un recinto de estas características.
Los movimientos de tierra para cimentar los muros de lo que sería la nueva parroquia de San Juan Bautista, desviaron el curso de este manantial y el agua acabó filtrándose y anegando la Cripta hasta una altura de un metro y medio, destruyendo buena parte de la rica ornamentación de los paramentos verticales. Lo cierto fue que, esa conjunción de infortunios acabó oxidando los engranajes metálicos que servían para mover las estatuas monolíticas, hinchó las losas de mármol de Carrara y retrasaron la restauración de la Cripta, que no se produjo hasta septiembre de 2001.
La primera tarea fue localizar el sumidero del canal subterráneo y taponarlo. Se bombeó el agua y, al secarse las paredes, se descubrieron los frisos del zócalo y el daño sufrido en los mosaicos. Se buscaron cabezas y miembros amputados a las estatuas, pero fue inútil. Desaparecieron y, con ellos, sus significados alegóricos y simbólicos.
Por otro lado, al quedar cegado el corredor de acceso por la primitiva capilla privada, desde la parroquia, hubo de practicarse una nueva entrada, directamente desde la calle, desvirtuándose el significado del ritual de presentación del neófito, durante la bajada a la Cripta, como candidato; o durante la subida, como iniciado.

Apuesta Católica
A finales del siglo XIX, la Iglesia Católica llevaba casi dos mil años conduciendo los destinos de la barca de Pedro. Durante ese largo período, el católico había asistido pasmado cómo prelados y curas sin escrúpulos se aliaban con el Mal, con el único fin de seguir apoltronados en sitiales de oro. Desde lujosos templos, sobrecargados de vanidad temporal, estos gregarios del anti-Cristo lanzaban mensajes de austeridad y sacrificio desde lujosos templos, sobrecargados de vanidad temporal.
Hasta entonces, el oscurantismo de una erudición huera sólo había engañado a los necios y cada vez eran menos los que esperaban la Redención del Ser Humano y sus miserias, pregonada para llenar tabernáculos y limosneros. Estos casi dos mil años masacrando cualquier brote de luz, imponiendo una fe al horror de las postrimerías e instaurando la tortura física practicada por una Inquisición despiadada y sádica, desembocaron necesariamente en una actitud generalizada de rechazo. Y, al fin, multitud de cristianos clamaron ante tantas piras públicas, tanta masacre y desolación.
Se preguntaban, aterrorizados, ¿cómo un mensaje original de amor desinteresado pudo engendrar tanto odio contra el género humano? ¿Cómo tantos Concilios no habían hecho otra cosa que pulir un mensaje paulista que nació agotado y desviado de los ideales de Jesús de Nazaret? ¿Cómo el católico había llegado a esta situación de rechazo frontal a las ideas que habían mantenido a la Iglesia en su posición hegemónica?
La serpiente anticlerical había infectado centros culturales y religiosos de Europa y América. El tiempo de la Iglesia Católica había llegado a su fin y se hallaba en los albores del ocaso; imposibilitada para integrar en solitario una transformación profunda que la alejara de la destrucción.
Pensaron entonces que la salida estaba en el “ecumenismo”, en aplicar una política de pactos, buscar el consenso con las religiones monoteístas y crear un andrógino religioso en el que tuviera cabida todo el mundo. Este sincretismo de religiones monoteístas tenía que desembocar, inevitablemente, en el esoterismo; es decir, en esa iglesia universal anunciada por Saint-Yves, integrada por la Iglesia católica, que aportaría el Evangelio y la autoridad espiritual de sus instituciones (episcopado, papado y concilio; aunque, con nuevos objetivos); la Iglesia mosaica, con la Torah y su autoridad, el gaon de Jerusalén, quien profetizó la llegada del Mesías, vinculándolo con la construcción del Tercer Templo de Jerusalén; y, finalmente, la Iglesia de los Vedas y su autoridad, la Logia Agartha, como predijo M. Ferdinand Ossendowski (2).
A las tres Iglesias anteriores habría que sumar una cuarta, formada por el protestantismo de Lutero, el Islam de Mahoma y el budismo de Cakya-Mouni. Es decir, una religión multi-creyente, o multi-confesional (3). Todo y, al mismo tiempo nada.
¿Acaso estos planteamientos, contradictorios en apariencia, no se han implantado en la actualidad?, ¿cuántos católicos practican “meditación trascendental”, se deleitan con los mitos judáicos y están de acuerdo con el ascetismo musulmán?
No obstante, la Iglesia Católica tendría que dar marcha atrás públicamente porque los que inspiraron el establecimiento de esta religión multi-creyente, el “ecumenismo masónico y sinárquico” de carácter luciferino, tendría que ser francmasónica y con un fin u objetivo común: La libertad de religión.

Doce Apóstoles
El primer movimiento hacia el ecumenismo lo inició León XIII. En 1903 creó una Comisión Bíblica Pontificia cuya misión encubierta fue recuperar para la Iglesia el Shem Shemaforash, el Verbo Creador o Nombre de Poder que permite al hombre trascenderse y ascender a Dios, comprender su Creación, compartirla y reproducirla. Es decir, el Poder y la Sabiduría absolutos.
Dos años después, san Pío X, apoyándose en la Carta Apostólica Scripturae Sanctae de 23 de febrero de 1904, confirió a la Comisión Bíblica la facultad de conceder grados académicos de licenciatura y doctorado en Ciencias Bíblicas, exégesis incluidas de las Sagradas Escritura, y amplias competencias sobre cuestiones y controversias provocadas por la crítica moderna.
El segundo movimiento, más secreto, consistió en la creación de legaciones y asociaciones, con presencia de obispos en algunos casos especiales, o recurriendo a personas de una trayectoria católica impecable que la representasen. El trabajo de estas legaciones sería ultra-secreto, y tendría como misión promover en el seno de la masonería un cambio de rumbo hacia el cristianismo, reorganizar a los numerosos grupos neo-templarios dándoles el apoyo necesario y la asistencia documental precisa a fin de convertirlos en los modernos cruzados de la fe; y a los seguidores de Swedenborg (4), el swendborgismo, defensor del simbolismo universal y metafísico representado por tres “esferas de influencia”:
• Alma – Mente racional y voluntad – Imaginación
• Deseo
• Memoria.
Este movimiento tuvo una enorme influencia en intelectuales moderados, como escritores, abogados y médicos, la burguesía acomodada que siempre sostuvo a la Iglesia Católica.
El papa murió al poco tiempo y estaba previsto que lo sucediera el cardenal Rampolla, su más estrecho colaborador, pero el veto del emperador Francisco José de Austria forzó al Espíritu Santo a elegir a Giuseppe Sarto, más conocido como Pío X (1903-1914), un hombre sin experiencia, nada dúctil, iracundo y obsesionado por las lacras del mundo moderno: comunismo, socialismo y libre pensamiento.
Pío X intentó renovar la vida espiritual de la Iglesia con mucho catecismo; y significó un paso atrás al ecumenismo.
Al mismo tiempo, el gobierno francés acosaba a la Iglesia, lo que exacerbó la ira clerical y un deseo inquisitorial de expurgar a la Iglesia de las filtraciones modernas. Eso dio al traste con la colaboración interconfesional.
Benedicto XV retomó la idea del ecumenismo de León XIII, convencido de que la fe católica estaba llamada a ser «coeficiente de un valor incomparable para conferir una vitalidad espiritual a la cultura fundamental unitaria que debería constituir el espíritu animador de una Europa unificada social y políticamente (5)». Impulsó la creación de la Pontífica Comisión Bíblica (6), con la esperanza de que el mensaje clarificador y contundente de las Sagradas Escrituras, el Evangelio y san Pablo, sirvieran de guía en el estudio y solución de la crisis espiritual que sacudía al mundo. Esta Comisión ya había derivado en la Santa Logia Pontificia “Los Doce Apóstoles” (7), un grupo de estudio que, desde 1873, buscaba los puntos de acuerdo entre las tres grandes religiones (Católica, Judía y Musulmana), y hacía frente común contra las propuestas sinárquicas de la masonería luciferina (8).»

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1/ Eslava Galán, Juan y Rendón Gómez, Álvaro: “La lápida templaria descifrada”, Edit. Zenith, Barcelona, 2005
2/ «Los pueblos de Agartha saldrán de sus cavernas y aparecerán sobre la superficie de la tierra.» Ossendoski: “El Hombre y el misterio en Asia”, M. Aguilar, Editor. Madrid
3/ Una religión católico-ortodoxa, libre-creyente, budista, hebrea e islamista
4/ Emanuel Swedenborg (1688 – 1772), hombre polifacético, estudió y escribió sobre matemáticas, geología, química, física, mineralogía, astronomía, anatomía, biología y psiquiatría. Su aportación a la mística fue cuantiosa con título tan sugerentes como “Sobre el cielo y sus maravillas y sobre el infierno”, donde afirma que después de la muerte del cuerpo físico el individuo pasa un tiempo intermedio en el mundo de los espíritus, donde elegirá libremente ir al cielo, que no es una recompensa, o al infierno, que no es un castigo. “El amor verdaderamente conyugal”, “El Amor escatológico”, “El caballo blanco”, sobre el capítulo 19 del Apocalipsis; “La sabiduría de los ángeles”; “La Divina providencia”; “Las cuatro doctrinas”; “La nueva Jerusalén y su doctrina celeste”; “Arcanos celestes”, en 16 volúmenes; “Antecedentes, psicológicos y consagrados”, donde habla de la regeneración del ser humano a imitación de la glorificación de Jesucristo; “Tratado de las representaciones y de las correspondencias”; y, finalmente, “La verdadera Religión Cristiana”, en 2 volúmenes, donde compara los dogmas cristianos con los símbolos bíblicos, la vuelta del Cristo, la caída de la humanidad y la regeneración del hombre cósmico.
5/ Que expresó mucho después un Paulo VI renovador que se encontró con las manos atadas por las conclusiones de un Concilio Vaticano que había organizado Juan XXIII.
6/ Creada como órgano de consulta el 30 de octubre de 1902, Acta Sanctae Sedis n. 35 y carta apostólica Vigilantiae studiique.
7/ Según los documentos de RILKO, (Research Into Lost Knowledge Organisation)
8/ De ideas neo-templarias, rosacrucismo anti-romano, juanismo esotérico contra la tradicional hegemonía pablista, o de ese luciferismo doctrinal que distingue entre lo manifestado del Creador, el rayo de luz que creó el Cosmos, que estaría bajo la autoridad de Lucifer, y la parte inmanifestada que estaría bajo los dominios del Dios-eterno; es decir, el luciferismo establece categorías divinas: Dios-inmanifestado del que nada podemos saber porque no se ha revelado, y el dios-rayo o dios-luz, Lucifer, la luz creadora del mundo, o manifestación introspectiva del Dios-inmanifestado, de proporciones infinitas a las que podría aspirar el ser humano. Esta sería la promesa de la serpiente del Génesis: A través del Conocimiento seréis como dioses; propugnando una evolución en el Conocimiento. La Iglesia Católica ha personalizado ese Lucifer-luz creadora como la figura del Mal, la encarnación de las bajezas del Mundo, ha tergiversado la esencia misma de la Creación. ¿Es esta Luz-Creadora, Lucifer, el Shem Shemaforash velado por los judíos, el nombre secreto de Dios, el verdadero Verbo-Principio?

Marisma con buitres

Publicado octubre 11, 2011 por alvarengomez
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© Álvaro Rendón Gómez

Así será mi primera novela, editada en El Olivo de papel [http://elolivoeditorial.com/]; formato 125 x 195 mm, 456 páginas, y unos 18€, en cualquier librería. Escrito en lenguaje sencillo y comprensible. En palabras de Juan Eslava Galán: «Es una novela estupenda que se lee de un tirón y da que pensar.»

El argumento es el siguiente: «Las pretensiones de una multinacional inmobiliaria, en connivencia con algunos cargos públicos del Pueblo de la Sal Marina, en el litoral, atentan contra las ideas revolucionarias de un hombre pacífico y su familia.
En la marisma de Don Nuño están ocurriendo cosas inexplicables. ¿Fenómenos atmosféricos? ¿Magia? ¿Qué tiene que ver con todo ello Margarita, la vagabunda hallada muerta en las puertas de un Ambulatorio? ¿Qué papel juega la hija menor de los García Hidalgo, de apenas doce años? ¿Cuál será la solución a los continuos conflictos entre ecologismo y desarrollo, conservadurismo y progresismo a ultranza…?»

A continuación, los primeros capítulos de la misma:

CAPÍTULO 1

Aquella mañana, la Prensa dio la noticia en página interior par y con titulares  a medio cuerpo: «Un nuevo caso del asesino de mendigos». La secretaria judicial dobló el periódico y atendió al teléfono. La requerían a primera hora de la mañana a las puertas del Ambulatorio de Marqués de Paradas. Allí le esperaba el cuerpo de una mujer muerta. El temor a que se tratara de una nueva víctima del asesino le recorrió la columna vertebral. Luego, en el lugar de los hechos, el inspector Jiménez le aclaró la situación:
—Ya lleva dos semanas sin actuar, señora.
—Aleje a la Prensa, inspector. Quiero acabar los trámites cuanto antes y volver al despacho.
—Sí, señora
Jiménez logró zafarse de los periodistas recurriendo a lugares comunes:
—Estos vagabundos siempre montan los trullos de cartón en lugares de tránsito. Será difícil hallar testigos porque las personas que acuden a estos sitios lo hacen con la misma indiferencia con que se automedican –añadió con sarcasmo–. ¡Cuidado, señorita! –llamó la atención a la periodista rubicunda que llevó el micrófono hasta rozar los labios del inspector–. No me gustan las alcachofas –sonrió forzadamente–. Mire, los que acuden al Ambulatorio son expertos en hablar de enfermedades que desconocen y protestar por la tostada con manteca colorá que viene quemada o pequeña. En cambio, nadie se ocupa de nadie. Nada les llama la atención. Van como autómatas.
Al acabar la última frase apartó de un manotazo a los periodistas y buscó con la vista al camarero del bar más próximo. Se trataba de Manolito Pizarro, quien aseguraba conocer a la víctima. Un enano espabilado de no más de metro y medio de estatura.
—Hace nueve o, quizás, diez años, inspector, que le acerco un vaso de leche templada a la pobre Margarita –compungido, llevó los dedos al lagrimal y evaporó la humedad rozando las yemas–. ¡Era una gran señora! ¡Buena pagadora! –exageró–. Limpia como los chorros de oro, callada como un monje benedictino y observadora como el lince… ¡Un encanto de mujer, si puedo decirlo!
El inspector, con gesto aburrido, movió los dedos para que continuara con la declaración.
—Llegó al portal hace nueve…, no, diez años. Con lo puesto. No creo que tuviera otra ropa. Yo siempre la he visto con la misma; aunque, eso sí, ¡la vestía con un arte y una elegancia…! –subió el brazo por encima de la cabeza para remedar al torero que tiene a sus pies un toro humillado–. Ha sido una pérdida para quienes la apreciábamos –continuó dolorido–. Una pena que haya acabado así.
Se quedó absorto contemplando el pavimento de la acera, levantado por las raíces de los plataneros que, según los vecinos, «el día menos pensado nos rompemos los cuernos con una de estas patas del árbol.»
En el silencio, el inspector hizo recuento mental de las pertenencias de la difunta: Una bolsa raída de plástico que contenía un segundo vestido, un par de mudas y veinte metros de alambre oxidado.
Al mencionar la bolsa, Manolito se ruborizó.
—¡La bolsa! –sonrió como si tosiera, disimulando el desliz–. No sé qué contenía, inspector, pero jamás se separaba de ella. Iba con la bolsa hasta el cuartito –exageraba con descaro–. Y, ya ve usted –relajó la declaración hasta convertirla en una simple charla de amigos que comentan anécdotas y curiosidades de alguien que no está presente–, la bolsa no era más que eso, una bolsa; con esos alambres oxidados y ¡con más mierda que el rabo de una vaca!
Fue su descripción más descarnada. Luego, fuera de contexto, se volvió hacia una ventanilla practicada a mitad de un muro de escayola y gritó:
—¡Media de churros!
Al mismo tiempo, deslizó sobre la barra un plato pequeño de los de café y depositó sobre el mismo una cucharilla deformada y un sobrecito de azúcar con el nombre del Bar. Dos segundos después, hacía sitio en el platillo para el culo de un vaso pequeño humeante.
—¡Nunca habrá probado un café como el moka que preparamos aquí, inspector!
Jiménez dio las gracias, resignado, y abrió el sobre, vertiendo el contenido sobre el negro néctar que Manolito tornó marrón al añadirle leche.
Mientras mojaba las tiras de masa frita en el extracto pardo de la mejor mezcla de café (mitad, arábico; mitad, robusta), Jiménez tuvo que soportar historias intrascendentes que se le ocurrían al camarero.
—¡Es por la harina especial con que los hacemos! –hinchó el pecho con orgullo profesional–. ¡Veinte años friendo churros de papa; y veinte años con la misma calidad, inspector! Y el café…, ¡qué me dice del café!
Parecía disfrutar con aquella tortura sicológica que transformó en reproche cuando observó que Jiménez sacaba el monedero para pagar la consumición.
—Aquí somos muy serios, inspector; así que, guárdese ese dinero que aquí no vale… –se sonrió por la generosidad demostrada–. ¿No le he invitado? –no esperó la respuesta–. ¡Pues, ya está todo dicho!
Cruzó los brazos sobre el pecho y apartó con la lengua el mondadientes mordisqueado que descansaba sobre el labio.
—¿Sabe que le digo, inspector? –dejó la pregunta en el aire–. En confianza, como profesionales. Usted en lo suyo y yo en lo mío, naturalmente.
—Naturalmente –corroboró Jiménez, con la atención puesta en los labios de Manolito que no se decidía a soltar el secreto que guardaba.
—Esa mujer no era mendiga… –insinuó susurrante, mirando a todos lados–. Todas las noches le llevaba un vasito de leche templada y, ¿sabe? –comprobó con desconfianza que nadie pudiera oírlo–, me pagaba con un billete de diez euros –miró circunspecto.
El enano disfrutaba creyéndose conocedor de las intimidades de la muerta y Jiménez no daba crédito a la estupidez de aquel montón de carne bautizada.
—¡Diez euros por un vaso de leche! ¿No le daba cambio…? –preguntó sorprendido Jiménez.
—Ese vaso de leche era especial para ella y, seguro que significaba más que ese billete al que parecía despreciar… Se pasaba horas mirando el líquido caliente, como si viera algo a través de él… –enmudeció pensativo–. ¿Qué podía ver en ese vaso, inspector?
La pregunta abrió una especie de agujero negro en aquel Bar donde la bulla y el ajetreo de cucharillas componían un infernal ruido de fondo. También el inspector quedó suspendido en ese espacio sin tiempo. De improviso, como el payaso sonriente que sale de detrás de una cortina con un sórdido ¡ta-ta-chán!, Manolito dio un golpe sobre la mesa y añadió:
—¡Naturalmente que le daba la vuelta de los diez euros, inspector, no soy un aprovechado! –sonrió con inocencia–. Aunque, ¿sabe usted?, le molestaba que lo hiciera… En una ocasión, ¡fíjese lo que son las cosas!, me amenazó con pedirle la leche al bar de enfrente, el de la competencia que, la verdad, comparado con nosotros, no tiene color.
—¿Tomaba leche todas las noches?
—Margarita nunca tomaba leche, inspector… –enfatizó el adverbio.
—¿Entonces? –no entendía nada.
—No era para ella; era para el perro. El pobre murió…
—Y de dónde cree usted que sacaba el dinero, ¿lo sabe?
—De donde va a ser, inspector –levantó las manos por la obviedad de la respuesta–, ¡del Banco! Usted sabrá, como todo el mundo, que las maquinitas de hacer dinero están prohibidas…
—Quise preguntarle si la difunta…, Margarita –rectificó–, ¿disponía de dinero en el Banco?
—Debía tenerlo porque, como usted bien sabe, los Bancos no dan ni las gracias si no hay un alto interés de por medio, el TAE creo que lo llaman…
—¿Y de qué Banco estamos hablando?
—Si se fija, por aquí no hay muchos… –señaló con la barbilla una sucursal bancaria en la acera de enfrente, junto al bar de la competencia–; pero, como la mala hierba, ¡están por todas partes!
Jiménez, cansado de escuchar bobadas, le acercó la mano abierta para despedirse.
—Muchas gracias.
—Pizarro, inspector, Manuel Pizarro –esbozó una sonrisa, ofreciendo la mano húmeda y pringosa–. Servidor. Y esta, su casa. Para lo que guste.
No pensaba dejarlo marchar sin hablarle de los amplios salones interiores, tan iluminados y agradables; los veladores que desplegaba en la acera, ondulada por la acción de los plataneros que ornaban la avenida. Se escapó por una trampilla abierta en los bajos de la barra y continuó con la tediosa propaganda:
—Ambiente agradable, ya lo ha visto. ¡Tiene que probar nuestros riñones al Jerez! Además, damos menús caseros a mediodía –gritó desde la puerta, porque el inspector estaba a punto de doblar la esquina; lejos del olor a “frito variado” que lanzaba el extractor instalado sobre la entrada

. . .

Una semana después del óbito la normalidad inundó la acera del Ambulatorio de Marqués de Paradas. En ese tiempo, Manolito Pizarro había dado una vuelta completa a la relación de tapas y el inspector Jiménez volvió al escenario de la tragedia con la intención de cerrar el caso, inmerso en la búsqueda de herederos de la mendiga.
Los parterres de la entrada principal del Centro de Salud aparecían marchitos por la acción de los mendigos que a mediodía seguían envueltos en papel de periódicos, ateridos de humedad fría. Los más madrugadores bebían agua al chorro para saciar la sed que producía la borrachera. Otros, recogían las mantas y hacían un hatillo con los cartones que luego despistaban entre la vegetación, quemada por la urea de las incontinencias nocturnas. Le llamó la atención la actitud de uno de ellos. Demasiada utillería teatral, pensó Jiménez. Llevaba barba de un par de semanas y rebuscaba con asco en una de las papeleras. Lucía amplia cicatriz facial y apestaba a agrio de vino y a orina reseca, como si se la hubiera echado por encima. Halló un vaso de plástico que utilizó de escudilla limosnera.
—Una moneda para llevar algo al estómago –fingía humildad, y se molestaba cuando la gente se alejaba sorprendida por el tufo que desprendían las ropas–. ¡Joder, si no soltáis monedas, dadme un cigarrillo para ir tirando…!
Un señor mayor se acercó para darle un pitillo que extrajo de un paquete de Celtas cortos y Damián se lo tiró a la cara.
—¡Qué pretendes, pellejón de los cojones, que la palme en dos días…! No, mira no, tronco, paso de tabaco “negro”, de marfileños de los cojones y de tu puta madre, ¿te queda claro?
Y se tumbó en la calzada, rajando de unos y otros. En el vaso de plástico, apenas veinte céntimos en monedas de dos y cinco. Descontento por la recolecta las arrojó contra el suelo, desparramándolas ruidosamente.
—Joder con el personal de este pueblo de agarrados… –gritó malhumorado–. ¡Es que aquí sólo hay estas moneditas de mierda!

-.-

CAPÍTULO 2

Hacía dos meses que Andrés había enviado los curricula y esperaba que la respuesta hubiera llegado antes. No obstante, estaba contento. El cursillo de quince días, obligado por la Oficina de Empleo, no había caído en saco roto: Su primera entrevista de trabajo la tenía ese mismo lunes a las diez de la mañana.
Decidió no seguir el consejo de presentarse trajeado, con chaqueta y corbata. Siempre había sido muy independiente e inconformista; una actitud que ya le había acarreado algún problema en la Facultad. Trabajar de economista una persona que le gusta cambiar y probar nuevos retos, se antojaba una contradicción; pero Andrés se lo había prometido a su padre y no le gustaba faltar a su palabra.
Sería fiel a sí mismo. Vestiría a su comodidad, con pantalón vaquero sin muchas rozaduras, camisa de manga larga y, tal vez, un jersey terciado en la mano por si refrescaba. Frente al espejo, a las ocho de la mañana, repasó el guión de lo que sería la entrevista. No recordaba si el curso aconsejaba mirar directamente a los ojos del entrevistador, apretarle la mano con decisión, sonreír, dar los buenos días, o explicar su presencia con un escueto «venía por…»
Mientras contemplaba el paisaje que pasaba por delante de la ventanilla del autobús urbano, se relajó tragando bocanadas de aire que expulsaba lentamente. Se bajó frente a una señal metálica en medio de un cenagal y a cien metros de su destino. Se acercó al vigilante que controlaba la entrada y salida a la fábrica, y le mostró la carta con membrete del jefe de personal. Con indiferencia, el uniformado señaló la puerta central de un cajón de fibrocemento que tenía a su espalda.
—Pregunte a la señorita –recomendó.
Durante el trayecto al edificio principal, un fuerte olor a detergente, sosa y cloro, produjo un ligero picor en la nariz que desapareció al traspasar la puerta de cristales de acceso al edificio principal.
Le sorprendió la exuberante decoración verde del vestíbulo y el logotipo en relieve que servía de telón de fondo a la recepcionista. La saludó cortésmente. Al ir a mostrarle el papel con la cita, ella forzó una amplia sonrisa y se adelantó.
—¿Viene a la entrevista?
Andrés asintió perplejo por la intuición de la joven.
—Siéntese, por favor –indicó a su derecha–. Enseguida le recibirá el jefe de Personal.
Y no se demoró.
Tras una escueta exposición de intenciones, y sin levantar la cabeza de los papeles que tenía sobre la mesa del despacho, el jefe de personal le indicó la única silla que había delante de su mesa. Repasó en voz alta los méritos académicos que Andrés indicaba en su curriculum y pasó a comentarle las condiciones laborales que ofertaba: «Contrato por tres meses, ampliable a seis –fue escueto–. ¿Supondría un inconveniente para usted aceptar un trabajo de inferior categoría a su titulación? –fue directo.»
—No, ninguno.
—Bien, señor…–consultó la ficha para recordar los apellidos–, García Robledo. Gracias por haber acudido a la entrevista.
Extendió el brazo para despedirse, cortando cualquier intento de conversación del aspirante.
—Valoraremos su solicitud y le avisaremos.
Se estrecharon las manos y, en menos de diez minutos, sin tiempo a evaluar lo sucedido en la breve entrevista, el autobús lo devolvió a la ciudad.

María entró derrotada en la cafetería. Buscaba con la vista a su padre. Solían desayunar juntos en el primer descanso de media hora. Tras un leve vistazo, lo localizó junto a la ventana. Se besaron con afecto y ella se dejó caer en la silla metálica, bufando un sonoro suspiro.
—Estoy agotada.
—¿El nuevo detergente en perlitas?
María admitió moviendo la cabeza.
—El café te repondrá –aconsejó Pepe.
—¡Eso espero! –tomó un sorbo de café y escrutó el ambiente–. Debo ir pensando en la sopita y el buen caldo, papá –acabó la frase con el final de un bostezo, la prueba de haber dormido poco.
—No digas tonterías, hija, rebosas juventud –el padre no puso excesivo interés en animarla sabiendo que en ese asunto lo tenía todo perdido.
—Acostarme tarde me mata… –el padre sonrió burlonamente–. Ya no soy una niña. El cuerpo no descansa con tres horas de sueño diario. Eso se queda para las más jóvenes. Ya estoy harta de oír al despertador sentenciando las seis–y–media, las seis–y–media, las seis–y–media…
Exageró el sonido del despertador oscilando la cabeza.
—¡Es que para ti no hay término medio, hija! ¡Sal como lo hacen las personas decentes, a las diez de la noche y te recoges a las doce o doce y media! Que quieres quedarte más tiempo, pues sales antes de casa. No que siempre alargáis la noche por detrás.
—Iré al cine, cenaré tranquilamente con las amigas. Tomaremos café y al dar las doce, ni un minuto más, a casita a descansar –lo dijo con retranca–. ¡Ah, y tendré cuidado de no perder uno de mis zapatos! –se sonrió con franqueza.
—Eso tampoco está mal –siguió la ironía–. Quien dice el cine, dice organizar alguna reunión en casa de alguien… –no terminó la frase porque rompieron en una sonora carcajada.
El sonido de la sirena interrumpió el comienzo de otras conversaciones.

. . .

Vestido con buzo azul celeste y casco blanco, Andrés se veía plenamente integrado la fábrica de Jabones y Detergentes. Su primer destino, el departamento de Distribución, donde Andrés aprovechaba la media hora de descanso para ponerse al día con los libros de entradas y salidas de camiones, estudiando bien el cometido de cada uno de ellos. Así, revisó y comprobó la hora, el día, los kilos y la frecuencia de cada camión; porque, aunque no era un gran trabajo le gustaba hacer bien las cosas. Era meticuloso y se esforzaba en contentar a todos.
Al término del primer mes, había organizado el transporte según un criterio más lógico; de manera que, los volvieron en septiembre, tras las vacaciones estivales, aceptaron sin reparos la nueva organización. Por eso, cuando expiró el contrato provisional, se lo ampliaron a un año, pasando al departamento de Administración: Una mesita pequeña con una terminal de ordenador en un cuarto sin ventana: “Su” escondrijo, como lo llamaba. Con el cuartucho, le encargaron la confección de la Memoria Anual.
—Estudie las de años anteriores y saque conclusiones –sugirió el jefe de Administración, enjuto y nariz aguileña. No le dio la mano y durante la larga intervención no levantó la vista de los papeles que firmaba–. Observe que en todas he destacado la calidad de los datos, no los diagramas en colores. Por favor, no invente ni diseñe, y por encima de todo, no trate de joderme elaborando una gran Memoria. ¡Ah!, no olvide informarme periódicamente de los progresos.
Andrés se retiró sin hacer ruido y terminó derrumbándose al llegar al cuartucho miserable. ¡No había estudiado una carrera universitaria para sufrir el acoso de aquel aguilucho resentido contra el mundo! Resuelto a “joder” al jefe de Administración, tomó la firme decisión de no hacerle caso. Redactó una circular por departamento, con listas detalladas de datos que necesitaba conocer. Él mismo llevó las circulares y contactó con las personas responsables de cada departamento. Fue reiterativo, insistente, plasta y descarado, pero obtuvo lo que quería. Cuando le tocó el turno a la sección donde trabajaba María se detuvo más tiempo del debido.
—No sé qué datos necesita… –objetó–. Aquí únicamente trabajo yo.
María no entendía nada de administración o economía. Se limitaba a diseñar etiquetas de productos en el departamento artístico.
—¿No depende de otro? –preguntó Andrés extrañado, seguro de haber estudiado a conciencia el organigrama empresarial.
La joven se encogió de hombros.
—¿Te refieres a quién me echa las broncas? –añadió con ironía.
Andrés se sonrió. No lo hubiera expresado tan bien.
—La empresa tiene cuatro departamentos –prosiguió el economista–: El de Ingeniería de Producto, Mercadotecnia, Finanzas y Dirección… ¡Seguro que usted depende de uno de esos cuatro!
—Yo creo que de dos, de Mercadotecnia y de Ingeniería de Producto; pero, no me haga mucho caso. Las órdenes directas se extraen de una reunión con esos dos departamentos –hizo una pausa y se quedó pensativa–. El envase debe entrar en las cadenas de envasado; emplea un determinado material capaz de biodegradarse que, al mismo tiempo, admita periodos prolongados de almacenado; además de ser atractivo…
Enumeraba en voz alta, queriendo complicarle la vida a aquel “contable”. Andrés fue paciente y la siguió; incluso, tomó notas, algo que extrañó a María.
—Entiendo. Abriré un nuevo epígrafe para este.
Eclipsado por su belleza, Andrés no hizo más preguntas. Quedó en volver cuando resolviera el error en el organigrama y, con los nervios, ni siquiera se despidió de ella.
Después de aquella primera visita, la relación entre ellos mejoró. María no fue tan puntillosa y Andrés supo dominarse. En veinte días, ya desayunaban juntos y habían quedado para salir el fin de semana siguiente.
El quince de enero, las copias de la Memoria pasaron el control del jefe de Administración que dijo en su defensa: «Me gusta esta presentación sin mariconeos ni chuminadas. Datos, puros y duros –la brillantez del trabajo lo relajó–. Datos contables y administrativos… ¡Lo que es una memoria, coño! Y no esas publicaciones llenas de fotos compradas y tanto papel cuché de los cojones… ¡Formamos un buen equipo, muchacho!»
Presentada y defendida en el Consejo con la pasión y convencimiento de un jefe de Administración entregado, se hizo una edición limitada.
—¡Sólo para accionistas y mesas de despachos! –sugirió el consejero delegado.
Andrés fue propuesto para un nuevo ascenso, creándose una sección, dedicada al Análisis y Estadística Aplicada, bajo la atenta mirada del jefe de Administración.
—¡Ocúpate, muchacho, de buscar los fallos! Quiero que te conviertas en la mosca cojonera de los departamentos, el “pepito grillo” de esta empresa… –estaba orgulloso de él y le reconocía los méritos, aunque por la espalda sugiriera acortarle las alas y limitarle el sueldo.

Aún no le habían renovado el contrato anual en prácticas cuando Andrés recibió una carta del Banco Comercial. Lo citaban a una entrevista de trabajo. Ya no recordaba haberles enviado sus méritos el verano anterior y, la verdad, llegaba tarde.
La carta estuvo cinco días en el bolsillo derecho del pantalón. Aunque trabajar en un Banco significaba un salto profesional muy importante, con mejoras económicas considerables, también implicaba desplazamiento a sucursales alejadas de las capitales de provincias, puestos de mucho trabajo y poca responsabilidad, de muchas horas cuadrando cajas y poner buena cara a “burros con dinero”.
Después de sopesar las ventajas e inconvenientes, decidió presentarse a la entrevista, aunque no sabía cómo decírselo a María. No deseaba romper la mágica relación iniciada entre ellos. El día antes de la cita se vistió de valor y abordó el tema.
—¡Y me lo dices ahora! –le molestó la falta de confianza.
—Cuando lo he decidido, María, y no ha sido por falta de confianza, sino porque el asunto exigía una reflexión personal sin interferencias –justificó.
—¡Qué insinúas!, ¿que soy una interferencia? –saltó como una leona que está a punto de perder a sus crías.
—No he querido decir eso. Simplemente que si soy yo quien tiene que levantarse para ir a trabajar al Banco, seré yo, y sólo yo el que tendrá que decidirlo… –fue tajante.
—¿Es que yo no significo nada para ti? –se sintió herida.
—¡Lo eres todo para mi! –acercó los labios para besarla y ella apartó la cara–. ¡Si estás enfadada, lo siento, no fue mi intención!
María refunfuñaba. Con los brazos cruzados y las cejas arrugadas, le daba el perfil a Andrés, que no sabía cómo explicarle su postura. Por eso, decidió romper el papel de la cita.
—¡Déjalo! ¡No quiero discutir! ¡Renuncio a la entrevista y punto! –quiso consolarla.
—¡Eso tampoco! –gritó más enfadada aún–. ¡Ni lo uno ni lo otro! Tú te presentas y ya veremos si nos conviene o no las condiciones. Total, no vas a perder nada… –razonó con deslumbrante falacia.
—Si se enteran los de dirección… –observó Andrés.
—¡Mejor, así saben el pedazo de economista que tienen mal pagado!
—Podría perderte, María –se puso tierno, como a ella le gustaba.
—¡No seas niño! –se sonrió complacida–. ¡No me vas a perder por ir a una entrevista de trabajo que, seguro, se lo dan a otro con más experiencia! –se sonrió por la ironía de animarlo a ir a algo que intuía que no era para él.
—Entonces, casi mejor me quedo y eso me ahorro –al ver la cara de contrariedad de María, corrigió–: Vale, vale, iré.

. . .

La entrevista se desarrolló en un clima muy relajado. A diferencia de la realizada para Jabones y Detergentes, la del Banco se desenvolvió por etapas y estaba dirigida por un gabinete de psicólogos argentinos.
En la primera prueba, una chica escultural, con insinuante minifalda, entregó una hoja donde se relataban diferentes situaciones extremas. Al margen se sugerían distintas soluciones. Los aspirantes al puesto de trabajo debían elegir la que más se adaptaba a su modo de actuar. Así, a la situación de «Usted se encuentra en una isla desierta, qué le hubiera gustado llevarse: Un libro, un machete, una brújula o un sombrero». Andrés encontró surrealista tanto las situaciones como las sugerencias. Convencido de que no era el trabajo que le convenía a su actual situación sentimental, se tomó la prueba por el lado hiper-realista y comenzó a testar a los entrevistadores. De este modo, comentó cada una de las absurdas situaciones y dio su disparatada opinión sobre los diversos ítems. A la sugerencia de la isla desierta, contestó: «Pero, ¿quedan islas desiertas, sin pringosos turistas?» A las sugerencias, añadía: «¿Un libro?, ¡como no sea de primeros auxilios o de cómo suicidarse sin sufrir dolor! ¿Un machete?, ¡qué miedo! ¡Quita, quita, que los machetes los carga el diablo! ¿Una brújula?, será para saber exactamente hacia donde dirigir tus protestas más feroces; y, ¿el sombrero?, ¡quién no sabe hacer un sombrero tirolés con hojas de platanero! Nadie se pondría un sombrero en una isla desierta, hombre… A las nativas que entraran en el espacio publicitario, no les gustaría. ¡Ah!, ¿esto no es “supervivientes”?»
A los veinte minutos, la misma chica volvió a pasar otro cuadernillo con nuevas situaciones y sugerencias. En esta ocasión, como estaba cansado de escribir, se limitó a completar el apartado de soluciones, sugiriendo muchas más, algunas muy chistosas. Todo aquello le parecía una estúpida manera de seleccionar personal y una solemne pérdida de tiempo; por eso se lo tomó como lo que era: Un divertido juego de ir a la contra de todo, de fastidiar a los psicólogos.
El mismo comportamiento excéntrico tuvo con la siguiente prueba; consistente en nombrar muchas tareas que los aspirantes debían ordenar de la manera más lógica y en el menor tiempo posible. También volvió a salirse de la norma.
La prueba final la realizó frente a un señor muy serio que le hacía preguntas de su vida privada. Contestó a muy pocas, alegando que eran asuntos personales que no estaba obligado a revelar ni siquiera delante de un juez, si él no quería.
Finalmente, la última entrevista para conocer las aspiraciones económicas del solicitante la empleó para dar su opinión sobre el proceso selectivo, seguro de que el puesto sería para alguien más complaciente, amoldable al sistema y que no se saliera de las reglas del juego.

. . .

—¿Qué tal, cariño? –preguntó María al otro lado del auricular.
Estaba nerviosa.
—No creo que me lo den, María. Eran muchas entrevistas, con psicólogos y todo… Buscaban un perfil de persona que no coincidía con el mío…
—¿Ya te han dicho algo? ¿Han dado el nombre del seleccionado? –no entendía el ánimo hundido de Andrés.
—No, aún no hay nada –se adelantó a zanjar la divergencia.
—¿Entonces? –escudriñó en la herida.
—¡Yo sé lo que me digo! –miró el reloj. Era temprano–. ¿Qué te parece si me acerco y te recojo?
—Como quieras –hizo una pausa–. Sí, recógeme; así me explicas bien qué ha pasado que te veo muy suelto. No habrás hecho una estupidez, ¿verdad?
—Por cierto –desvió el acoso–, ¿sabes a quién me encontré en la entrevista? –al no recibir respuesta, Andrés decidió revelar la incógnita–: Nacho.
—¿Y quién es Nacho?
—Si, mujer, un compañero de Económicas con el que siempre estudiaba en mi casa cuando llegaba la época de exámenes. Gordito, con perilla; siempre bien repeinado y elegante… ¡Seguro que te he hablado de él en alguna ocasión!
—¡Ah, sí…! El que mira labios y pechos cuando habla, y parece que te perdona la vida.
Fue irónica. No le caía bien porque iba de guaperas, según ella; y lo tenía por acosador psicológico y liberador de mujeres desesperadas.
—¿Te ha dicho algo interesante, además de hacer un rápido repaso a las aspirantes con menos de treinta años? –completó.
—¡Eres mal pensada porque tu madre te parió así, María! –no estaba enfadado, sólo contrariado porque pensara tal mal de ese buen amigo–. No me dijo nada –recuperó la calma–, nos saludamos y, ya sabes, que a ver si quedábamos, que si él me llamará, que si no encuentra trabajo… Iba hecho un donjuán, de punta en blanco. Ha hecho dietas y está delgadísimo, aunque con la misma cara de aguililla, si te refieres a eso cuando hablas de él como si fuera un sádico salido.
—¡No me digas que no es un salido, Andrés! –protestó.
—¡No hay quien os entienda! Si os galanteamos, somos acosadores; si pasamos con indiferencia, somos gays –hizo un alto en la conversación–. Bueno, te veo dentro de un rato y seguimos rajando de Nacho –colgó el teléfono.

. . .

Andrés saludó a Paco, el segurata del control, que levantó la barra de metal nada más verlo bajar del taxi.
—¿Se nos han pegado las sábanas, don Andrés?
—Cogí un permiso, Paco. Buenos días –contestó con brevedad, acostumbrado a utilizar infinitivos categóricos con las personas uniformadas.
—No lo sabía.
En el Departamento de Marcas y Control de Calidad, María se esforzaba en perfilar los bocetos de un envase de cartón para la campaña de relanzamiento de un detergente en pastillas. Tras el tablero de dibujo, no se percató de la llegada de Andrés que le sorprendió cuando dejó el pincel en la mesa auxiliar.
—¿Ya has llegado? –se limpió los dedos con un trapo de algodón.
—Tomé un taxi en la plaza Nueva.
—Cuéntame. Lo quiero saber todo, desde que llegaste hasta que abandonaste el edificio.
Andrés no escatimó detalles superficiales y María escuchaba con paciencia, hasta que la sirena avisó para el segundo descanso.
—Espera. Llamo a mi padre y terminas de contarlo todo en la Cafetería.
—Te advierto que no queda mucho más.
—No importa, cariño, lo repites.
Andrés contó en la Cafetería detalles que le había omitido a ella; sobre todo, las preguntas personales de las dos últimas pruebas.
—¡Serán cochinos los tíos! –se quejó María–. ¿Y qué le preguntarán a las chicas? –estaba furiosa.
—Imagínatelo. Yo no he podido resistirme y les he dicho de todo. No creo que me llamen.
—No importa. Lo hemos intentado.
María lo asió del brazo y lo atrajo hacia ella para besarle sonriente la mejilla derecha. Andrés se levantó y se acercó a la barra. Pidió una cerveza sin alcohol, para María, y un pepito de ternera con mucha salsa especial, para Pepe, su futuro suegro. Juana recogió el pedido con los brazos en jarra.
—¡Porque está usted casada, Juana –piropeó Andrés–, si no le pondría un piso!
—Falta me hace, don Andrés –sonrió con picardía.
En esos momentos hizo su entrada el jefe de personal, que se extrañó al ver a Andrés en la Cafetería.
—¿No tenía usted un encargo urgente hoy, don Andrés? –le recordó.
—Ya he terminado, don Alfonso. Muchas gracias.
—¡Qué va a ser, don Alfonso! –preguntó Juana, que abría el pan para el pepito con un cuchillo grande de cocina.
—¡Si me amenaza con un arma! –bromeó don Alfonso. Se rieron– ¿Qué tiene? –replicó.
—El pepito de carne en salsa, don Alfonso –sugirió Andrés.
—¡Póngame un pepito de carne en salsa, sí, que hace tiempo que no lo como! –confirmó.
—Ahora mismo.
Juana se giró gritando al aire: «¡Pepito de carne…, marchando!», y ella misma comenzó a prepararlo.
—Le dejo. Estamos en la mesa de la ventana.
—No se preocupen por mí… –don Alfonso le dio la espalda, concentrándose en el crepitar del filete de cerdo sobre la plancha ardiente.
Pepe, al darle el primer bocado a su pepito, presionó demasiado y la salsa le manchó el jersey.
—¡Esa no es una lámpara, Pepe, sino el alumbrado de la Feria!
—¡Me asusta la cara que pondrá tu madre, hija!
Buscó en el bolso un pañuelo para limpiarla–. Es el segundo jersey que mancho en esta semana.
—Aún estamos a miércoles. ¡Anda, quita las manazas y aleja de mí el pepito! –se quejó María.
Andrés narró de nuevo su odisea en el Banco Comercial, aunque con interrupciones de María, quejándose porque la mancha no salía. Pepe se reía cuando Andrés le contaba la versión pícara de cada parte, con el consiguiente enfado de su hija que sólo oyó la versión suave.
—¡No es para tirárselo a broma! –estalló María, cansada de frotar– ¡Esto no se arregla con agua, papá! Deberíamos saber que las manchas de grasa sólo salen con el nuevo detergente en pastillas. Así que, o te quitas el jersey y te arriesgas a pasar frío o vas luciendo mancha el resto de la mañana.
—¡Qué le vamos a hacer, hija, pasaré frío! ¡Parece mentira que no podamos quitar una mancha estando en una empresa de jabones y detergentes! –lo extrajo por la cabeza y se despeinó los cuatro pelillos mal avenidos que tenía–. Verás –resolvió–, me voy a Control de Calidad que tienen una lavadora muy apañada y les pido que lo laven.
—¿Qué te parece lo del Banco, Pepe?
—¡El colmo de la estupidez! –hizo una pausa, palmeó la espalda de Andrés y se despidió con un «hiciste bien, muchacho».

Pasaron las semanas y la entrevista dio para dos o tres reuniones más con los compañeros que montaron grupos para mofarse de las ocurrencias de los psicólogos argentinos.
—¿De verdad que te preguntan las veces que lo haces a la semana? –replicó uno de Carga y Descarga.
—Si voy con prostitutas, si frecuento los cines pornos, si compro juegos eróticos, si tengo sensaciones raras…
—¡Y para qué cojones querrán saber esos tíos si te la machacas o te la machacan!
—Hombre, es lógico, como es un puesto para dar mucho por culo… –objetó el de seguridad.
La observación llegó en el momento oportuno, dando pie a las preguntas más disparatadas y cargadas de ironía. Fue un momento mágico donde cualquier leve insinuación, gesto o mirada iba acompañada de risotadas.

A los veinte días, Andrés recibió una carta del Banco Comercial. Miró el sobre cerrado en la mano, sin ganas de abrirlo porque intuía su contenido. Estaba claro para él. Habrían utilizado hermosos eufemismos para rechazar su solicitud de ocupar el puesto pretendido. Era probable que, en vista de las pruebas realizadas, le recomendasen no presentarse a ninguna otra entrevista. Por eso, abrió el sobre con cierta reticencia. Releyó por encima, buscando palabras como «lamentamos», «informamos no poder atender», etc; y, en su lugar, la vista se topó con frases como «pruebas de aptitud», «mejor calificación», «reúne las condiciones que busca la entidad». Se le citaba para el próximo martes: El trabajo era suyo.

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CAPÍTULO 3

El uno de febrero Andrés entró a formar parte de la plantilla del Banco Comercial, ocupando un puesto vacante en el área de Promoción de Nuevos Servicios Financieros, una vez superado el curso de dos semanas sobre «Procedimientos bancarios y nuevos estilos de negocio», al que debían asistir los nuevos empleados, con objeto de habituarse con los formularios y rutinas específicas de la entidad.
Estaban enamorados y se casaron aquel mismo invierno. A la vuelta del viaje de novios el Banco le hizo un contrato fijo, anunciándole el traslado a Lebrilla. Era un proyecto nuevo: La apertura de la oficina principal. Esto exigiría mucho trabajo y buenas relaciones públicas, visitar centros económicos de la zona y familiarizarse con los recursos productivos del pueblo.
El primer mes fue durísimo. Iba y venía con el utilitario y María sufría los retrasos de las combinaciones de autobuses para llegar siempre tarde a la Fábrica de jabones, a pesar de que se levantara cada día más temprano. Aquel ritmo de trabajo no pudo mantenerlo durante mucho tiempo y decidieron trasladarse a Lebrilla. María se dio de baja en su trabajo de diseñadora porque con lo que él ganaba más las cuatro cosillas que le pudieran salir de logotipos, diseños de cartas y trabajos de imprenta, se defenderían en Lebrilla. No necesitarían mucho más. Eran felices juntos.
María pateó el pueblo. Una sola mañana bastó para visitar toda la industria gráfica local, integrada por dos imprentas. Se aburría en la soledad de aquel pueblo donde no conocía a nadie y en dos tardes había visitado sus iglesias, dibujado sus fachadas más emblemáticas y los misteriosos rincones de luz y sombra, calles con rancio encanto andaluz. Conversó con las gentes y se integró en los grupos de jubilados que alborotan con las fichas del dominó.
En uno de esos tediosos paseos, descubrió que aún quedaban alfareros de cántaros. Le apetecía aprender el oficio, y eso le ayudaría a emplear el mucho tiempo libre que tenía. Habló con uno de esos artesanos, pidiéndole permiso para quedarse en un rincón observando cómo levantaban las pellas de barro. Era una petición inusual porque, con los frigoríficos, pocos utilizaban ya los botijos para refrescar el agua. Tampoco las macetas de barro tenían mucha salida, por la fuerte competencia de las tiendas de veinte duros, que vendían las macetas de plástico, más baratas y duraderas. La artesanía se perdía y a María le dio pena. El alfarero puso inconvenientes al principio porque la situación del taller era difícil y, al no asegurarla, tendrían problemas con la Inspección de Trabajo y la Seguridad Social.
—Señorita, con mucho gusto le enseñaría este oficio –le explicó el más anciano–. No es por falta de tiempo porque, desgraciadamente, no vendemos tanto como para estar todo el día levantando pellas de barro y dándole formas de botijo, cántaro o maceta. No puedo contratarla porque el negocio no va bien, y tampoco la puedo tener sin asegurar.
—Por eso no se preocupe. Me daré de alta como autónoma, y trabajaré gratis. Ante una inspección, acreditaré que actúo como comercial libre.
—La musa del arte, señorita –le advirtió Carmelo, de setenta y ocho años–, debe sorprenderla trabajando… El arte, la artesanía, el oficio, consiste en tres normas elementales que enseguida entenderá. En primer lugar, trabajar; después, trabajar y, para terminar, seguir trabajando –esbozó una leve sonrisa–. El artista no se hace elucubrando sobre el vuelo de los pájaros sino a pie de obra, en su puesto de trabajo… Así que, esto es todo el misterio de la profesión.
Con consejos de este tipo, aprendía el primero de los trucos que todo buen alfarero debía conocer: la paciencia y la humildad. Después, vendrían otros.
Sus estudios de Bellas Artes le dieron la creatividad suficiente para variar las formas de los cacharros, descubriéndoles nuevas utilidades. Pronto, las macetas adquirieron forma de casitas blancas que imitaban poblados andaluces. En los arriates y parterres en miniatura crecía la hierba que plantó con semillas de mijo y alpiste. Originales e ingeniosas, las casas gustaron mucho y comenzaron a venderse bien. Confeccionó diez modelos diferentes que, la vieja alfarería lebrillana comenzó a comercializar. Primero, a los turistas y visitantes. Después, el propio Ayuntamiento editó un folleto que difundió el invento a nivel regional, comenzando a exportarla a otras comunidades. Pepe, el padre de María, se desplazó a Lebrilla en varias ocasiones para aportar sus conocimientos como químico, analizando los diferentes barros y sugiriendo la utilización de productos sintéticos para el almacenaje de las piezas. Esto permitió que el hijo de Carmelo, Antonio, que trabajaba de oficial de albañilería en esporádicas obras, regresara al pueblo y se reencontrase con el abandonado oficio, el que aprendió de niño junto a su padre. Ahora había trabajo para toda la familia.

. . .

En noviembre de ese mismo año, la experiencia de Andrés y los buenos resultados cosechados en Lebrilla avalaron su nombramiento como apoderado del Banco en Terúcar, que la central pensaba reflotar en un momento de expansión urbanística y así competir con otras entidades bancarias. Andrés puso en marcha los procedimientos de captación de clientes que en Lebrilla le habían reportado éxito. Financió entidades locales y públicas, se entrevistó con empresarios y constructores, y abrió líneas de crédito inmobiliario y al consumo que situó al Banco Comercial en muy buena posición, inmediatamente detrás de una Caja de Ahorros.
Para María, en cambio, abandonar a Carmelo y a su familia fue duro, pero les prometió continuar creando nuevos modelos de macetas, de pueblos enteros, de paisajes de la serranía, ceniceros con monumentos emblemáticos de la ciudad, botes para cocina, vinajeras y aceiteras, saleros y pimenteros… A pesar del esfuerzo, ya no fue lo mismo. Carmelo murió y los herederos no supieron aprovechar la gama de aplicaciones que enviaba María con periodicidad.
Después, el Ayuntamiento de Lebrilla tomó cartas en el asunto y creó una comercializadora que, recogiendo la experiencia de los “Antonios”, impulsó la modernización del sector. A los pocos meses, las subvenciones millonarias para pymes dejaron de fluir y la comercial se vino abajo.
Al cierre inevitable de la alfarería, sobrevino la muerte de los padres de Andrés. Primero, su padre, de una angina de pecho; al mes siguiente, su madre, de un infarto cerebral.

. . .

María quiso tener su primer hijo en Sevilla, acompañada de su madre. Hasta allí se desplazó dos días a la semana para ir a la gimnasia preparto y las visitas preceptivas al ginecólogo que la asistiría. Andrés pidió librar dos tardes a la semana para realizar este cometido, aunque tuviera que renunciar a su mes de vacaciones. Le enviaron un ayudante porque la oficina iba bien gracias a sus gestiones y la Dirección no deseaba que se fuera a la competencia.
La futura abuela Leonor, se tomó muy a pecho el futuro nacimiento de su primer nieto. Con su madre al lado, todo fue más sencillo para María. En la elección de la ropa, se decidió por el azul intuyendo que sería niño; y porque las vecinas de su madre le dijeron que no tenía la cara muy deformada.
El parto fue normal, sin cesárea. Tuvo suerte porque el niño no era llorón. Reconocía la voz de María cuando le susurraba cariñitos, le daba el pecho, o le mandaba dormir.
—¡Es increíble cómo Álvaro reconoce mi voz…!

. . .

Al cumplir un año, María se decidió llevar al niño a la Guardería. No le gustaban esos centros que eran como aparcamientos de niños, pero pensó que era lo mejor. El contacto con otros niños de su edad le facilitaría las relaciones con los demás. La que eligió quedaba a unos pasos de su casa. Se llamaba El Patito feo que, como su nombre indicaba, era fea y destartalada pero en ella trataban muy bien a los niños, con dulzura y atención. Ella era de las pocas madres que ayudaban a las cuidadoras durante la hora del almuerzo.
Se organizó un poco para sacar algunas horas al día y bajar un rato al garaje, donde había amontonado el torno de alfarero, algunas pellas de barro y las cañas. El primer día encontró el barro seco y el torno, al guardarse con restos de barro, tenía oxidados ejes y tornillos. Nada importante que una buena lija de agua no arreglara. Las cañas, las esponjas, los utensilios personales…, todo le trajo recuerdos de hacía una eternidad. Se quedó pensativa, ensimismada, frente a los instrumentos que le recordaban a Carmelo, sus consejos, su interés porque aprendiera el oficio del Creador…
En dos días, todo estaba limpio y engrasado. Pulsó el interruptor y el motor hizo girar la plataforma. Se quedó mirando la plancha de metal mientras giraba y oyó el ruido casi imperceptible del motor. Evocó su miedo al colocar su primera pella de barro y lo que ocurrió después. Centró el barro y lo levantó para hacer una especie de gazpachera, un cuenco alto de paredes finas. Cuando estuvo subido se le ocurrió aplastarlo por dos puntos enfrentados del borde; de manera que, la parte superior adoptara la forma de capacho recogido y redondo en la inferior. Si le añadía unas asas bonitas sería un macetero en forma de cesta donde se recogen flores del campo y se dejan olvidadas en el rincón de la casa. La idea la repitió en varios tamaños y con diferentes gruesos.
Dejó secar las piezas. Después, se lavó las manos y se fue a la guardería. Se le apetecía jugar con Álvaro antes de calentarle el potito del almuerzo.
El lunes siguiente, María se levantó con náuseas. Pensó que algo le había sentado mal el fin de semana. Quizás el marisco no estuvo todo lo fresco que debía.
La confirmación de un nuevo embarazo llenó de alegría a toda la familia. Álvaro, el pequeño, ilusionado con la idea de ser el hermano mayor de un bulto que tenía mamá en la barriga, se quedó dormido sobre el regazo tratando de oírlo.
El niño, pendiente de cualquier detalle en los preparativos, apenas se le entendía lo que hablaba pero era muy imaginativo. Enseguida sometió a María a un duro interrogatorio, pretendiendo saber cómo pudo entrar el hermanito en la barriga…, y por dónde…
—Un día papá dejó una semillita en la barriga de mamá –le María contó con paciencia.
—¿Con las manos? –estaba ávido de información
—Con amor, Álvaro… –se sonrió con dulzura.
María no sabía cómo abordar el tema porque en el fondo no quería traumatizarlo con mentiras y bobadas; pero, evidentemente, no podía contarle la cruda realidad, porque no la entendería.
—¡Vale! –el niño lo encontró lógico.
—Esa semillita crece a medida que se hace mayor. Es una semilla de persona, no de planta.
—¿Y cuándo sale?
Era la pregunta del millón. María no sabía cómo responder.
—Cuando el bebé quiere –era una explicación retórica y lo sabía.
—Yo no saldría nunca… –se encogió tímidamente de hombros.
—Pero un día quisiste salir y aquí estás –le tocó la punta de la nariz con el índice–. Escucha, Álvaro, hay un momento en que el bebé está incómodo dentro de la barriguita de su mamá. No puede desperezarse. Todo está oscuro. Tiene que respirar con lo que su mamá respira y comer lo que su mamá come. Y todo eso es muy aburrido, por eso le contamos cuentos, le hablamos de cosas bonitas y le cantamos canciones; para que, durante el tiempo que esté dentro, se lo pase chupi. Si no fuera así, se aburriría y querría salir pronto. Pero debe crecer un poquitín más y hacerse mayor… ¡Te voy a enseñar unas fotos tuyas de antes de nacer, para que veas lo grande que eras dentro de la barriga de mamá!
María le enseñó la ecografía donde Álvaro era sólo un grano informe. Después otra, un poco mayor, donde se podía distinguir manitas, pies, brazos, cabeza y cordón umbilical.
—Este es el cordón por donde come y respira tu hermanito –señaló María con el dedo.
—¡Como los astronautas…! –Álvaro la miró con los ojos iluminados.
—Sí, es un tubo por donde va el aire y los líquidos que alimentan al hermanito…
—¿Y por dónde sale, mamá?
—Por una rajita que tienen las mamás. La tenemos para eso, para que papá pueda depositar la semilla y la semilla pueda salir de mamá cuando ha crecido lo suficiente. Así se procrean los seres humanos, Álvaro.
—¿La rajita del culo…? –Álvaro fue perspicaz.
—No –María se sonrió–, otra, que sólo tienen las niñas.
—¡Ah, entiendo, los niños tienen colita y las niñas rajita!
—¡Eso es!
—¿Duele mucho, mamá?
—Sí, pero es un dolor que se hace con amor, hijo –lo miró con ternura y, a la vez, con naturalidad–. La vida es también dolor, Álvaro. Ese dolor se transforma en una enorme alegría cuando puedes besar a tu hijo como ahora te beso a ti –y lo besó en la mejilla.
Álvaro, satisfecho, se fue corriendo a jugar con rompecabezas y mecanos, imaginando casas y naves siderales capaces de cruzar en un instante el espacio intergaláctico.

. . .

Carmencha nació sin complicaciones. Era muy despierta e intuitiva. Se reía con todo. Cuando Álvaro le acercaba la mano para hacerle cosquillas, la niña se asía a los dedos y trataba de levantarse. El niño sentía la vida de su hermana como propia y raras veces se apartaba de la cuna, convertido en su protector.
La vida había colmado aquel hogar de alegría. Era imposible ser más feliz. Nada podía ser más hermoso y bello que disfrutar de un buen trabajo, ser padres de dos críos sanos, y llevarse bien entre ellos. Cuanto ocurriera a partir de esos momentos, sería reflejo de la felicidad que ya disfrutaban. No obstante, recelaban una corazonada, imaginando que la vida comenzaría a cobrarse con dolor y contrariedad cuanto les había dado tan generosamente.

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CAPÍTULO 4

Álvaro entró en septiembre en preescolar. Hasta entonces, acudía a la guardería El Patito feo, junto a su hermana. Iba contento, porque su madre le había prometido libros de mayor y un estuche con lápices de colores, regla, sacapuntas y goma de borrar con forma de dinosaurio.
A medio día, Andrés llegó pronto al adosado y encontró a María atareada en el taller de alfarería. Se acercó para darle un beso furtivo, apenas rozándole los labios, procurando no mancharse el traje nuevo.
—En enero tendremos que levantar la casa otra vez, María –dijo, mientras tomaba una cerveza del frigorífico del garaje.
—¿A dónde esta vez? –ella le arrebató el botellín de cerveza y tomó un trago directamente del gollete.
—A la Central.
María no esperó a lavarse las manos para abrazarse a Andrés, dejándole señalada las manos en la espalda. Cuando quiso darse cuenta, la chaqueta destilaba barro por todas partes.
—Esta era la chaqueta que mejor me quedaba… –se quejó él–. Pero el abrazo lo compensa, cariño.
Ella no dijo nada. Dejó el botellín sobre el torno y volvió a abrazarlo, esta vez lo acompañó de un beso apasionado que obligó a Andrés a soltar su botellín apenas empezado. La elevó en el aire, cogida por la cintura y la sostuvo levantada un instante. Al deshacerse del abrazo se rieron con una sonora carcajada. Hicieron el amor en el mismo taller, como cuando eran novios, aprovechando las visitas a la casa recién alquilada de la calle Relator.
—¡Hay que empezar a preparar…! –dijo ella al despertar del ensueño placentero–. Lo primero, llamar a mis padres que, seguro, que se alegrarán de tenernos más cerca. Tendremos que alquilar, organizar la mudanza… ¡Embalar!
María, nerviosa, miraba a todas partes, cubicando los utensilios para evaluar la situación. Resuelta, tomó de un gesto el botellín y terminó la cerveza de un trago.

. . .

Aquellas Navidades la pasaron en Sevilla, en una casa alquilada de la calle Amor de Dios, cerca de la Campana, a ocho minutos andando de la central bancaria. Antiguamente fue Casa–palacio, pero, con el correr del tiempo se habilitó como comunidad de catorce vecinos.
A pesar de su desbordante satisfacción, Andrés percibió un mal ambiente en la Central. Las cosas no iban bien. Captó nerviosismo y reserva entre el personal de su misma categoría. Cuchicheaban por los pasillos y guardaban silencio, o desviaban la conversación, cuando alguien se aproximaba a ellos. Andrés pensó que se debía a la natural desconfianza con “el nuevo”, y encontró normal la actitud de reserva hacia él. Cuando se produce un ascenso y el ascendido viene del exterior y con un buen historial como el suyo, la gente suele criticar a hurtadillas la decisión de los mandos.
Necesitó algunas semanas para conocer la causa de tanta tirantez y recelo. El Banco negociaba la venta de sus acciones a una entidad inglesa interesada en entrar en el mercado bancario e inmobiliario español, en un momento de expansión del sector. Las negociaciones se llevaban con discreción y se habían producido acercamientos que presagiaban una fusión a corto plazo. Los directivos españoles querían llegar a un acuerdo económico antes de finales de ese mismo año y evitar la OPA hostil a la que estaban dispuestos a llegar los ingleses para lograr el control de las acciones. La resistencia de los fundadores no se debía únicamente por el precio de venta de las acciones, sino por las condiciones que imponían los compradores, de integrar el Banco en un Holding, donde eran fuertes en el mercado inmobiliario internacional.
En principio, el viejo organigrama se conservaría; así como, la designación de la nueva entidad. De este modo, los miembros del comité de empresa recibieron la promesa escrita de los compradores en la estabilidad de empleos y una actualización gradual de la plantilla, por el procedimiento de jubilaciones anticipadas. Ante ese panorama de cordialidad, los sindicatos facilitaron el cambio de propietarios, convenciendo a los remisos trabajadores de que la fusión no sería traumática y anunciando que los puestos de trabajo no corrían peligro.

. . .

La nueva dirección respetó escrupulosamente la letra de los acuerdos. El cambio de sus señas de identidad comercial se produjo seis meses después. Al primitivo Banco Internacional del Comercio, se le cayó las dos últimas palabras, que bajó a una segunda línea y a un cuerpo menor, remarcando el tipo que mencionaba la palabra internacional.
Al año y medio desapareció definitivamente “de comercio” en toda la papelería y pasó a llamarse “Banco Internacional”, a secas. Durante el segundo año, se hablaba abiertamente de regularizaciones masivas; aunque los sindicatos tranquilizaban a las bases contándoles que sólo afectaría a los cuadros: Jefes de cartera y Directores adjuntos.
Andrés pensó que su trabajo no corría peligro; incluso que sería recompensado por los nuevos propietarios de la firma. Con la esperanza de recibir la recompensa a tantos sacrificios, fue a la cita convencido de recibir un nuevo destino. Tocó con los nudillos la puerta del jefe de personal. Andrés no le guardaba rencor. Siempre le había resultado paradójico que un estudiante mediocre y un trabajador vago, en constante permiso sindical, le hubiera adelantado en el escalafón de un trabajo al que le dedicaba doce horas diarias; pero así estaban las cosas.
—¿Da su permiso? –asomó por la rendija de la puerta.
—Pasa García Robledo –oyó la voz de Fermín al otro lado de la puerta–. Siéntate, García Robledo –hizo una escueta pausa–. Como sin duda sabes, las cosas en el Banco Internacional no son fáciles para nadie y menos para mí. ¡Fíjate el papelón que me han encargado…!
Andrés, intuyendo lo peor, que no estaba allí para un ascenso, le paró los pies.
—¡Por favor, Fermín, déjate de lamentaciones y vamos a lo que vamos…!
Le repateaba ese compadreo conchabado y denigrante del clásico «¡Coño, García Robledo, que hemos sido compañeros y ambos sabemos que esto es una jugada…!», cuando, en el fondo se relame satisfecho: «¿De qué te ha valido tanto estudio y trabajo si, al final, no eres más que un pringado? ¡Fíjate en mí, lo listo que he sido al afiliarme a un sindicato!»
—Fermín –añadió–, déjame decirte una cosa… Tú nunca has sido compañero de nadie. ¡Has sido sindicalista y de sobra se sabe lo que negociáis cuando os sentáis a pelar gambas con los directivos! –fue cruel al generalizar, pero estaba dolido por el trato vejatorio que no creía merecer–. Así que, corta el rollo y cuéntame lo que habéis preparado para mí. ¡Ya ves, te estoy ahorrando el discurso manido de echarle las culpas a los organigramas operativos, a la optimización de plantillas, al esfuerzo financiero y a toda esa retahíla con la que te comen el coco en el sindicato! Nunca has sido de mi cuerda. Así que limítate a tu trabajo de mamporrero y no me hagas perder el tiempo.
—De acuerdo. Como quieras. Me ahorraré los preámbulos y me limitaré a darte la cifra que te corresponde de indemnización y la fecha en la que tienes que dejar la entidad.
—¿Todo esto lo tienes redactado en el finiquito…? –observó.
—Sí, –afirmó tajante.
—Déjame, entonces, la copia para estudiarla… –al ver la cara de contrariedad que puso Fermín, añadió–: No pensarás darme la estocada en el mismo día de la notificación, ¿verdad?
—Las órdenes que tengo… –insinuó.
—Esas maneras te las gastas con quien puedas gastártelas, pero conmigo no te puedes pasar. Tú sabes que tengo seis días para estudiar la oferta, aceptarla o recurrir a los Tribunales.
—Naturalmente que lo sé… –se vio sorprendido.
—No te importará que le eche un vistazo a los números, porque las excusas no las voy a discutir, serán una pura falacia…
—Aquí tienes el borrador –Fermín le acercó los papeles.
Andrés tomó la copia y comenzó a estudiar los detalles. Fermín se entretuvo con el expediente del que seguía. A los seis minutos, Andrés ya había terminado de leer lo sustancial del documento.
—Vamos a ver, Fermín. Dices aquí que el despido es procedente –habló con serenidad.
—Las necesidades de la Empresa que no has querido oír y que vienen explicadas en… –se incorporó para señalarle la parte del escrito donde se especificaban.
—Argumentos todos ellos, Fermín… –Andrés no lo dejó intervenir–. Argumentos que podían calificarse como mentiras rimbombantes que suenan muy bien pero que no convencen. No, Fermín, es improcedente. Se produce por causas ajenas al trabajador. Además, aunque me hubiera cagado en los muertos de un superior o te hubiera mandado a la mierda, que es lo que os merecéis, dispondría de un mes de plazo entre el preaviso y el despido. ¿Me puedes indicar dónde enviaste ese preaviso que no he recibido?
—La empresa espera de sus trabajadores… –Fermín recurrió al sentimiento.
—¡Mierda, Fermín, mucha mierda es lo que puede esperar de mí la empresa que me despide sin más…! –hizo una pausa–. Conclusión: No hay preaviso.
—De acuerdo, no lo ha habido –reconoció apretando los labios, contrariado e incómodo.
—Además, durante ese mes tengo seis horas semanales para buscar trabajo. ¿En qué he ocupado esas veinticinco horas que me correspondían? –el interlocutor iba a hablar pero Andrés le interrumpió–. Yo te lo voy a decir, Fermín… En trabajar como un mulo para la misma entidad bancaria que ahora me paga despidiéndome –clavó la mirada en el rostro estupefacto de Fermín–. Además, ¿de dónde has sacado tú que me corresponda una indemnización de 65.000 euros?
—Es lo que sale de multiplicar los treinta días de cada año trabajado por la media ponderada de tu sueldo.
—¡Error! No son treinta días sino cuarenta y cinco, porque el despido es improcedente y, si no estás de acuerdo, podemos vernos en Trabajo… –fijó la mirada en los ojos de Fermín esperando su respuesta–. Y no es la media ponderada sino igual a la del último mes percibido. Es decir, como Jefe de la Cartera de Inversiones. ¿Tienes la calculadora a mano? –dominaba la situación.
Fermín abrió precipitadamente el cajón de su mesa y extrajo una.
—Apunta –ordenó Andrés–. Diecinueve años trabajando para esta ingrata empresa a 45 días por año hacen un total de…
—Ochocientos cincuenta y cinco días.
—Gracias –murmuró–. Mi paga es de unos ciento noventa y siete euros diarios.
—¿De dónde has sacado esa cantidad?
—Multiplica dieciséis meses; es decir, las doce mensualidades más las cuatro extraordinarias, y las divide entre doscientos ochenta y tres días
—¿Doscientos ochenta y tres…? –Fermín no entendía.
—Trescientos sesenta y cinco días del año, menos el mes de vacaciones y los cincuenta y dos domingos… ¿Qué cantidad te resulta…?
—Ciento noventa y siete con treinta y tres –confirmó Fermín.
—Multiplícalo por los ochocientos cincuenta y cinco días y verás qué sale…
—Ciento sesenta y ocho mil cuatrocientos treinta y cinco euros –confirmó Fermín.
—¡Ese es mi finiquito…! –observó Andrés.
Fermín, boquiabierto, repitió varias veces la operación y consultó insistentemente el Estatuto de los Trabajadores. Tuvo que rendirse a la evidencia.
—Te extenderán el talón conformado…
—Como gustes y llama a la secretaria para que arregle este desastre de finiquito que habías preparado –le arrojó el documento.

. . .

Con el talón de más de veintiocho millones de pesetas en el bolsillo se fue a su casa. Antes, pasó por una Caja de Ahorros, habló con el director de la sucursal e ingresó el dinero en dos cuentas. Una a plazo fijo por veinticinco millones; la otra, una libreta de ahorro con el resto.

. . .

Durante la entrevista, María le había llamado tres veces al móvil que tenía desconectado. Al encenderlo vio las llamadas perdidas y contestó.
—¿Qué quieres, cariño? –Andrés salía de la Caja de Ahorros mucho más relajado.
—¡Saber qué ha ocurrido con la misteriosa carta…!
—Era una carta de despedido.
Se hizo un silencio.
—Así, ¿de pronto?
—Así de pronto, pero he cogido un buen pellizco… –se produjo un nuevo silencio–. Desde mañana mismo empiezo a buscar trabajo.
—Con la edad que tú tienes te resultará difícil.
—¡No querrás que me ponga a mendigar en la Campana!
—¿Estás bien, cariño? –se inquietó por la respuesta.
—Claro, María. Voy a colgar y ahora hablamos en casa. Mejor, ¿por qué no vamos juntos a recoger a los niños al cole? Tengo el resto de la mañana libre… –ironizó.
Quedaron en la puerta del colegio de monjas. Era temprano, así que les dio tiempo a tomarse una cervecita en el bar de la esquina.
—Cuéntame, que me tienes impaciente –intervino ella.
—Ya firmé el finiquito. La indemnización fue de unos veintiocho millones de pesetas…
—¿Tantos…?
—Sí, los he ingresado en la Caja de Ahorros de Martín Villa. Como podrás comprender, el Banco Internacional ya no me ofrece garantías –se sonrió con sorna.
—¿Has visto al director, te has despedido de los compañeros…?
—Uno de esos compañeros –enfatizó la palabra con desdén–, como tú lo llamas, fue el encargado de darme el “regalito”. No, no me despedí de nadie. No tenía ganas de seguir respirando aquel aire viciado en donde todos desconfían de todos… En estos momentos, me siento inútil, como la servilleta de papel manchada de ketchup arrojada a la papelera sin miramientos.
—Bueno –trató de quitarle importancia–. Nos tomaremos unos días de vacaciones y, cuando tengamos la perspectiva suficiente, nos pondremos a buscar trabajo, ¿te parece…? –dejó la pregunta en el aire–. Por cierto, ha llegado una carta de una Notaría de Castro.
—¿De Castro de la Frontera?
—Si, –frunció el entrecejo al pensar que las desgracias nunca venían solas.

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Editaré mis libros de Geometría

Publicado julio 10, 2011 por alvarengomez
Categorías: Información general

©Álvaro Rendón Gómez, marzo 2011

Estoy decidido  a editar por mi cuenta cuatro de los doce volúmenes  sobre Geometría paso a paso que escribí entre el 2001 y el 2004. En los blogs “GEOMETRÍA paso a paso” y “TODO GEOMETRÍA”, doy detalles de esta decisión. Para los interesados en reservar ejemplares, entren en cualquiera de ellos y cotejen las ilustraciones de ejemplos de sus páginas. Gracias

Presentación de IBOLCA, el primer Libro de Relatos íberos

Publicado mayo 15, 2011 por alvarengomez
Categorías: Sin categoría

IBOLCA 1

© Álvaro Rendón Gómez, mayo del 2011

El sábado 14 de este mes tuvo lugar en Jaén la presentación del libro de relatos íberos IBOLCA. Durante el acto tuvimos la oportunidad de hablar del proyecto que nos había unido. Fue Luis Emilio Vallejo Delgado, promotor del mismo y responsable de que todos estuviésemos allí, quien habló del trasfondo de los relatos, como herramienta que recreación de los descubrimientos arqueológicos. Durante su intervención, se remontó a veinte años atrás, destacando las magníficas piezas íberas que posee la provincia de Jaén; en concreto, el grupo escultórico de Cerrillo Blanco, de Porcuna, la antigua Ibolca-íbera y Obulco-romana.

Al cederme la palabra, dije lo siguiente: «Este primer libro de Relatos íberos es el resultado de un esfuerzo colectivo: Ayuntamiento de Porcuna, editorial El Olivo de Torredonjimeno, un grupo jóvenes de escritores (el que os habla es la excepción) y un público que demanda este tipo de historias que se desarrollan en Jaén y provincia. Porque el proyecto de Relatos, como bien se dice en la solapa, tiene como objetivo popularizar descubrimientos e  investigaciones científicas en el campo de la Historia y el Arte.
La mayoría de las personas se sienten predispuestas a saber cosas de su historia, sucesos que ocurriendo en su remoto ayer. Son las mismas anécdotas que primitivamente narraban los ancianos de la tribu, que se ganaban así un puesto junto al fuego.
Es creciente el interés por la arqueología. Son muchos los colegios, institutos y grupos de mayores los que visitan los yacimientos; pero se llevan una desilusión cuando contemplan el campo plagado de matorrales que cubren sillares deslavazados de primitivas murallas, círculos que un día fueron torres de vigilancia, arcos que cerraban huecos, lápidas quebradas que aún guardan restos de una memoria que se resiste a olvidar. Estas señales precisan amplificación, explicarse debidamente, recrear la vida y el ambiente de lo que fueron. En esta labor intervienen los museos, cada vez más didácticos; y los relatos que, como el libro que queremos presentar al lector jienense, ejercen una magnífica labor de recreo del pasado.
Este libro de Relatos íberos no podía haberse escrito con otros protagonistas y otro entorno. Están ambientados en Jaén, tierra de turdetanos, bastetanos y oretanos. De su riqueza cultural bebieron tiritos, los fenicios de Tiro, griegos, romanos y cartagineses, los fenicios de Cartago, que arrobaron en las costas hispanas y hallaron el paso de Despeñaperros para superar la impresionante muralla de la Bética.
Así; puesto que este grupo de escritores tiene la excusa de una cultura propia, rica y apasionante, no faltarán relatos. Gracias de nuevo al municipio de Porcuna, a la editorial El Olivo, y a cuantos os habéis sentido atraídos a visitar esta Feria del Libro, y asistir a esta plúmbea presentación. Ahora lo que necesitamos es vuestro apoyo, adquiriéndolo. Muchas gracias.»

Todos hablaron de su relato, y lo hicieron desde el corazón. Así, Eva Patricia Vallejo, habló de “Marta y su sexto sentido”; Manuel del Pino, de “Operación Obulco”; Marcial del Pino Chiachío se remontó a la ceremonia de iniciación del príncipe guerrero en su “Relato del Toro ibérico”; Alfredo González Callado, que ese mismo día tenía un compromiso laboral importante, lo hizo de “Fantasía en do y en piedra”; Rafael Jesús Navas Millán “Las cartas de Obulco”; Juan Ortega Cózar, “El exvoto”; Consuelo Vallejo Delgado “Acerca de la sonrisa de Marta”; Ángel Santiago Romero “Guerrero descendido del Caballo junto a guerrero atravesado por lanza”. No pudieron asistir, Amparo Chiachío Peláez y Sergio Merino Salas, privándonos de conocer de viva voz las motivaciones de sus apasionantes relatos, “La decisión de Marcia” y “El supersticioso”.

El libro cuenta con magníficas ilustraciones, una en especial titulada ZEUS Y EUROPA, un dibujo confeccionado en técnica mixta sobre papel de Juan Miguel Bueno Montilla; y una fotografía de Alfonso Jiménez Casado titulada “Tumba principal de Cerrillo Blanco”. De todos modos, el libro de relatos íberos se pondrá a la venta y aquellos interesados podrán remontarse al tiempo de los íberos de Porcuna a través de estos magníficos relatos, editados por José Miguel Crespo, editorial El Olivo de Papel, de Torredojimeo. Los lectores de Jaén y provincia podrán adquirir libros en los siguientes puntos: Porcuna (Librería Séneca), Jaén (Librerías Metrópolis, Gutiérrez, Don Libro, Escolar), Úbeda (Librerías Studio, El Candil, Elbo), Linares (Librería Entrelibros) Alcalá la Real (Librería Itaka), Villacarrillo, Cazorla, Cortijos Nuevos, Baeza, Torredonjimeno…. En Sevilla, en Librería Céfiro, Calle Virgen de los Buenos Libros, en el Centro mismo, a un minuto de La Campana.

A continuación, incluyo la portada que reproduce el óleo sobre tela de José Mª Recuerda Cobo titulado “Porcuna desde Cerrillo Blanco”.

Os dejo ahora con un anticipo del relato “Obulco” que podréis leer completo en el Libro que presentamos ayer.

«OBULCO

Ipolca, año 45 a. C.
Con las estrellas cubriendo el firmamento sin Luna, Coribos se acercó al Tíscar por el margen meridional. Conocía un camino de piedras, oculto por la corriente, por donde solía vadearlo. Era arriesgado hacerlo en esa época del año, pero lo intentaría. En el fondo, se sentía culpable de lo ocurrido a la joven Ania; por eso, caminó con decisión hasta alcanzar la colina donde se asentaba la aldea. Desde allí, apenas se distinguía el río, a no ser por el rastro de vegetación verde que dejaba a su paso.
Oscurecía cuando oyó el rumor salvaje de la corriente, y comprobó que los pedruscos no se habían movido, que casarían con los saltos sobre el agua que pensaba dar. Se descalzó las alpargatas de esparto y se las colgó al cuello, anudándolas por los bramantes de cuero. Miró con decisión a la otra orilla, midiendo la fuerza que debía emplear y cerró los ojos, dando saltos sobre los guijarros. Primero el más próximo; luego, el de la izquierda, para alcanzar en dos zancadas más la otra orilla. Sonriente por haber superado la prueba, se sentó sobre unas rocas y miró los peñascos que se erguían al frente. Se calzó deprisa. No deseaba que el amanecer lo descubriera antes de ocultarse en las inmediaciones de la cueva que llamaban del Agua.
Ania no lo esperaba. Casi lo prefería así para poderla espiar en silencio, como le gustaba hacer. A pesar de la mirada triste y el pensamiento retorcido de la joven, Coribos la quería con sentimientos adultos. «Algún día la haré mía. Ganaré muchas cuñas de plata, y compraré ferros con los que armaré a mis hombres. Seré el jefe de una temible partida y aquellos que buscaron entonces la muerte de la joven, y ahora buscan en sus pócimas el amor y el odio, la vida y la muerte, lamentarán estar vivos», juró en voz queda; tal vez, para no despertar al hambre que azuzaba sus tripas. Él, como el resto de zagales de la aldea, merodeaba por campos y estepas, trampeando conejos y ratas, que cambiaba a escondidas por sucios mendrugos. Durante la época de la siega, escudriñaba las mieses en busca de granos de trigo, garbanzos o lentejas
tras la retirada de los segadores. Había que ser muy rápidos para competir con las nubes negras de grajos y cuervos, expertos depredadores, capaces de escrutar los campos con la misma rapidez que una plaga de langostas. Era difícil soportar esa vida mísera y raro el aldeano que vivía de sus cosechas. En la aldea la vida era más calamitosa, sometidos a la familia del príncipe y sin posibilidades de trapichear sin pagar tributos. Muchos no esperaban a hacerse adultos para echarse al monte y juramentarse en fratrías de salteadores que hacían más ingrata la vida de los humildes.
Para Coribos la vida era una carrera que ganaban los más listos y rápidos. Él era diferente. Lo había oído de labios de Ania que dijo haberlo leído en las líneas de la mano: Debía huir de la aventura de los montes, renegar de los aprendices y no acercarse a los labriegos para así no acabar como ellos, derrengado de cavar y romper terrones. Coribos seguiría el rastro marcado por el viento, dejaría que él le guiara. Eso, al menos fue lo que entendió cuando la joven le tomó las manos y le susurró despacio:
–Todos tenemos un tiempo, Coribos –hizo un largo silencio–. La gente nace cuando tiene que nacer, y muere de la misma manera. ¿Ves esta herida de la mano, la que recorre el dedo gordo? –Coribos titubeó al asentir con la cabeza–. ¿Nunca te has preguntado por qué tenemos esas heridas?
–Coribos volvió a titubear, agitando la cabeza para negar–. Porque marcan destinos…el dedo gordo? –Coribos titubeó al asentir con la cabeza–. ¿Nunca te has preguntado por qué tenemos esas heridas? –Coribos volvió a titubear, agitando la cabeza para negar–. Porque marcan destinos…
–¡¿Destinos…?!
–Cosas que ocurrirán –resumió la aprendiz de bruja.
Coribos recogió el brazo con violencia y se soltó de Ania. Le gustaba el tacto de la piel de ella, pero no quería conocer cosas que no habían sucedido.
–¡Qué ocurre, Coribos!
–Renuncio a vivir según esas heridas que dices que marcan lo que ha de suceder…
Ania sonrió y retomó con suavidad la mano del muchacho. Coribos accedió con cierto reparo.
–Siempre puedes negarte a cumplir el destino…
–Si puedo renunciar al destino, ¡qué señalan las heridas…! –movió la mano, asida entre las de Ania.
–Hay un Destino Mayor que rige los pequeños acontecimientos. Puedes renunciar a la menor pero la Mayor
te perseguirá siempre

–¡¿La Mayor…?!
–Nadie escapa a la muerte… –exhaló como un pesado suspiro y su mirada vagó por la penumbra de la gruta. Al posarse sobre Coribos, el rostro del muchacho reflejaba preocupación–. La mano izquierda te dirá qué serás y cuándo… Esta, en cambio –levantó ligeramente la que sostenía–, sólo te hablará de lo inmediato –hizo una pausa para darle tiempo
al muchacho–. ¿Por dónde quieres empezar?»

…  [El resto, en el Libro de Relatos Íberos "IBOLCA]. Muchas gracias]

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Enigmático Menesteo

Publicado abril 28, 2011 por alvarengomez
Categorías: Información general

©Álvaro Rendón Gómez, Abril 2011

«Supe de ti, primero, magnánimo ateniense,
héroe y divinidad ante los muros
sacrosantos de Troya, frente a la mar de Cádiz,
en las mismas arenas y al pie del mismo río
adonde tú, tal vez patrono y marinero
de las naves de Ulises, llegaste una mañana.»
Menesteo. Fundador y Adivino.
(Rafael Alberti. Ora Marítima)

La Historia del Mundo Antiguo está marcada por celos y venganzas, consecuencias de amores imposibles entre dioses y hombres. Así, para que Menesteo emprendiera la travesía mediterránea que le llevase a los confines del mundo conocido, sobrepasara la bocana de la bahía de Cádiz y arribara en las benditas costas de nuestro Puerto, junto al río Criso, posteriormente Guadalete, tuvieron que suceder dos historias apasionantes: La de Teseo, rey de Atenas, y la de Paris, príncipe de Troya; ambos enamorados de una mujer marcada por la fatalidad, Helena

El destierro de Teseo
La historia de Teseo comienza cuando conoce a Pirítoo y se juran amistad eterna. Juntos traman casarse con dos hijas de Zeus: Teseo con Helena, que aún era una niña, y Pirítoo con Perséfone. Para ejecutar el plan, viajarán primero a Esparta y raptarán a Helena cuando asista al templo de Ártemis Ortia, situado entre Limnai y la orilla occidental del río Eurotas, durante los rituales en honor a Ortia, la diamastigosis, o la flagelación de efebos (descrita por Plutarco, Jenofonte y Platón).  Adultos armados de látigos apilaban quesos sobre un altar. Los jóvenes debían conseguirlos, desafiando los latigazos.
El rapto debió ocurrir en una mañana soleada. La noche había refrescado y el sol matinal se agradecía. Teseo y Pirítoo visitaron el templo, raptaron a Helena y huyeron a la ciudad arcadia de Tegea. Para despistar a los hermanos de Helena, los atenienses se refugiaron en la aldea Ática de Afidnas, donde esperarían a que Helena alcanzase la edad núbil. Mientras tanto, bajaron al Hades y buscaron a Perséfone, dejando a Helena al cuidado de Etra, la madre de Teseo, que no tuvo más remedio que cederla a los Dióscuros, los hermanastros de Helena, que la rescataron
Cumplidas las promesas, y de regreso a Atenas, Teseo descubrió que su primo Menesteo, apoyado por los hermanos dióscuros, se había apoderado del trono. Entonces, temiendo la reacción de los gemelos espartanos, se refugió en Skyros, bajo la protección del rey Licomedes, antiguo amigo y aliado. El recibimiento del héroe ateniense fue espectacular; de ahí que, Licomedes, considerándolo una amenaza, lo asesinara.

Juicio de Paris
Ocurrió durante el banquete de bodas entre la ninfa Tetis y el rey Peleo [Ilíada, XXIV, 25–30]. Eride, diosa de la Discordia, enojada porque no fue invitada al enlace, dejó una manzana de oro sobre la mesa de los invitados. La fruta llevaba la dedicatoria en griego “Kallisti”: “Para la más bella”. Estaban presentes las diosas Hera, Atenea y Afrodita, que se dieron por aludidas, ensalzándose en un debate imposible, sobre quién era la destinataria de la manzana. Zeus zanjó la discusión encomendando a Paris la elección de la vencedora. No le resultaría fácil porque todas trataron de persuadirlo ofreciéndole importantes recompensas. Hera le prometió todo el poder que pudiera desear; Atenea, la sabiduría y la victoria en cualquier guerra; Afrodita, el amor de Helena de Troya, que ya era mujer y conservaba la fama de ser la mortal más bella sobre la Tierra.
Paris declaró vencedora a Afrodita. De este modo, ayudado por la diosa del amor, se dirigió a la corte de Menelao, enamoró a Helena, convertida en esposa y reina de éste, y la volvió a raptar. Además, se llevó consigo la mayor parte de los tesoros reales. [Grimal, Pierre: “Diccionario de mitología griega y romana", edit. Paidós, págs. 351-352]

Helena de Troya
¿Quién era Helena de Troya, con fama de mujer fatal?
Según la mitología griega, era hija de Zeus y Némesis. Zeus siempre se las ingeniaba para yacer con diosas, semidiosas y mortales; algo que enfadaba a Hera, su legítima esposa, que se vengaba de las amantes y de sus descendientes.
Para yacer con Némesis, Zeus no escatimó ingenio. A pesar de que la diosa, para evitarlo, se convirtió en oca, el padre de los dioses lo hizo en cisne y consumó la unión. Nénemis, embarazada, huyó a Esparta, donde depositó un huevo que encontró Leda, esposa de Tíndaro, rey de Esparta, que ya tenía dos hijos, los dióscuros Cástor y Pólux, y una hija, Clitemnestra.

Menesteo, rey de Atenas
Tras 30 años de reinado, en el 1204 a.C., Teseo, bisnieto de Erecteo II de Atenas, tras el primer rapto de Helena, pierde el trono que lo usurpa su primo Menesteo, hijo de Péteo. [Greves, Robert: "Los mitos griegos", Ariel, 2007, pág 127]. El fin de Teseo, ya lo sabemos, murió a manos de Licomedes. Según unas versiones, fue empujado al precipicio cuando contemplaba la ciudad desde un acantilado; según otras, la caída fue accidental.
El reinado de Menesteo fue despótico y demagogo. Pensando que los dióscuros le ayudarían a obtener los favores de Helena de Troya, convenció a los atenienses para que los acogieran como benefactores y libertadores de la ciudad, algo que enfadó a príncipes y duques, que aguardaron la mínima distracción para arrebatarle el trono.

Prolegómenos de la guerra de Troya
Nunca pudo imaginar el rey de Troya que su decisión de casar a Helena atrajera a lo más selecto de la Hélade. Temiendo que la elección acarrearía enemistades entre los pretendientes rechazados por la bella princesa, determinó aceptar el consejo de Ulises que, a cambio, obtuvo la ayuda de Tindáreo para casarse con Penélope. El consejo consistía en organizar pruebas que ayudasen a Helena en la elección. Antes debían aceptar la decisión de la joven y jurar sobre los restos de un caballo descuartizado que acudirían en auxilio del elegido si alguien la raptaba (algo sabría Ulises de las maquinaciones de Paris y Afrodita).
La primera prueba consistió en una carrera de barcos de remos entre Menesteo, Sergesto, Cloanto y Gias. Al toque de trompeta, se lanzaron al mar y remaron. Gias iba el primero, pero se topó con un peñasco y no pudo continuar. Enfadado con su timonel, lo arrojó al mar. Cloanto tomó la delantera y se proclamó vencedor. Menesteo llegó después, por delante de Sergesto.
En la prueba de acertar con un tiro de arco a un ave que pendía de un mastil, Menesteo cortó la cuerda, pero fue Acestes quien venció.
Tras las pruebas, Helena eligió a Menelao, hermano de Agamenón que, a su vez, se casó con Clitemnestra.

Menesteo, comandante griego
Heinrich Schliemann, Ilíada en mano, exploró la costa de los Dardanelos buscando el emplazamiento de la ciudad de Troya. Tras un tiempo analizando diversas colinas, dedujo que sólo podía hallarse en la de Hissarlik. El rico alemán la compró, e inmediatamente comenzó a excavar. No descubrió una Troya, sino nueve, una encima de otra. La duda sobre cuál de ellas había sido la destruida por los griegos surgió entre Troya 6 y 7. Por los datos que se lograron extraer del yacimiento, la sexta pudo ser destruida por un terremoto y la séptima por un incendio, en una fecha cercana al 1200 a.C., fecha en que ocurrió el cerco de Troya, después de diez años de sitio (aunque, en el relato homérico éste sólo habría durado cincuenta y un días).

Durante la guerra que sucedió en las playas de Troya, los combates se produjeron a pie, cuerpo a cuerpo, utilizando lanzas, picas, arcos y espadas. Uno de los comandantes de vanguardia fue nuestro fundador, Menesteo. Sobre el caudillaje de Menesteo algunos investigadores [Malcolm M. Willcock: "Iliada"; Hardcover, Nelson Thornes Limited, sobre todo] lo dudan, y creen que es un personaje desconocido; pues, el que debía figurar como caudillo de los atenienses era Demofonte, al que Homero desconocía.  Para Quinto de Esmirna, en cambio, en el sitio de Troya participaron ambos: Demofonte y Menesteo ["Posthoméricas", editorial Gredos, Madrid, 2004]; por ello, la participación de Menesteo en la Guerra de Troya queda refutada por las diversas citas de Homero en la Ilíada  [Edaf, 2001]. Por ejemplo, en la página 97 dice que, «después de oír sus palabras, el Atrida, muy complacido, siguió revistando a sus caudillos y encontró al egregio caballero Menesteo, hijo de Peteo, erguido entre los atenienses, duchos en el arte de la guerra, y cerca del prudente Ulises y los aguerridos cefalenios, que no habían oído los gritos del combate ni podían adivinar que hubieran sido rotos los juramentos.» En el canto II, hexámetros 546 a 556, Homero asegura de «Menesteos Peteida, que era un hombre que no tenía igual entre todos los hombres, y a su mando tenía cincuenta navíos oscuros.» Después, en IV, 327 a 364, lo describe como «hijo del rey Peteo, de pie hablando con los atenienses, experto en guerras.» Además, en la epopeya clásica, se describen numerosas intervenciones durante la contienda. Asi, en el Canto XII, hexámetros 331 a 333, se dice  que «cuando los vio llegar (a los licios) se asustó Menesteos Peteida, que a su torre acudían llevando la muerte consigo. Desde lo alto del muro miró a los aqueos en torno por ver si algún caudillo podía ayudar a su gente; y vio a entrambos Ayax, insaciables de lucha, y a Teucro al salir de la tienda y de él todos estaban muy cerca.» O en el XIII, 689 a 690: «Allí a los atenienses selectos mandaba primero Menesteos Peteida y seguíanle luego en el mando Fides y luego Eusiquio y el bravo Biante.» «Áyax, arrastrado como por un impulso de fatuidad, entra en la lid con la cabeza descubierta y sin armadura, empuñando sólo una espada, como privado de toda protección. Los demás caudillos griegos –Diomedes, Menesteo, Menelao, Ulises y Agamenón– con sus huestes perfectamente alineadas, ocupan sus puestos frente a los troyanos. El rey Príamo, después de ordenar estratégicamente sus escuadrones y sus secciones, mandó y dio la orden de cargar contra los griegos.» «Entonces Menesteo, duque de Atenas, entró en combate junto con tres mil guerreros, y avanzando con toda aquella hueste desde el ala izquierda llegó hasta el cuerpo del ejército de Frigia, en el que estaba Troilo, y que presionaba sobre el contingente griego.» «Así puso Aquiles fin a su parlamento. Pero el rey Toante y Menesteo, duque de Atenas, se oponen a Aquiles con un torrente de palabras de desaprobación.»
Y aún hallamos numerosas citas en la novela “Menesteos. Marinero de Abril” [edit. Alacea, México, 1965, 1ª edic.] de María Teresa León donde narra en un lenguaje poético una de las intervenciones de Menesteo: «Los caballos ciñeron el anillo del vegetal. Algo perseguían tenaces y violentos. Pateaban la tierra del naranjal sin importarles las sagradas flores que nevaban su asombro. Aullaban. ¡Ah, que los hombres conocieron las artes de perseguir antes que las de comer! Menesteos buscó refugio con la vista. ¿Donde guarecerse? ¿Hacia dónde huir de la guerra, ese traje escarlata de los hombres? Y otra vez se sintió dentro del estruendo olvidado, otra vez la sangre tomó el puesto del vino de las jarras, otra vez enmudeció de alegría (pág. 98).»

Menesteo y el caballo de madera
El asedio ya duraba demasiado. Griegos y troyanos habían combatido duro frente a las murallas de Troya sin que ninguna de las facciones lograra ventaja sobre la otra. En vista de lo cual, los griegos, conocedores del culto troyano hacia el caballo (el juramento de fidelidad se hizo sobre los restos de uno de ellos), construyeron en secreto un enorme caballo de madera. Medía once metros de altura y tenía el aspecto de un ídolo. Lo acercaron a la muralla y lo abandonaron. Después, tomaron rumbo a altamar y desaparecieron.
Libre de los griegos y pensando que el caballo era un regalo, lo arrastraron hasta el patio de la fortaleza. Tras la fiesta en honor de los dioses, los griegos apostados en el interior del Caballo bajaron con sigilo y asolaron la ciudad. Mataron a sus habitantes e incendiaron los edificios.
Para lograr una victoria así, ¿cuántos irían escondidos en el caballo de madera? La Odisea cuenta que iba Aquiles y sus noventa y nueve hombres. Para Apolodoro sólo iban 50 combatientes. Quinto de Esmirna cita sólo a 30 personas y Tzetzes rebajó ese número a 23, entre los que estaba Menesteo. ["Historia de la destrucción de Troya", Guido delle Colonne; Ediciones Akal]

Comercio en el Mediterráneo
Mientras esto ocurría en los Dardanelos, frente a la actual costa de Turquía, el mundo seguía comerciando; pues, desde la más remota antigüedad el Mediterráneo registró rutas comerciales entre Oriente y Occidente, incluso más allá de las temibles “Columnas de Hércules” y el mítico reino de Tartessos (la Tarsis bíblica) que comerciaba con casi todo lo que en aquella época tenía valor: El oro de los ríos Genil, Darro o Segura, la plata del sur y sudeste, el cobre de Almería, Riotinto o El Algarve; así como, el plomo y estaño de Galicia. A cambio, los tartessios y otros pueblos obtenían productos manufacturados como vino, aceite o productos artísticos de clara influencia oriental.
Para los fenicios, los hombres de la Bética eran raros, con treinta y dos dientes, según Plínio ["Nuestras gentes y lugares en la antigüedad", de Francisco García Romero.]
Por eso, después de la carrera de las armas, para los príncipes y reyes destronados el comercio era la actividad con más futuro.

Menesteo, fundador de ciudades
Después de la caída de Troya, en 1181 a.C., el rastro de Menesteo se enturbia. Según parece, falleció diez años antes en la Guerra de Troya. Otras creen que desapareció después de un reinado de 23 años, sucediéndole su sobrino Demofón, hijo de Teseo.
La versión aceptada es que fue a Melos, donde reinó a la muerte del rey Polianacte. Navegó hasta el fin del mundo, fundando las ciudades de Escilecio, entre Crotona y Cautonia, en la costa del Brutio; y, después, sobrepasó las columnas de Hércules hasta la desembocadura del río Criso, actual Guadalete. Embelesado por el encanto del paisaje estableció una colonia que llamó Puerto de Menesteo, en la Bética.
Estrabón (III, I, 9) confirma el comandato de la galera “Priste”, que libró una batalla en sus orillas por el control de la bahía y fundó un puerto no lejos de Gades «que hemos de situar en las proximidades del castillo de Doña Blanca» ["Historia de Cádiz", de Francisco Javier Lomas Salmonte, Silex ediciones, 2005, pág.18]
Filóstrato ["Vida de Apolonio de Tiana" V,4] afirma que en Gadira (Cádiz) celebraban sacrificios en honor de Menesteo; confirmado por Estrabón, al asegurar que en la bahía de Cádiz existía un santuario oracular de Menestheo, ¿referencia al dios egipcio Menes (Theo-Menes)?

Cuando el río fue Olvido
Gadir es una palabra fenicia que significa rodeado de agua, es decir, isla. Fue así como la llamaron los fenicios de Sidon y Tiro al arribar a sus playas allá por el 800 a.C. Así lo atestigua el investigador Luis Suárez Fernández (“De la protohistoria a la conquista romana”, edic. Rialp, 1995): «La fecha de fundación de Gadir, tan debatida en cuanto se contrastan los testimonios literarios y la documentación arqueológica, (…) debió de ocurrir tal vez muy poco antes del 800 a.C. por los antiguos historiadores.»
La fundación del Puerto por Menesteo, en las inmediaciones del Castillo de Doña Blanca tal vez ocurriera a finales de la Guerra de Troya (alrededor de 1.100 a.C.; lo que implicaría ser ¿anterior a la fundación de Cádiz?); aunque será a finales del s.IV a.C. cuando servirá de infraestructura económica al comercio fenicio que se desarrollaba en Cádiz, necesario para facilitar el doble tránsito, de ida y vuelta, de productos manufacturados provenientes del Mediterráneo y las materias primas que ofrecían los nativos del interior, predominantemente tartesos. Esta relación necesaria y conveniente permitió la vida en solitario de los habitantes fenicios de Cádiz y los griegos del Puerto de Menesteo. Esto es, al menos, lo que «suguieren las magníficas estructuras de su urbanismo y los materiales arqueológicos excavados, así como la existencia de una necrópolis amplia de túmulos, todavía no excavada.» (pág.53 del libro de Suárez, ob.cit.)
En aquella remota época no existían tantos puertos con la capacidad del este Puerto de Menesteo [«Los puertos que menciona Estrabón son el de Carteia "estación naval de los iberos" (3, 1, 7); Belo, puerto de embarque (…) al venir de África, posiblemente desde Tingis (Plut Sert. 12) en el año 80 a.C; y el puerto llamado Menesteo» (José María Blázquez: "Urbanismo y sociedad en Hispania", edic. Istmo, 1991, pág.31)]
Las relaciones entre Gadir y el Puerto de Menesteo trascendieron, como ha venido ocurriendo siempre, de lo comercial a lo sentimental. Los lazos de amistad entre familias fenicias y griegas fortalecieron el entendimiento en el terreno económico. Así, cuando los cartagineses comandados por Amilcar Barca llegaron a Cádiz con la intención de quedarse, se encontraron con la negativa de los tirios que ofrecieron una feroz resistencia. Merced a un invento de Pefameno, un carpintero fenicio, natural de Tiro, que andaba con el ejército cartaginés, «los muros de la ciudad de Cádiz quedaron esta vez asolados como los del castillo» (Manuel Ortiz de la Vega “Las glorias Nacionales” Impr. de L.Tasso, 1852, pág.120)
Este ataque no gustó a los del Puerto (me supongo que en aquella época como no vivían ni José María Morillo ni Luis Suárez -o tal vez, sí– no cabría debate entre si eran porteños o portuenses) que guardaron durante años rencor a los fenicios de Cartago. «A nadie pudo bien parecer la demasía que los cartagineses hicieron en Cádiz, tan sin razón y tan presto; mas entre todos los que principalmente lo miraron y sintieron, fueron los del Puerto de Santa María, que llamaban en aquellos tiempos de Menesteo» (Manuel Ortíz de la Vega, ob.cit. p.120)
Pronto surgió la chispa que desató la revuelta. El asunto fue por la adoración  que sentían los cartagineses conquistadores hacia Melkharte y la devoción de los griegos hacia Menes-theo. Después de serias prohibiciones, disputas y actos violentos, acordaron olvidar las diferencias y lo hicieron desfilando con ramas de olivo hasta llegar a la ribera «de cierto río que viene por allí, para se meter en el mar Océano, junto con el mesmo puerto, hicieron sus plegarias y sacrificios, y se perdonaron y pusieron en concordia, jurando que jamás alguno de ellos, así cartaginés como griego, ni menos español de los que por allí residían, tendrían memoria de las injurias pasadas, para que por ello se dañasen o hiciesen algún mal, en recordación de lo cual, los del puerto levantaron un mármol o pedrón sobre la ribera del mesmo río, que permaneció muchos años con letras griegas antiguas, esculpidas en él, que declaraban este negocio con toda su memoria. Poco después hicieron también allí cierta población arrabal del mesmo puerto, por el otro lado del agua que llamaron Amasia (actual ubicación de El Puerto de Santa María), según escribe Maestro Esteban Arnalte Barcelonés, en el prólogo del volúmen o libro, que trasladó de arábico en latín, de los relojes de sol, que en este mesmo lugar de Amasia.» «El río también donde se juraron aquellos conciertos fue llamado el río Lethes, que quiere decir en griego agua del olvido, hasta nuestros días, en que los naturales de la tierra por donde pasa le dicen Guadalete, conformándose con el habla de los alábares y moros africanos (…), porque Guidil en su habla o Guadal, según nosotros los españoles lo pronunciamos corruptamente, quiere decir río; así que Guadalete es tanto en aquella lengua, como el río de Lete o del olvido.» (p.122)

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Chomsky y las municipales

Publicado marzo 18, 2011 por alvarengomez
Categorías: Crítica

“Chomsky y las municipales”

©Álvaro Rendón Gómez

Juan me envió hace unos días un resumen de lo que se consideran los “diez mandamientos” de Noam Chomsky, el famoso lingüista, referidos a las diez estrategias utilizadas por los medios de comunicación -más esforzados en incomunicar a las personas que en establecer nexos de unión entre ellas– para manipular los mercados, sociedades e individuos. Estos “mandamientos” aparecieron en “Armas silenciosas para guerras tranquilas”, un artículo redactado por Sylvain Timsit y recogido en Pressenza. Copio.
1- La estrategia de la distracción.
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.

2- Crear problemas, y después ofrecer soluciones.
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3. La estrategia de la gradualidad.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.

4. La estrategia de diferir.
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.

5. Dirigirse al público como criaturas de poca edad. La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad

6. Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión.
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido critico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…

7. Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad.
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”. Porque, ¿quiénes son los guardianes de la cultura oficialista, de la historia interesada y de los valores “universales”? Los intelectuales pagados por el poder, los historiadores que cuentan hechos que jamás existieron con el fin de conformar una visión del pasado que siga sosteniendo los intereses del poder presente. ¿Qué ocurriría si no fuera así? Probablemente, no publicarían porque las editoriales les negarían el agua y la sal, y vivirían como marginados y apátridas.

8. Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad.
Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…

9. Reforzar la autoculpabilidad.
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. Y, sin acción, no hay revolución!

10. Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen.
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídas y utilizados por las elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

Mientras lo iba leyendo comprendía la actitud de muchos reyezuelos, déspotas, tiranos y políticos aprovechados del sistema, que lo han aplicado para conseguir sus intereses personales. ¿No lo aplican los regímenes populistas hispanoamericanos; incluso, algunos socialistas especialmente dotados para la conspiración? Me extrañaría mucho si el pérfido Rubalcaba no lo tuviera como decálogo del buen obrar, y una copia desarrollada por expertos del partido no presidiera su mesilla de noche. ¿Alguien duda que Pepiño “tocapelotas”, con esa boquita de piñón, propia del niño poco dotado que logró terminar sus escasos estudios medrando junto a los profesores, adulándolos y chivándose de sus compañeros, no lo use cada vez que habla atacando a todo bicho viviente? Estos socialistas de anteayer han aprendido rápido y aplican el “decálogo” con precisión de cirujanos. ¡Parece mentira que hayan pasado 37 años desde aquel Congreso de Suresnes donde, gracias a la CIA, el CSED y Billy Brandt, lograran dar el golpe de estado a la vieja guardia socialista. ¿Qué hubiera ocurrido si, como estaba previsto, hubiera ganado Redondo y no Felipe González las elecciones a secretario General? Ese mismo día aprendieron a aceptar que el neoliberalismo no es tan malo cuando se tienen los bolsillos llenos y las manos cerca de donde fluye el dinero ajeno. Léanse, si no, a Alfredo Grimaldos en “La CIA en España” o Joan E. Garcés, en “Soberans e Intervenidos”.
Pero, ¿qué podemos hacer para no ser el ganado marginado y desorientado en que estos politicuchos nos quieren convertir? De momento, no pagar por estar subordinado. El principio de desobediencia debe comenzar por el voto, seguir por el no-acatamiento a sus cobardes y viciadas leyes, para terminar negándonos a pagar los gastos suntuarios de muchas Comunidades que, como la Junta de Andalucía, llevan treinta años gastando a manos llenas en no se sabe bien si en mantener en la poltrona a tanto mangante inepto o en tejido industrial, buenas infraestructuras y fomento del trabajo digno. ¿Y la oposición? ¿A cuántos salvaríamos en la oposición?
Las cosas necesitan un cambio, reemplazar a los inútiles políticos por técnicos capaces de darle la vuelta a tanta impotencia y mediocridad. Esto será posible si la gente desea que cambien. Utilicemos nuestro voto como papel higiénico, que no siga sosteniendo esta gigantesca mierda. Limpiémosla para que no siga oliendo. No esperemos que cambien solas. Ningún politicucho lo hará porque ellos ni saben, ni quieren. Ellos van a otra cosa, y aplican el primer mandamiento de Chomsly, el de la “estrategia de la distracción”. En palabras del propio Chomsky, la estrategia de la distracción es «mantener distraída la atención del público, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real.» Nosotros, los que sufrimos la incompetencia de esta partida de mangantes e ignorantes, tenemos la primera y última palabra, ¡no la malgastemos con distracciones de votaciones libres y democráticas! Esto no es democracia, esto es un sistema diabólico,  organizado por esta casta de sinvergüenzas para aspirar a controlarnos cada cuatro años. Observemos el desfile de máscaras que se organizará muy pronto, con motivo de las próximas Elecciones Municipales y, en algunos feudos autonómicos, la elección del Cacique que nos explotará los próximos cuatro años; pero ¡cuántos zánganos somos capaces de alimentar con nuestro voto! ¡Nadie se apercibe de que sólo les interesamos para “legitimar” su intrusismo…!

Los políticos saben bien que jamás pescarían en un río tranquilo, sin problemas ni preocupaciones. Sin ellos y sin sus asfixiantes impuestos, la gente se organizaría y explotaría sus habilidades, sin miedo a multas, reprimendas y engorde de zánganos. El trabajador, organizado en poderosas asociaciones despolitizadas que los defienda, exigiría condiciones de trabajo dignas. ¡Hay demasiadas leyes menudas que sólo acatan los desheredados de la tierra y los sindicatos son centros de poder político, plataformas de votos cautivos, gente que cobran y trabajan para los partidos. Cuando se sientan a negociar, ¿qué hacen si no asegurarse ingentes partidas que sigan subvencionando su “movimiento social”, los puestos de trabajo de tantísimos liberados y gente inútil? A estas alturas de la película, ¿alguien cree que negocien mejoras salariales y laborales? Sólo hay que echarle un vistazo a las listas del paro, al cierre de empresas, al desastre que los sindicalistas –como políticos que son– culpan a los Bancos y a los Empresarios. No nos dejemos engañar, amigo, los Empresarios y los Bancos sólo pescan en río revuelto, por eso pagan a los políticos y sindicalistas para que lo revuelvan. El trabajador y el ciudadano de a pie, los peces, somos los que siempre tenemos que nadar en aguas turbias, embarradas y plagadas de tiburones que se alimentan de nuestro esfuerzo. Y aun seguimos pensando que nuestro voto cuatrianual puede cambiar esta mierda de sistema… ¡Entérate, tu voto sólo es una excusa, una justificación, un efímero compromiso que solo dura el día de las lecciones; después, no existimos para los políticos! Al día siguiente, sólo existen los problemas creados por ellos, llegar a fin de mes, pelearnos con los Bancos, con Hacienda, con el jefe que no nos paga y nos sigue chantajeando, con el coche que cada vez cuesta más moverlo… Nuestra vida volverá a ser el infierno que la ineptitud de los políticos han creado. Viste cómo viven ellos, cuáles son sus problemas… ¡que no tienen problemas gracias a esa papeletita inocente que lo puso ahí donde no habría llegado por su propio esfuerzo y conocimiento!
No entremos en el juego que nos proponen cada cuatro años porque las cartas están marcadas y siempre ganan ellos y perdemos nosotros. Que sean ellos los que asistan a sus mítines y que se voten a sí mismos. Si se diera la situación de que la abstención, que es una opción tan digna como el si, el no o el voto nulo, ganara las próximas elecciones con amplia mayoría, ¿quién debería sentarse en las cómodas poltronas del congreso y del Senado, quiénes administrarían el Estado? Probablemente, los sufridos y vilipendiados funcionarios, los que siempre han hecho funcionar este país; pero, a diferencia de la situación anterior, no tendríamos que pagar a tanto vago y maleante. ¡Te imaginas el ahorro sólo en coches oficiales, dietas, desplazamientos o trajes Emidio Tucci?

¡Tú tienes la llave, matarile, rile rile…! Y la puedes tirar donde dice la canción: En el fondo del mar, matarile, rile, rile…

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Gracias, Eva

Publicado marzo 17, 2011 por alvarengomez
Categorías: Literarios

Eva Patricia es del Grupo literario Porcuna y me ha enviado un par de poemas que quiero difundir en este blog:

Amanece otra vida
los rayos en el alma
bailarina rosa
su caja de música
suenan acordes,  su cuerda
da vueltas el mundo
los pasos no cesan
el espejo nos atrapa
crecen los sentimientos
mejor no pensar
dejar las emociones
no ser conscientes de los días
cuando no crecemos
interiores falsos
dejan pasar la vida
y el espíritu vuela
cual loca golondrina.

 

Los latidos del corazón
vomitan por la boca
los segundos hechos ritmos
melodías de bailarinas
tristes payasos
caprichos dulces de otra boca
pasos nerviosos en la noche
la proximidad hecha distancia
manos negras
pequeñas trampas
el terminar de un mal día
una guitarra rota
canto que llora notas grises
unos grillos que saltan
el despertar sobresaltado
sobre la luna lágrimas
en el rostro indiferencia
mientras
las hojas verdes
el naranja romántico de los árboles
estaciones pasajeras
vomitan latidos
del corazón por la boca.

Gracias, Eva

Gitanos

Publicado febrero 14, 2011 por alvarengomez
Categorías: Investigación

©Álvaro Rendón Gómez, Febrero 2011

Una última hipótesis sitúa a la etnia gitana procedente del Kanauj, en Uttar Pradesh, India, por la semejanza del idioma romaní con el rom (palabra que designaría al ser humano) o rhom, similar al panyabí o hindi. O probablemente de la región del Punjab. Estos individuos pertenecerían a una casta inferior, rajput-jat, o un clan mayoritario jat o rajput, reclutados para luchar contra los musulmanes que pretendían invadir la India. El caso es que fueron derrotados por el sultán el 20 de diciembre de 1018:

«…la mayoría de ellos eran nobles, artistas y artesanos»[1]

Como consecuencia de esta derrota, familias enteras fueron vendidas en Ghazni, Kabul, Jorosán e Iraq. Aunque, según leyendas gitanas, llegaron a esos países como emigrantes y no como esclavos porque el sultán los obligó a elegir entre someterse a su poder, abrazando una religión que les era ajena, o emigrar hacia el oeste.
Otra teoría los hace originarios de Egipto. Egiptanos que emigraron a la India atravesando Asia Menor. De cualquier modo, no existen evidencias para asegurar que ocurriera así, porque los primeros documentos gitanos datan del siglo XV y XVI. En ellos se narra el mito de su procedencia egipcia. Leyendas que, unidas a la obsesión del egiptano por las pseudo-ciencias adivinatorias que practicaba para “ganarse la vida” entre los gachés, se convertirían con el tiempo en hechos con apariencia de realidad. Pero, a diferencia de la casta sacerdotal egipcia que ejercían el Tarot y la lectura de las líneas de la mano, el gitano no creía en ellas. Como tampoco creía en el mito de su ascendencia judía, como pueblo esclavo de Egipto, y toda esa retahíla de títulos orientales con las que se presentaban en las cortes occidentales, como nobles perseguidos por su condición no-musulmana, cuyo objetivo sería la obtención de cartas y salvoconductos de príncipes, reyes, incluso, del mismo papa.
El caso es que los gitanos actuales leen la Biblia y reconocen en ella muchas leyes y costumbres propias. Una de ellas es el culto al fuego purificador, la obsesión por la muerte como un pasaje definitivo al mundo espiritual, el Paraíso hebreo. Al igual que el noviazgo y la boda gitana, idéntico al que se hacía en el antiguo Israel. Entonces, como ahora, los padres tenían un papel esencial en la definición de la dote de la novia. Incluso cuando la mujer huye con su hombre sin que los padres hayan alcanzado un acuerdo, el clan gitano reconocerá a la pareja como casada automáticamente, debiendo pagar la familia del novio un resarcimiento a la de la novia, consistente en el doble de la dote normal. Este pago se denomina kepara, con idéntico significado al término hebreo kfar (Deuteronomio 22:28-29). Entre los hebreos, son normas obligadas la cortesía, el respeto y la hospitalidad; como entre los gitanos. Cuando se saludan, aunque sea la primera vez y no se conozcan, deben preguntar por la familia del otro, deseándole bien y bendición para todos los miembros.
Esta semejanza no es anecdótica, como las largas patillas del gitano que recordaría a la de los hebreos ortodoxos ashkenazim; o el uso del sombrero por el patriarca. Además, las lenguas índicas, como romaní o rhom, tendrían una raíz común con las lenguas hurríticas, de raíz sánscrita. Y, según la Biblia (2 Reyes 17:6), los horeos o hurritas de la Biblia ya habitaban en el Negev; los jebuseos y heveos, en Judea y Galilea; y los nord-israelitas, asirios, en Hala (o Hayur), Gozán. Lo que demostraría que la etnia gitana sería como una rama no-kosher, o impura, de la hebrea. ¿Sería este no-kosher el concepto gitano de marimé, las leyes que regulan las formas sociales y espirituales del romaní?
En cualquiera de los casos, todo lo gitano es mítico y legendario, como la palabra kalós o calés, que derivaría de la palabra kali (negro), sin ningún rasgo común con la diosa hindú Kali, de origen brahamánico. Religión que el gitano ni conocía ni practicaba. Sería más bien, una alusión velada a la virgen negra benedictina, de la que procedería Sara, una virgen negra de mucha devoción para el gitano. En ese mismo marco hebreo habría que encuadrar el flamenco, que muchos aseguran de origen sefardita, practicado por los judíos antes de ser expulsados de España, y luego heredado y desarrollado por los gitanos.

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[1] Citado en Kitab al-Yamini, Abu Nasr Al-’Utbi; 961-1040

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¿Es negra la Virgen de los Milagros?

Publicado febrero 5, 2011 por alvarengomez
Categorías: Información general

¿Es “negra” la Virgen de los Milagros, patrona del Puerto de Santa María?

© Álvaro Rendón Gómez, febrero 2011

«Soy Negra pero hermosa, ¡oh hijas de Jerusalén!,
como las tiendas de Quedar y como pabellones de Salomón»
Cantar de los cantares (Salomón 966 a.C.-926 a.C.)

La representación de la Virgen María a lo largo de estos dos mil años de cristianismo ha recibido diversos tratamientos. Así, hallamos imágenes de vírgenes con la tez blanca y vírgenes con la tez morena. Junto a estas, y en un período concreto de la Historia, aparecen figuras de vírgenes con la tez negra y rasgos negroides; figuraciones de un culto primitivo muy anterior al cristianismo, tal vez céltico o pre-céltico. En cualquiera de los casos, deidades femeninas antiguas de la fertilidad, como Isis, diosa-madre a la que invocaban las mujeres estériles; culto que derivó en ceremonias en honor de Cibeles, Deméter o Ceres, y que también se hallaban en la América precolombina, e incluso, en el África más profunda, ilustración 1. A este grupo se le designa genéricamente con el término de “negras” y nada tienen que ver con el color de su piel; sino que vienen a significar “lo negro”, la ausencia absoluta de luz, lo primero que el ser humano graba en su memoria y que recuerda al útero materno, inicio nuestro de un viaje iniciático que es la vida terrena. Estas vírgenes negras, cristianización de las vírgenes paganas, recogerán la fuerza y poder de sus antecesoras. De ahí que la pregunta del título nos lleve a esta otra: ¿Por qué la Virgen de los Milagros no pertenece a este grupo, aún siendo morena?

Las Vírgenes Negras y los benedictinos
En el 529 d.C. Benito de Nursia funda el monasterio de Montecasino,  y en el 540 d.C. difunde la Santa Regla (regula monasteriorum), agrupando bajo una misma disciplina a hombres destinados a recuperar el cristianismo más activo, ilustración 2. Con estos monjes, dedicados a la oración y al trabajo, Benito pretende rescatar el saber clásico, contenido en ciertos textos griegos y latinos que aún se conservaban en ermitas abandonadas de Francia y el norte de España; en ocupar la jerarquía de la Iglesia por monjes cultos y austeros, desempeñados por príncipes segundones, bastardos y hombres toscos e incultos, que apenas puede memorizar el latín de una Misa. Con este objetivo, los benedictinos recuperaron ermitas mudéjares, transformadas en iglesias adscritas a un monasterio, y erigieron otros nuevos en enclaves con alguna significación espiritual: Lugares de reunión de sacerdotes y druidas celtas, o vórtices de energías sutiles desaprovechadas por el cristianismo autárquico y jactancioso. De este modo, donde había un monolito, una gruta, un lugar de peregrinación, o la mínima muestra de espiritualidad, levantaban un monasterio dedicado a la investigación.
¿Deseaban, también, romper esa extraña  maldición, como la de Sísifo, que condenaba a los seres humanos a no aprender nunca la lección y comenzar eternamente desde el origen?

Horror al año 1000
En cuatro siglos de callada labor, los benedictinos descubrieron algo que había estado presente en la Humanidad desde hacía milenios, la espiritualidad sin culto que se manifestaba en ritos, creencias y ceremonias ancestrales, considerados paganos. Era el mismo conocimiento que el cristianismo oficial aplicaba de modo simbólico en los cultos, y que, al mismo tiempo, condenaba con enérgica irracionalidad.
En el 999, desafortunada inversión del número 666, el número de la Bestia, la cristiandad se preparaba para el cataclismo definitivo: El fin de la Humanidad y los sucesos caóticos del Apocalipsis, incluyendo un Juicio Final con lluvia de fuego y azufre, llanto y desesperación. Los acontecimientos que se vivían no podían ser más nefastos: Terribles hambrunas desolaban la Tierra, mortales epidemias diezmaban a la población y el poder de los reyes y los papas sucumbían ante la expansión del Islam que ya ocupaba Tierra Santa, norte de África, Europa oriental y el sur de la Península Ibérica, amenazando con invadir el resto del Imperio Romano. ¿No era así como se produciría el Fin del Mundo?
La gente corriente creía que dios castigaba a la Humanidad por un pecado colectivo que pocos se atrevían a pronunciar y buscó el perdón en el ayuno, la abstinencia y las flagelaciones públicas. Los cristianos purgaban su ignorancia con más ignorancia, los campos quedaron baldíos y los seres humanos, abandonados a su propio destino, miraron temerosos al cielo para ver aparecer entre las negras nubes del desastre el dedo divino que señalaba el destino marcado por el clero vaticinador. Las iglesias se llenaron de pecadores y el clero no daba abasto a tanta confesión y comunión, a tanto arrebato ignorante… Pero, ¡cómo podía ser que dios volviera a castigar a los míseros y humildes…! ¿Acaso no había enviado a su Hijo para redimirlos del pecado original? Si el perdón había llegado a través de la muerte y resurrección de Jesucristo, ¿a qué castigar a una Humanidad ya perdonada? ¿Dios-Padre seguía apenado por la desobediencia de Adán y Eva, o se trataba de otro pecado del que nadie tenía consciencia? ¿Debían esperar, esta vez, la llegada del Padre?

¡Y llegó el año 1000!
El peligro de invasión sarracena no cesó, sino que continuó al año siguiente, y al otro, y muchos años después… Resultaba evidente que no sucedería nada de lo anunciado por el clero. ¿Dios volvía a contradecirse o, de nuevo, los hombres tonsurados habían metido la pata prediciendo sucesos sobre el Fin del Mundo sólo conocidos por el Padre –y, desde hace dos siglos, por algunos Santos de los Últimos Días–?
Ante la debacle que se preveía, la jerarquía eclesiástica reaccionó con imaginación, difundiendo un nuevo mensaje: Dios se había apiadado de la Humanidad, había oído las súplicas y aceptado las terribles penitencias. Unos acataron con resignación; otros, en cambio, pensaron que todo había sido un invento del clero para ganar feligreses y limosnas. Para los benedictinos, el cataclismo era la oportunidad que esperaban para propugnar el cambio radical que, por otro lado, únicamente ellos estaban preparados para liderar. Primero, se transformaron en cluniacenses al fusionarse con los columbanos, para luego evolucionar en el Císter de Bernardo de Claraval, ilustración 3, difundiendo el concepto de dios bondadoso, promesa de resurrección y felicidad eterna, que muere en un acto supremo de amor, simbolizado en el arco ojival de las catedrales góticas; y desterrando la idea de dios terrible, colérico y castigador, sólo accesible a través de la penitencia y del dolor físico, que simbolizaba el arco de medio punto del viejo estilo románico. Este nuevo conocimiento se transmitió a través de las hermandades gremiales, reunidas y potenciadas en torno a las construcciones de grandes Catedrales, promovida por los monjes; se descubrieron los huesos del apóstol Santiago el Mayor, y se fomentaron las peregrinaciones masivas a Roma y Jerusalén divulgando todo lo gestado en los monasterios.

¿Qué secreto encierran las Vírgenes Negras?
Estas vírgenes que se visten de negro y se veneran en cuevas [Montserrat, Rocamadour], criptas [Chartres, Guincamp Mont-Saint-Michel], y capillas oscuras [como Manosque, Aurillac] representan la “luz en la noche”, el secreto de un saber ancestral de carácter iniciático, simbolizado en las diosas de la fecundidad y de la regeneración, que los benedictinos plasmaron en ciertos rasgos de las Vírgenes Negras.
Este secreto es un conocimiento esotérico e iniciático. Como Platón afirmaba hace veintitrés siglos, la vida terrena es caída y castigo, y el alma habita la sepultura del cuerpo. De ahí que, antes de recibir la disciplina educativa de la encarnación, el elemento espiritual –o noético–duerme. La semilla-alma debe pudrirse en el cuerpo-tierra para germinar y dar frutos. Esta sabiduría está presente también en filósofos orientales, como Vyasa, Jaimini, Kapila, Vrihaspati y Sumantu, porque «más allá de las existencias finitas y causas secundarias de las leyes, ideas y principios, hay una Inteligencia o Mente (el Espíritu o Nous), Principio de los principios; Idea Suprema en que se apoyan las demás ideas; Monarca y legislador del Universo; Substancia primordial de la que proceden todas las cosas y a la que deben su existencia; Causa primera y eficiente de todo orden, armonía, belleza, excelencia y bondad, a la que llamamos el Supremo Bien o Dios.» (Blavatsky, H. P.: “La Doctrina Secreta”, t.4, p.211)

El verdadero retrato de la virgen María
El nombre de María de Nazaret, madre de Jesús, es una helenización de Mariám, y deriva de una transposición al arameo del nombre de Miryam, hermana de Moisés y Aarón. La virgen María es hija de Joaquín y Ana, según el protoevangelio de Santiago. Es, por ello, palestina, de raza semita: Tez morena, complexión media, anchas caderas. Debió ser hermosa e inteligente, de esmerada educación y temerosa de Yahvé, el dios judío de la zarza ardiente y las tablas de la Ley.
Aunque el aspecto real de su rostro sigue siendo una incógnita, existen leyendas piadosas que explican la manera milagrosa en que se llegó a conocer. Una de estas leyendas aseguraba que su imagen quedó impresa sobre una columna de Lida, Palestina, en la que se apoyó. Otra, la que narra Nicéforo, en el s. IX, que la virgen María tendría talla media, rostro alargado, cabellos rubios y dedos finos; que, posteriormente, confirmó san Anselmo de Canterbury, en el s. XI. Sin embargo, la que parece más veraz es la difundida por el dominico Jacobo de la Vorágine, que aseguraba que fue el evangelista san Lucas, dotado para la escritura y la pintura, quien confeccionó el único retrato de la Virgen. Para ello, siguió el modelo de sus numerosas apariciones. Este retrato estuvo en poder de la emperatriz Eudoxia, esposa de Teodosio II (405-450 d.C.), quien habría realizado copias. Una de ellas la envió a su cuñada Pulqueria que mandó edificar la iglesia de Hodigitria sólo para rendirle culto. Con la conquista y ocupación de Constantinopla por los turcos, en el 1453, el retrato en poder de la emperatriz desapareció; aunque siguieron circulando sus numerosas copias. Una de ellas (del siglo XI d.C.) se conservó en la iglesia de santa María de Aracoeli, en Roma. No obstante, su deterioro y oscuridad es tal que no permite reconocer imagen alguna, ilustración 4.

Características de las Vírgenes Negras
Las Vírgenes Negras conservan rasgos comunes, singularidades que las convierten en grupo. Por ellas se podrá reconocer cuándo es negra una virgen morena. La primera característica es su color negro, aunque sus rasgos sean blancos: Naríz recta y labios delgados. Han de estar talladas en maderas nobles de árboles alcanzados por un rayo. Suelen adoptar actitud hierática, en solemne majestuosidad; es decir, sentadas en su mayoría, con el cuerpo y las piernas verticales. En su regazo, sobre la rodilla izquierda, o en el centro, la figura del Niño, sostenido por la madre. Uno de ellos sostiene una esfera que representa al sol. A los pies de la talla, una Luna en cuarto menguante con las puntas señalando la tierra; en realidad, señala el vórtice de energías telúricas de ese lugar (donde dos wouyvres o serpientes celtas, se cruzaban). Primitivamente son Isis y su hijo, el dios Horus. Su aparente tosquedad le da un aspecto orientalizante, más acusado en la Madre que en el Hijo. En la mayoría de los casos, carece de policromía, la madera pulida y barnizada; cuando se policroma se utiliza blanco, rojo y azul, a veces negro o verde. Las más populares se han dorado recientemente. Finalmente, sus dimensiones han de ser constantes y responder a un escala proporcional 7:3. En su etapa inicial fueron de 70 x 30 x 30; en época tardía, la medida mayor es de un metro, ilustración 5.

Otras características secundarias serían sus lugares de emplazamiento, siempre de gran tradición espiritual, enclaves naturales donde primitivamente estaban dedicados a la Gran Madre; o están en rutas de antiguas peregrinaciones, como el Camino de Santiago, denominado Vía Láctea o Compostela (campo de estrellas), por estar plagado de estrellas (enclaves con marcado carácter espiritual, señaladas ermitas donde se veneraba una Virgen Negra).

Hablemos, ahora, de la Virgen de los Milagros
Por tradición, primero, sabemos que nuestra Patrona, la Virgen de los Milagros, se apareció al rey Alfonso X (narrada en la Cantiga 368) durante la batalla de Jerez, en 1231. Esta cabalgada tenía por objeto la reconquista de la villa de Alcanate, nombre árabe de El Puerto, en poder del emir Ibn Hud. Para el Profesor Manuel González Jiménez, en 1253 ya había un asentamiento importante de castellanos en El Puerto, los mismos que ayudaron a huir al Infante Don Enrique. Días antes de morir, ocurrida en abril de 1284, el rey Alfonso X otorga favor de ampliar el término territorial de la villa hasta la ermita de Sidueña. Que ciertamente ocurriera durante la batalla de Jerez está por demostrar. Es muy probable que la aparición de la Virgen no se refiriera a un hecho milagroso (aunque se narre así), sino al descubrimiento de la talla de una virgen sedente que fuera ocultada en 1146 por los mozárabes que abandonaron la ciudad  a la llegada de los almohades. Antes de huir, como documenta Simonet, escondieron imágenes y objetos de culto. Esta fecha  coincide con la datación de 1169 según la técnica del carbono 14 de la imagen de Nuestra Señora de España, y que explica Javier M. de Lucas Almeida, restaurador y conservador del Museo Municipal del Puerto de Santa María, en un magnífico trabajo titulado: “Nuevas aportaciones al estudio de Nuestra Señora de España”, ilustración 6.
Por otro lado, en el archivo ducal de Medinaceli, fechado en 1561, se cita el traslado desde el Castillo de una imagen de Santa María del Puerto, “por otro nombre Nuestra Señora de los Milagros” a la capilla de la Iglesia Mayor Prioral, siendo sustituida en el Castillo por una buena imagen de Santa María, que conocemos por un “compendio historial de sus antigüedades”, de Anselmo J. Ruiz de Cortázar, en clara referencia al Puerto de Santa María, que recogería los datos aportados por numerosos protocolos de testamentos redactados por Hernando de Carmona en el siglo XV.

Desde aquel histórico traslado, se le rinde culto ininterrumpido en la Iglesia Mayor y, a partir del siglo XVII en su capilla, construida en la cabecera de la nave del Evangelio. El Cardenal Almaraz la coronó canónicamente el 8 de septiembre de 1916, el día de su festividad, ilustración 7

La polémica sobre Sidueña
Entre los entendidos de El Puerto se da una polémica sobre si la Virgen de los Milagros es Nuestra Señora de España o Nuestra Señora de Sidueña, que conllevaría despejar la duda sobre cuál de las dos imágenes de la Virgen es más antigua, y, por consiguiente, designar cuál de ellas es la que el rey Alfonso X encuentra en el Castillo. La solución debería estar en la interpretación que se dé al traslado que se ha mencionado antes, y en la “buena copia” que se deja en el Castillo. Para algunos, en lugar de aclarar la cuestión, la complica; porque el documento dice que para el traslado se hace una copia de la existente, ¿no existían dos imágenes, la aún no “morena”, o Santa María del Puerto existente en el Castillo, y la “blanca” o Santa María de España, en la ermita de Sidueña donde aún se conservaba el culto cuando se produjo la copia –el abandono se producirá con posterioridad, en 1577, según Sebastián Cobarrubias, en su “Tesoro de la Lengua Castellana”, publicado en 1611– Por tanto, ¿de cuál de las dos vírgenes existentes en la ciudad se hace copia y qué se hizo con el original copiado?

Ambas imágenes debieron ser muy parecidas porque el profesor Francisco González Luque, se refiera a esta Virgen-copia de Santa María del Puerto como «modelo iconográfico de Virgen Majestad, sedente y entronizada, con el Niño Jesús en disposición lateral respecto a su madre»; obviamente, una imagen que cumple las características de una “virgen negra”, antes de ser amputada, como narraremos después.

Por otro lado, en el informe previo a la restauración de la Virgen de los Milagros, acaecida en 1979, el profesor Francisco Arquillo extrae la conclusión de que la imagen «es negra desde mediados del siglo XIV.» Según parece, la moda de dar color negro a las vírgenes viene de ese retrato bizantino que la tradición adjudicó a san Lucas.

En cuanto a las salvajes amputaciones sufridas por la imagen de la Virgen de los Milagros, ocurridas en 1671, añadir que de la imagen cortada sólo se dejó la cabeza y poco más; que, después, se le adaptó un trozo informe de otra escultura, posiblemente del siglo XVI, que le sirviera de soporte, y, finalmente, revistieron el conjunto con una coraza y unos brazos articulados de plata. Estos sostienen unas manos de otra imagen cuya procedencia se desconoce, con encarnadura negra y rico faldón de orfebrería, también de plata, que donan “Don Juan Francisco y Doña Catalina, Duques de Segorbe y de Medinaceli, Esclavos de Nuestra Señora”. En los bajos de este faldón metálico, figura grabado el escudo de la Casa Ducal, trazado por un orfebre portuense, como ha localizado la Profesora Dolores Barroso. La ilustración 8 muestra la faz de la imagen sin los arropes barrocos que luce habitualmente. El autor de la fotografía es el célebre historiador jesuita Padre Fidel Fita (1831-1918), hecha a finales del siglo XIX. Como puede observarse, la Virgen de los Milagros ostenta la coraza y los brazos de plata. Se le ha quitado para la foto el faldón de plata regalo de los Duques de Medinaceli.

Conclusión
La ilustración 9 muestra el perfil de la Virgen de Los Milagros: Nariz recta y labios finos. Facciones de una mujer de raza blanca en una actitud serena y reposada. Sólo es negro el barniz con el que han patinado la talla. La madera en la que está tallada es de alerce de Centroeuropa, un ciprés oriundo de la Patagonia. Es una madera rojiza, dura y rica en resinas; aunque no lo suficiente como para haber evitado su deterioro. Las radiografías practicadas, aportan nuevos datos sobre los salvajes apaños y mutilaciones que ha sufrido la reliquia. Al truncamiento del cuerpo, deben añadirse los clavos para cerrar una profunda grieta que recorre el rostro, y el rebaje mediante gubia y escofina de la parte superior de la cabeza (como lo haría un carpintero de ribera), a la altura del pelo, y que alcanza a la mitad del frontal y el occipital, ilustración 9.

Si como todo indica, Nuestra Señora de los Milagros era una Virgen sedente, en hiératica majestad, la amputación del cuerpo principal de la talla nos privó de conocer si los rasgos de la Virgen estaban más acusados que los del niño que, probablemente, llevaría sentado en la rodilla derecha; si el color del vestuario original era blanco, rojo y azul, o negro y verde. Si su copia es la que se designa como Nuestra Señora de Sidueña, no parece que responda a esta singular clasificación. Además, sus dimensiones, si medimos “su presunta copia”, es de “una vara castellana” (83’59 cm); para Juan de Ledesma, que la vio en 1633 (o sea, antes de la amputación) con telas y brocados, da la medida de 7,15 cm para la peana. Es decir, no es negra; morena y, me atrevería a decir, muy hermosa.

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