Presentación de IBOLCA, el primer Libro de Relatos íberos

IBOLCA 1

© Álvaro Rendón Gómez, mayo del 2011

El sábado 14 de este mes tuvo lugar en Jaén la presentación del libro de relatos íberos IBOLCA. Durante el acto tuvimos la oportunidad de hablar del proyecto que nos había unido. Fue Luis Emilio Vallejo Delgado, promotor del mismo y responsable de que todos estuviésemos allí, quien habló del trasfondo de los relatos, como herramienta que recreación de los descubrimientos arqueológicos. Durante su intervención, se remontó a veinte años atrás, destacando las magníficas piezas íberas que posee la provincia de Jaén; en concreto, el grupo escultórico de Cerrillo Blanco, de Porcuna, la antigua Ibolca-íbera y Obulco-romana.

Al cederme la palabra, dije lo siguiente: «Este primer libro de Relatos íberos es el resultado de un esfuerzo colectivo: Ayuntamiento de Porcuna, editorial El Olivo de Torredonjimeno, un grupo jóvenes de escritores (el que os habla es la excepción) y un público que demanda este tipo de historias que se desarrollan en Jaén y provincia. Porque el proyecto de Relatos, como bien se dice en la solapa, tiene como objetivo popularizar descubrimientos e  investigaciones científicas en el campo de la Historia y el Arte.
La mayoría de las personas se sienten predispuestas a saber cosas de su historia, sucesos que ocurriendo en su remoto ayer. Son las mismas anécdotas que primitivamente narraban los ancianos de la tribu, que se ganaban así un puesto junto al fuego.
Es creciente el interés por la arqueología. Son muchos los colegios, institutos y grupos de mayores los que visitan los yacimientos; pero se llevan una desilusión cuando contemplan el campo plagado de matorrales que cubren sillares deslavazados de primitivas murallas, círculos que un día fueron torres de vigilancia, arcos que cerraban huecos, lápidas quebradas que aún guardan restos de una memoria que se resiste a olvidar. Estas señales precisan amplificación, explicarse debidamente, recrear la vida y el ambiente de lo que fueron. En esta labor intervienen los museos, cada vez más didácticos; y los relatos que, como el libro que queremos presentar al lector jienense, ejercen una magnífica labor de recreo del pasado.
Este libro de Relatos íberos no podía haberse escrito con otros protagonistas y otro entorno. Están ambientados en Jaén, tierra de turdetanos, bastetanos y oretanos. De su riqueza cultural bebieron tiritos, los fenicios de Tiro, griegos, romanos y cartagineses, los fenicios de Cartago, que arrobaron en las costas hispanas y hallaron el paso de Despeñaperros para superar la impresionante muralla de la Bética.
Así; puesto que este grupo de escritores tiene la excusa de una cultura propia, rica y apasionante, no faltarán relatos. Gracias de nuevo al municipio de Porcuna, a la editorial El Olivo, y a cuantos os habéis sentido atraídos a visitar esta Feria del Libro, y asistir a esta plúmbea presentación. Ahora lo que necesitamos es vuestro apoyo, adquiriéndolo. Muchas gracias.»

Todos hablaron de su relato, y lo hicieron desde el corazón. Así, Eva Patricia Vallejo, habló de “Marta y su sexto sentido”; Manuel del Pino, de “Operación Obulco”; Marcial del Pino Chiachío se remontó a la ceremonia de iniciación del príncipe guerrero en su “Relato del Toro ibérico”; Alfredo González Callado, que ese mismo día tenía un compromiso laboral importante, lo hizo de “Fantasía en do y en piedra”; Rafael Jesús Navas Millán “Las cartas de Obulco”; Juan Ortega Cózar, “El exvoto”; Consuelo Vallejo Delgado “Acerca de la sonrisa de Marta”; Ángel Santiago Romero “Guerrero descendido del Caballo junto a guerrero atravesado por lanza”. No pudieron asistir, Amparo Chiachío Peláez y Sergio Merino Salas, privándonos de conocer de viva voz las motivaciones de sus apasionantes relatos, “La decisión de Marcia” y “El supersticioso”.

El libro cuenta con magníficas ilustraciones, una en especial titulada ZEUS Y EUROPA, un dibujo confeccionado en técnica mixta sobre papel de Juan Miguel Bueno Montilla; y una fotografía de Alfonso Jiménez Casado titulada “Tumba principal de Cerrillo Blanco”. De todos modos, el libro de relatos íberos se pondrá a la venta y aquellos interesados podrán remontarse al tiempo de los íberos de Porcuna a través de estos magníficos relatos, editados por José Miguel Crespo, editorial El Olivo de Papel, de Torredojimeo. Los lectores de Jaén y provincia podrán adquirir libros en los siguientes puntos: Porcuna (Librería Séneca), Jaén (Librerías Metrópolis, Gutiérrez, Don Libro, Escolar), Úbeda (Librerías Studio, El Candil, Elbo), Linares (Librería Entrelibros) Alcalá la Real (Librería Itaka), Villacarrillo, Cazorla, Cortijos Nuevos, Baeza, Torredonjimeno…. En Sevilla, en Librería Céfiro, Calle Virgen de los Buenos Libros, en el Centro mismo, a un minuto de La Campana.

A continuación, incluyo la portada que reproduce el óleo sobre tela de José Mª Recuerda Cobo titulado “Porcuna desde Cerrillo Blanco”.

Os dejo ahora con un anticipo del relato “Obulco” que podréis leer completo en el Libro que presentamos ayer.

«OBULCO

Ipolca, año 45 a. C.
Con las estrellas cubriendo el firmamento sin Luna, Coribos se acercó al Tíscar por el margen meridional. Conocía un camino de piedras, oculto por la corriente, por donde solía vadearlo. Era arriesgado hacerlo en esa época del año, pero lo intentaría. En el fondo, se sentía culpable de lo ocurrido a la joven Ania; por eso, caminó con decisión hasta alcanzar la colina donde se asentaba la aldea. Desde allí, apenas se distinguía el río, a no ser por el rastro de vegetación verde que dejaba a su paso.
Oscurecía cuando oyó el rumor salvaje de la corriente, y comprobó que los pedruscos no se habían movido, que casarían con los saltos sobre el agua que pensaba dar. Se descalzó las alpargatas de esparto y se las colgó al cuello, anudándolas por los bramantes de cuero. Miró con decisión a la otra orilla, midiendo la fuerza que debía emplear y cerró los ojos, dando saltos sobre los guijarros. Primero el más próximo; luego, el de la izquierda, para alcanzar en dos zancadas más la otra orilla. Sonriente por haber superado la prueba, se sentó sobre unas rocas y miró los peñascos que se erguían al frente. Se calzó deprisa. No deseaba que el amanecer lo descubriera antes de ocultarse en las inmediaciones de la cueva que llamaban del Agua.
Ania no lo esperaba. Casi lo prefería así para poderla espiar en silencio, como le gustaba hacer. A pesar de la mirada triste y el pensamiento retorcido de la joven, Coribos la quería con sentimientos adultos. «Algún día la haré mía. Ganaré muchas cuñas de plata, y compraré ferros con los que armaré a mis hombres. Seré el jefe de una temible partida y aquellos que buscaron entonces la muerte de la joven, y ahora buscan en sus pócimas el amor y el odio, la vida y la muerte, lamentarán estar vivos», juró en voz queda; tal vez, para no despertar al hambre que azuzaba sus tripas. Él, como el resto de zagales de la aldea, merodeaba por campos y estepas, trampeando conejos y ratas, que cambiaba a escondidas por sucios mendrugos. Durante la época de la siega, escudriñaba las mieses en busca de granos de trigo, garbanzos o lentejas
tras la retirada de los segadores. Había que ser muy rápidos para competir con las nubes negras de grajos y cuervos, expertos depredadores, capaces de escrutar los campos con la misma rapidez que una plaga de langostas. Era difícil soportar esa vida mísera y raro el aldeano que vivía de sus cosechas. En la aldea la vida era más calamitosa, sometidos a la familia del príncipe y sin posibilidades de trapichear sin pagar tributos. Muchos no esperaban a hacerse adultos para echarse al monte y juramentarse en fratrías de salteadores que hacían más ingrata la vida de los humildes.
Para Coribos la vida era una carrera que ganaban los más listos y rápidos. Él era diferente. Lo había oído de labios de Ania que dijo haberlo leído en las líneas de la mano: Debía huir de la aventura de los montes, renegar de los aprendices y no acercarse a los labriegos para así no acabar como ellos, derrengado de cavar y romper terrones. Coribos seguiría el rastro marcado por el viento, dejaría que él le guiara. Eso, al menos fue lo que entendió cuando la joven le tomó las manos y le susurró despacio:
–Todos tenemos un tiempo, Coribos –hizo un largo silencio–. La gente nace cuando tiene que nacer, y muere de la misma manera. ¿Ves esta herida de la mano, la que recorre el dedo gordo? –Coribos titubeó al asentir con la cabeza–. ¿Nunca te has preguntado por qué tenemos esas heridas?
–Coribos volvió a titubear, agitando la cabeza para negar–. Porque marcan destinos…el dedo gordo? –Coribos titubeó al asentir con la cabeza–. ¿Nunca te has preguntado por qué tenemos esas heridas? –Coribos volvió a titubear, agitando la cabeza para negar–. Porque marcan destinos…
–¡¿Destinos…?!
–Cosas que ocurrirán –resumió la aprendiz de bruja.
Coribos recogió el brazo con violencia y se soltó de Ania. Le gustaba el tacto de la piel de ella, pero no quería conocer cosas que no habían sucedido.
–¡Qué ocurre, Coribos!
–Renuncio a vivir según esas heridas que dices que marcan lo que ha de suceder…
Ania sonrió y retomó con suavidad la mano del muchacho. Coribos accedió con cierto reparo.
–Siempre puedes negarte a cumplir el destino…
–Si puedo renunciar al destino, ¡qué señalan las heridas…! –movió la mano, asida entre las de Ania.
–Hay un Destino Mayor que rige los pequeños acontecimientos. Puedes renunciar a la menor pero la Mayor
te perseguirá siempre

–¡¿La Mayor…?!
–Nadie escapa a la muerte… –exhaló como un pesado suspiro y su mirada vagó por la penumbra de la gruta. Al posarse sobre Coribos, el rostro del muchacho reflejaba preocupación–. La mano izquierda te dirá qué serás y cuándo… Esta, en cambio –levantó ligeramente la que sostenía–, sólo te hablará de lo inmediato –hizo una pausa para darle tiempo
al muchacho–. ¿Por dónde quieres empezar?»

…  [El resto, en el Libro de Relatos Íberos "IBOLCA]. Muchas gracias]

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