Marisma con buitres
© Álvaro Rendón Gómez
Así será mi primera novela, editada en El Olivo de papel [http://elolivoeditorial.com/]; formato 125 x 195 mm, 456 páginas, y unos 18€, en cualquier librería. Escrito en lenguaje sencillo y comprensible. En palabras de Juan Eslava Galán: «Es una novela estupenda que se lee de un tirón y da que pensar.»
El argumento es el siguiente: «Las pretensiones de una multinacional inmobiliaria, en connivencia con algunos cargos públicos del Pueblo de la Sal Marina, en el litoral, atentan contra las ideas revolucionarias de un hombre pacífico y su familia.
En la marisma de Don Nuño están ocurriendo cosas inexplicables. ¿Fenómenos atmosféricos? ¿Magia? ¿Qué tiene que ver con todo ello Margarita, la vagabunda hallada muerta en las puertas de un Ambulatorio? ¿Qué papel juega la hija menor de los García Hidalgo, de apenas doce años? ¿Cuál será la solución a los continuos conflictos entre ecologismo y desarrollo, conservadurismo y progresismo a ultranza…?»
A continuación, los primeros capítulos de la misma:
CAPÍTULO 1
Aquella mañana, la Prensa dio la noticia en página interior par y con titulares a medio cuerpo: «Un nuevo caso del asesino de mendigos». La secretaria judicial dobló el periódico y atendió al teléfono. La requerían a primera hora de la mañana a las puertas del Ambulatorio de Marqués de Paradas. Allí le esperaba el cuerpo de una mujer muerta. El temor a que se tratara de una nueva víctima del asesino le recorrió la columna vertebral. Luego, en el lugar de los hechos, el inspector Jiménez le aclaró la situación:
—Ya lleva dos semanas sin actuar, señora.
—Aleje a la Prensa, inspector. Quiero acabar los trámites cuanto antes y volver al despacho.
—Sí, señora
Jiménez logró zafarse de los periodistas recurriendo a lugares comunes:
—Estos vagabundos siempre montan los trullos de cartón en lugares de tránsito. Será difícil hallar testigos porque las personas que acuden a estos sitios lo hacen con la misma indiferencia con que se automedican –añadió con sarcasmo–. ¡Cuidado, señorita! –llamó la atención a la periodista rubicunda que llevó el micrófono hasta rozar los labios del inspector–. No me gustan las alcachofas –sonrió forzadamente–. Mire, los que acuden al Ambulatorio son expertos en hablar de enfermedades que desconocen y protestar por la tostada con manteca colorá que viene quemada o pequeña. En cambio, nadie se ocupa de nadie. Nada les llama la atención. Van como autómatas.
Al acabar la última frase apartó de un manotazo a los periodistas y buscó con la vista al camarero del bar más próximo. Se trataba de Manolito Pizarro, quien aseguraba conocer a la víctima. Un enano espabilado de no más de metro y medio de estatura.
—Hace nueve o, quizás, diez años, inspector, que le acerco un vaso de leche templada a la pobre Margarita –compungido, llevó los dedos al lagrimal y evaporó la humedad rozando las yemas–. ¡Era una gran señora! ¡Buena pagadora! –exageró–. Limpia como los chorros de oro, callada como un monje benedictino y observadora como el lince… ¡Un encanto de mujer, si puedo decirlo!
El inspector, con gesto aburrido, movió los dedos para que continuara con la declaración.
—Llegó al portal hace nueve…, no, diez años. Con lo puesto. No creo que tuviera otra ropa. Yo siempre la he visto con la misma; aunque, eso sí, ¡la vestía con un arte y una elegancia…! –subió el brazo por encima de la cabeza para remedar al torero que tiene a sus pies un toro humillado–. Ha sido una pérdida para quienes la apreciábamos –continuó dolorido–. Una pena que haya acabado así.
Se quedó absorto contemplando el pavimento de la acera, levantado por las raíces de los plataneros que, según los vecinos, «el día menos pensado nos rompemos los cuernos con una de estas patas del árbol.»
En el silencio, el inspector hizo recuento mental de las pertenencias de la difunta: Una bolsa raída de plástico que contenía un segundo vestido, un par de mudas y veinte metros de alambre oxidado.
Al mencionar la bolsa, Manolito se ruborizó.
—¡La bolsa! –sonrió como si tosiera, disimulando el desliz–. No sé qué contenía, inspector, pero jamás se separaba de ella. Iba con la bolsa hasta el cuartito –exageraba con descaro–. Y, ya ve usted –relajó la declaración hasta convertirla en una simple charla de amigos que comentan anécdotas y curiosidades de alguien que no está presente–, la bolsa no era más que eso, una bolsa; con esos alambres oxidados y ¡con más mierda que el rabo de una vaca!
Fue su descripción más descarnada. Luego, fuera de contexto, se volvió hacia una ventanilla practicada a mitad de un muro de escayola y gritó:
—¡Media de churros!
Al mismo tiempo, deslizó sobre la barra un plato pequeño de los de café y depositó sobre el mismo una cucharilla deformada y un sobrecito de azúcar con el nombre del Bar. Dos segundos después, hacía sitio en el platillo para el culo de un vaso pequeño humeante.
—¡Nunca habrá probado un café como el moka que preparamos aquí, inspector!
Jiménez dio las gracias, resignado, y abrió el sobre, vertiendo el contenido sobre el negro néctar que Manolito tornó marrón al añadirle leche.
Mientras mojaba las tiras de masa frita en el extracto pardo de la mejor mezcla de café (mitad, arábico; mitad, robusta), Jiménez tuvo que soportar historias intrascendentes que se le ocurrían al camarero.
—¡Es por la harina especial con que los hacemos! –hinchó el pecho con orgullo profesional–. ¡Veinte años friendo churros de papa; y veinte años con la misma calidad, inspector! Y el café…, ¡qué me dice del café!
Parecía disfrutar con aquella tortura sicológica que transformó en reproche cuando observó que Jiménez sacaba el monedero para pagar la consumición.
—Aquí somos muy serios, inspector; así que, guárdese ese dinero que aquí no vale… –se sonrió por la generosidad demostrada–. ¿No le he invitado? –no esperó la respuesta–. ¡Pues, ya está todo dicho!
Cruzó los brazos sobre el pecho y apartó con la lengua el mondadientes mordisqueado que descansaba sobre el labio.
—¿Sabe que le digo, inspector? –dejó la pregunta en el aire–. En confianza, como profesionales. Usted en lo suyo y yo en lo mío, naturalmente.
—Naturalmente –corroboró Jiménez, con la atención puesta en los labios de Manolito que no se decidía a soltar el secreto que guardaba.
—Esa mujer no era mendiga… –insinuó susurrante, mirando a todos lados–. Todas las noches le llevaba un vasito de leche templada y, ¿sabe? –comprobó con desconfianza que nadie pudiera oírlo–, me pagaba con un billete de diez euros –miró circunspecto.
El enano disfrutaba creyéndose conocedor de las intimidades de la muerta y Jiménez no daba crédito a la estupidez de aquel montón de carne bautizada.
—¡Diez euros por un vaso de leche! ¿No le daba cambio…? –preguntó sorprendido Jiménez.
—Ese vaso de leche era especial para ella y, seguro que significaba más que ese billete al que parecía despreciar… Se pasaba horas mirando el líquido caliente, como si viera algo a través de él… –enmudeció pensativo–. ¿Qué podía ver en ese vaso, inspector?
La pregunta abrió una especie de agujero negro en aquel Bar donde la bulla y el ajetreo de cucharillas componían un infernal ruido de fondo. También el inspector quedó suspendido en ese espacio sin tiempo. De improviso, como el payaso sonriente que sale de detrás de una cortina con un sórdido ¡ta-ta-chán!, Manolito dio un golpe sobre la mesa y añadió:
—¡Naturalmente que le daba la vuelta de los diez euros, inspector, no soy un aprovechado! –sonrió con inocencia–. Aunque, ¿sabe usted?, le molestaba que lo hiciera… En una ocasión, ¡fíjese lo que son las cosas!, me amenazó con pedirle la leche al bar de enfrente, el de la competencia que, la verdad, comparado con nosotros, no tiene color.
—¿Tomaba leche todas las noches?
—Margarita nunca tomaba leche, inspector… –enfatizó el adverbio.
—¿Entonces? –no entendía nada.
—No era para ella; era para el perro. El pobre murió…
—Y de dónde cree usted que sacaba el dinero, ¿lo sabe?
—De donde va a ser, inspector –levantó las manos por la obviedad de la respuesta–, ¡del Banco! Usted sabrá, como todo el mundo, que las maquinitas de hacer dinero están prohibidas…
—Quise preguntarle si la difunta…, Margarita –rectificó–, ¿disponía de dinero en el Banco?
—Debía tenerlo porque, como usted bien sabe, los Bancos no dan ni las gracias si no hay un alto interés de por medio, el TAE creo que lo llaman…
—¿Y de qué Banco estamos hablando?
—Si se fija, por aquí no hay muchos… –señaló con la barbilla una sucursal bancaria en la acera de enfrente, junto al bar de la competencia–; pero, como la mala hierba, ¡están por todas partes!
Jiménez, cansado de escuchar bobadas, le acercó la mano abierta para despedirse.
—Muchas gracias.
—Pizarro, inspector, Manuel Pizarro –esbozó una sonrisa, ofreciendo la mano húmeda y pringosa–. Servidor. Y esta, su casa. Para lo que guste.
No pensaba dejarlo marchar sin hablarle de los amplios salones interiores, tan iluminados y agradables; los veladores que desplegaba en la acera, ondulada por la acción de los plataneros que ornaban la avenida. Se escapó por una trampilla abierta en los bajos de la barra y continuó con la tediosa propaganda:
—Ambiente agradable, ya lo ha visto. ¡Tiene que probar nuestros riñones al Jerez! Además, damos menús caseros a mediodía –gritó desde la puerta, porque el inspector estaba a punto de doblar la esquina; lejos del olor a “frito variado” que lanzaba el extractor instalado sobre la entrada
. . .
Una semana después del óbito la normalidad inundó la acera del Ambulatorio de Marqués de Paradas. En ese tiempo, Manolito Pizarro había dado una vuelta completa a la relación de tapas y el inspector Jiménez volvió al escenario de la tragedia con la intención de cerrar el caso, inmerso en la búsqueda de herederos de la mendiga.
Los parterres de la entrada principal del Centro de Salud aparecían marchitos por la acción de los mendigos que a mediodía seguían envueltos en papel de periódicos, ateridos de humedad fría. Los más madrugadores bebían agua al chorro para saciar la sed que producía la borrachera. Otros, recogían las mantas y hacían un hatillo con los cartones que luego despistaban entre la vegetación, quemada por la urea de las incontinencias nocturnas. Le llamó la atención la actitud de uno de ellos. Demasiada utillería teatral, pensó Jiménez. Llevaba barba de un par de semanas y rebuscaba con asco en una de las papeleras. Lucía amplia cicatriz facial y apestaba a agrio de vino y a orina reseca, como si se la hubiera echado por encima. Halló un vaso de plástico que utilizó de escudilla limosnera.
—Una moneda para llevar algo al estómago –fingía humildad, y se molestaba cuando la gente se alejaba sorprendida por el tufo que desprendían las ropas–. ¡Joder, si no soltáis monedas, dadme un cigarrillo para ir tirando…!
Un señor mayor se acercó para darle un pitillo que extrajo de un paquete de Celtas cortos y Damián se lo tiró a la cara.
—¡Qué pretendes, pellejón de los cojones, que la palme en dos días…! No, mira no, tronco, paso de tabaco “negro”, de marfileños de los cojones y de tu puta madre, ¿te queda claro?
Y se tumbó en la calzada, rajando de unos y otros. En el vaso de plástico, apenas veinte céntimos en monedas de dos y cinco. Descontento por la recolecta las arrojó contra el suelo, desparramándolas ruidosamente.
—Joder con el personal de este pueblo de agarrados… –gritó malhumorado–. ¡Es que aquí sólo hay estas moneditas de mierda!
-.-
CAPÍTULO 2
Hacía dos meses que Andrés había enviado los curricula y esperaba que la respuesta hubiera llegado antes. No obstante, estaba contento. El cursillo de quince días, obligado por la Oficina de Empleo, no había caído en saco roto: Su primera entrevista de trabajo la tenía ese mismo lunes a las diez de la mañana.
Decidió no seguir el consejo de presentarse trajeado, con chaqueta y corbata. Siempre había sido muy independiente e inconformista; una actitud que ya le había acarreado algún problema en la Facultad. Trabajar de economista una persona que le gusta cambiar y probar nuevos retos, se antojaba una contradicción; pero Andrés se lo había prometido a su padre y no le gustaba faltar a su palabra.
Sería fiel a sí mismo. Vestiría a su comodidad, con pantalón vaquero sin muchas rozaduras, camisa de manga larga y, tal vez, un jersey terciado en la mano por si refrescaba. Frente al espejo, a las ocho de la mañana, repasó el guión de lo que sería la entrevista. No recordaba si el curso aconsejaba mirar directamente a los ojos del entrevistador, apretarle la mano con decisión, sonreír, dar los buenos días, o explicar su presencia con un escueto «venía por…»
Mientras contemplaba el paisaje que pasaba por delante de la ventanilla del autobús urbano, se relajó tragando bocanadas de aire que expulsaba lentamente. Se bajó frente a una señal metálica en medio de un cenagal y a cien metros de su destino. Se acercó al vigilante que controlaba la entrada y salida a la fábrica, y le mostró la carta con membrete del jefe de personal. Con indiferencia, el uniformado señaló la puerta central de un cajón de fibrocemento que tenía a su espalda.
—Pregunte a la señorita –recomendó.
Durante el trayecto al edificio principal, un fuerte olor a detergente, sosa y cloro, produjo un ligero picor en la nariz que desapareció al traspasar la puerta de cristales de acceso al edificio principal.
Le sorprendió la exuberante decoración verde del vestíbulo y el logotipo en relieve que servía de telón de fondo a la recepcionista. La saludó cortésmente. Al ir a mostrarle el papel con la cita, ella forzó una amplia sonrisa y se adelantó.
—¿Viene a la entrevista?
Andrés asintió perplejo por la intuición de la joven.
—Siéntese, por favor –indicó a su derecha–. Enseguida le recibirá el jefe de Personal.
Y no se demoró.
Tras una escueta exposición de intenciones, y sin levantar la cabeza de los papeles que tenía sobre la mesa del despacho, el jefe de personal le indicó la única silla que había delante de su mesa. Repasó en voz alta los méritos académicos que Andrés indicaba en su curriculum y pasó a comentarle las condiciones laborales que ofertaba: «Contrato por tres meses, ampliable a seis –fue escueto–. ¿Supondría un inconveniente para usted aceptar un trabajo de inferior categoría a su titulación? –fue directo.»
—No, ninguno.
—Bien, señor…–consultó la ficha para recordar los apellidos–, García Robledo. Gracias por haber acudido a la entrevista.
Extendió el brazo para despedirse, cortando cualquier intento de conversación del aspirante.
—Valoraremos su solicitud y le avisaremos.
Se estrecharon las manos y, en menos de diez minutos, sin tiempo a evaluar lo sucedido en la breve entrevista, el autobús lo devolvió a la ciudad.
María entró derrotada en la cafetería. Buscaba con la vista a su padre. Solían desayunar juntos en el primer descanso de media hora. Tras un leve vistazo, lo localizó junto a la ventana. Se besaron con afecto y ella se dejó caer en la silla metálica, bufando un sonoro suspiro.
—Estoy agotada.
—¿El nuevo detergente en perlitas?
María admitió moviendo la cabeza.
—El café te repondrá –aconsejó Pepe.
—¡Eso espero! –tomó un sorbo de café y escrutó el ambiente–. Debo ir pensando en la sopita y el buen caldo, papá –acabó la frase con el final de un bostezo, la prueba de haber dormido poco.
—No digas tonterías, hija, rebosas juventud –el padre no puso excesivo interés en animarla sabiendo que en ese asunto lo tenía todo perdido.
—Acostarme tarde me mata… –el padre sonrió burlonamente–. Ya no soy una niña. El cuerpo no descansa con tres horas de sueño diario. Eso se queda para las más jóvenes. Ya estoy harta de oír al despertador sentenciando las seis–y–media, las seis–y–media, las seis–y–media…
Exageró el sonido del despertador oscilando la cabeza.
—¡Es que para ti no hay término medio, hija! ¡Sal como lo hacen las personas decentes, a las diez de la noche y te recoges a las doce o doce y media! Que quieres quedarte más tiempo, pues sales antes de casa. No que siempre alargáis la noche por detrás.
—Iré al cine, cenaré tranquilamente con las amigas. Tomaremos café y al dar las doce, ni un minuto más, a casita a descansar –lo dijo con retranca–. ¡Ah, y tendré cuidado de no perder uno de mis zapatos! –se sonrió con franqueza.
—Eso tampoco está mal –siguió la ironía–. Quien dice el cine, dice organizar alguna reunión en casa de alguien… –no terminó la frase porque rompieron en una sonora carcajada.
El sonido de la sirena interrumpió el comienzo de otras conversaciones.
. . .
Vestido con buzo azul celeste y casco blanco, Andrés se veía plenamente integrado la fábrica de Jabones y Detergentes. Su primer destino, el departamento de Distribución, donde Andrés aprovechaba la media hora de descanso para ponerse al día con los libros de entradas y salidas de camiones, estudiando bien el cometido de cada uno de ellos. Así, revisó y comprobó la hora, el día, los kilos y la frecuencia de cada camión; porque, aunque no era un gran trabajo le gustaba hacer bien las cosas. Era meticuloso y se esforzaba en contentar a todos.
Al término del primer mes, había organizado el transporte según un criterio más lógico; de manera que, los volvieron en septiembre, tras las vacaciones estivales, aceptaron sin reparos la nueva organización. Por eso, cuando expiró el contrato provisional, se lo ampliaron a un año, pasando al departamento de Administración: Una mesita pequeña con una terminal de ordenador en un cuarto sin ventana: “Su” escondrijo, como lo llamaba. Con el cuartucho, le encargaron la confección de la Memoria Anual.
—Estudie las de años anteriores y saque conclusiones –sugirió el jefe de Administración, enjuto y nariz aguileña. No le dio la mano y durante la larga intervención no levantó la vista de los papeles que firmaba–. Observe que en todas he destacado la calidad de los datos, no los diagramas en colores. Por favor, no invente ni diseñe, y por encima de todo, no trate de joderme elaborando una gran Memoria. ¡Ah!, no olvide informarme periódicamente de los progresos.
Andrés se retiró sin hacer ruido y terminó derrumbándose al llegar al cuartucho miserable. ¡No había estudiado una carrera universitaria para sufrir el acoso de aquel aguilucho resentido contra el mundo! Resuelto a “joder” al jefe de Administración, tomó la firme decisión de no hacerle caso. Redactó una circular por departamento, con listas detalladas de datos que necesitaba conocer. Él mismo llevó las circulares y contactó con las personas responsables de cada departamento. Fue reiterativo, insistente, plasta y descarado, pero obtuvo lo que quería. Cuando le tocó el turno a la sección donde trabajaba María se detuvo más tiempo del debido.
—No sé qué datos necesita… –objetó–. Aquí únicamente trabajo yo.
María no entendía nada de administración o economía. Se limitaba a diseñar etiquetas de productos en el departamento artístico.
—¿No depende de otro? –preguntó Andrés extrañado, seguro de haber estudiado a conciencia el organigrama empresarial.
La joven se encogió de hombros.
—¿Te refieres a quién me echa las broncas? –añadió con ironía.
Andrés se sonrió. No lo hubiera expresado tan bien.
—La empresa tiene cuatro departamentos –prosiguió el economista–: El de Ingeniería de Producto, Mercadotecnia, Finanzas y Dirección… ¡Seguro que usted depende de uno de esos cuatro!
—Yo creo que de dos, de Mercadotecnia y de Ingeniería de Producto; pero, no me haga mucho caso. Las órdenes directas se extraen de una reunión con esos dos departamentos –hizo una pausa y se quedó pensativa–. El envase debe entrar en las cadenas de envasado; emplea un determinado material capaz de biodegradarse que, al mismo tiempo, admita periodos prolongados de almacenado; además de ser atractivo…
Enumeraba en voz alta, queriendo complicarle la vida a aquel “contable”. Andrés fue paciente y la siguió; incluso, tomó notas, algo que extrañó a María.
—Entiendo. Abriré un nuevo epígrafe para este.
Eclipsado por su belleza, Andrés no hizo más preguntas. Quedó en volver cuando resolviera el error en el organigrama y, con los nervios, ni siquiera se despidió de ella.
Después de aquella primera visita, la relación entre ellos mejoró. María no fue tan puntillosa y Andrés supo dominarse. En veinte días, ya desayunaban juntos y habían quedado para salir el fin de semana siguiente.
El quince de enero, las copias de la Memoria pasaron el control del jefe de Administración que dijo en su defensa: «Me gusta esta presentación sin mariconeos ni chuminadas. Datos, puros y duros –la brillantez del trabajo lo relajó–. Datos contables y administrativos… ¡Lo que es una memoria, coño! Y no esas publicaciones llenas de fotos compradas y tanto papel cuché de los cojones… ¡Formamos un buen equipo, muchacho!»
Presentada y defendida en el Consejo con la pasión y convencimiento de un jefe de Administración entregado, se hizo una edición limitada.
—¡Sólo para accionistas y mesas de despachos! –sugirió el consejero delegado.
Andrés fue propuesto para un nuevo ascenso, creándose una sección, dedicada al Análisis y Estadística Aplicada, bajo la atenta mirada del jefe de Administración.
—¡Ocúpate, muchacho, de buscar los fallos! Quiero que te conviertas en la mosca cojonera de los departamentos, el “pepito grillo” de esta empresa… –estaba orgulloso de él y le reconocía los méritos, aunque por la espalda sugiriera acortarle las alas y limitarle el sueldo.
Aún no le habían renovado el contrato anual en prácticas cuando Andrés recibió una carta del Banco Comercial. Lo citaban a una entrevista de trabajo. Ya no recordaba haberles enviado sus méritos el verano anterior y, la verdad, llegaba tarde.
La carta estuvo cinco días en el bolsillo derecho del pantalón. Aunque trabajar en un Banco significaba un salto profesional muy importante, con mejoras económicas considerables, también implicaba desplazamiento a sucursales alejadas de las capitales de provincias, puestos de mucho trabajo y poca responsabilidad, de muchas horas cuadrando cajas y poner buena cara a “burros con dinero”.
Después de sopesar las ventajas e inconvenientes, decidió presentarse a la entrevista, aunque no sabía cómo decírselo a María. No deseaba romper la mágica relación iniciada entre ellos. El día antes de la cita se vistió de valor y abordó el tema.
—¡Y me lo dices ahora! –le molestó la falta de confianza.
—Cuando lo he decidido, María, y no ha sido por falta de confianza, sino porque el asunto exigía una reflexión personal sin interferencias –justificó.
—¡Qué insinúas!, ¿que soy una interferencia? –saltó como una leona que está a punto de perder a sus crías.
—No he querido decir eso. Simplemente que si soy yo quien tiene que levantarse para ir a trabajar al Banco, seré yo, y sólo yo el que tendrá que decidirlo… –fue tajante.
—¿Es que yo no significo nada para ti? –se sintió herida.
—¡Lo eres todo para mi! –acercó los labios para besarla y ella apartó la cara–. ¡Si estás enfadada, lo siento, no fue mi intención!
María refunfuñaba. Con los brazos cruzados y las cejas arrugadas, le daba el perfil a Andrés, que no sabía cómo explicarle su postura. Por eso, decidió romper el papel de la cita.
—¡Déjalo! ¡No quiero discutir! ¡Renuncio a la entrevista y punto! –quiso consolarla.
—¡Eso tampoco! –gritó más enfadada aún–. ¡Ni lo uno ni lo otro! Tú te presentas y ya veremos si nos conviene o no las condiciones. Total, no vas a perder nada… –razonó con deslumbrante falacia.
—Si se enteran los de dirección… –observó Andrés.
—¡Mejor, así saben el pedazo de economista que tienen mal pagado!
—Podría perderte, María –se puso tierno, como a ella le gustaba.
—¡No seas niño! –se sonrió complacida–. ¡No me vas a perder por ir a una entrevista de trabajo que, seguro, se lo dan a otro con más experiencia! –se sonrió por la ironía de animarlo a ir a algo que intuía que no era para él.
—Entonces, casi mejor me quedo y eso me ahorro –al ver la cara de contrariedad de María, corrigió–: Vale, vale, iré.
. . .
La entrevista se desarrolló en un clima muy relajado. A diferencia de la realizada para Jabones y Detergentes, la del Banco se desenvolvió por etapas y estaba dirigida por un gabinete de psicólogos argentinos.
En la primera prueba, una chica escultural, con insinuante minifalda, entregó una hoja donde se relataban diferentes situaciones extremas. Al margen se sugerían distintas soluciones. Los aspirantes al puesto de trabajo debían elegir la que más se adaptaba a su modo de actuar. Así, a la situación de «Usted se encuentra en una isla desierta, qué le hubiera gustado llevarse: Un libro, un machete, una brújula o un sombrero». Andrés encontró surrealista tanto las situaciones como las sugerencias. Convencido de que no era el trabajo que le convenía a su actual situación sentimental, se tomó la prueba por el lado hiper-realista y comenzó a testar a los entrevistadores. De este modo, comentó cada una de las absurdas situaciones y dio su disparatada opinión sobre los diversos ítems. A la sugerencia de la isla desierta, contestó: «Pero, ¿quedan islas desiertas, sin pringosos turistas?» A las sugerencias, añadía: «¿Un libro?, ¡como no sea de primeros auxilios o de cómo suicidarse sin sufrir dolor! ¿Un machete?, ¡qué miedo! ¡Quita, quita, que los machetes los carga el diablo! ¿Una brújula?, será para saber exactamente hacia donde dirigir tus protestas más feroces; y, ¿el sombrero?, ¡quién no sabe hacer un sombrero tirolés con hojas de platanero! Nadie se pondría un sombrero en una isla desierta, hombre… A las nativas que entraran en el espacio publicitario, no les gustaría. ¡Ah!, ¿esto no es “supervivientes”?»
A los veinte minutos, la misma chica volvió a pasar otro cuadernillo con nuevas situaciones y sugerencias. En esta ocasión, como estaba cansado de escribir, se limitó a completar el apartado de soluciones, sugiriendo muchas más, algunas muy chistosas. Todo aquello le parecía una estúpida manera de seleccionar personal y una solemne pérdida de tiempo; por eso se lo tomó como lo que era: Un divertido juego de ir a la contra de todo, de fastidiar a los psicólogos.
El mismo comportamiento excéntrico tuvo con la siguiente prueba; consistente en nombrar muchas tareas que los aspirantes debían ordenar de la manera más lógica y en el menor tiempo posible. También volvió a salirse de la norma.
La prueba final la realizó frente a un señor muy serio que le hacía preguntas de su vida privada. Contestó a muy pocas, alegando que eran asuntos personales que no estaba obligado a revelar ni siquiera delante de un juez, si él no quería.
Finalmente, la última entrevista para conocer las aspiraciones económicas del solicitante la empleó para dar su opinión sobre el proceso selectivo, seguro de que el puesto sería para alguien más complaciente, amoldable al sistema y que no se saliera de las reglas del juego.
. . .
—¿Qué tal, cariño? –preguntó María al otro lado del auricular.
Estaba nerviosa.
—No creo que me lo den, María. Eran muchas entrevistas, con psicólogos y todo… Buscaban un perfil de persona que no coincidía con el mío…
—¿Ya te han dicho algo? ¿Han dado el nombre del seleccionado? –no entendía el ánimo hundido de Andrés.
—No, aún no hay nada –se adelantó a zanjar la divergencia.
—¿Entonces? –escudriñó en la herida.
—¡Yo sé lo que me digo! –miró el reloj. Era temprano–. ¿Qué te parece si me acerco y te recojo?
—Como quieras –hizo una pausa–. Sí, recógeme; así me explicas bien qué ha pasado que te veo muy suelto. No habrás hecho una estupidez, ¿verdad?
—Por cierto –desvió el acoso–, ¿sabes a quién me encontré en la entrevista? –al no recibir respuesta, Andrés decidió revelar la incógnita–: Nacho.
—¿Y quién es Nacho?
—Si, mujer, un compañero de Económicas con el que siempre estudiaba en mi casa cuando llegaba la época de exámenes. Gordito, con perilla; siempre bien repeinado y elegante… ¡Seguro que te he hablado de él en alguna ocasión!
—¡Ah, sí…! El que mira labios y pechos cuando habla, y parece que te perdona la vida.
Fue irónica. No le caía bien porque iba de guaperas, según ella; y lo tenía por acosador psicológico y liberador de mujeres desesperadas.
—¿Te ha dicho algo interesante, además de hacer un rápido repaso a las aspirantes con menos de treinta años? –completó.
—¡Eres mal pensada porque tu madre te parió así, María! –no estaba enfadado, sólo contrariado porque pensara tal mal de ese buen amigo–. No me dijo nada –recuperó la calma–, nos saludamos y, ya sabes, que a ver si quedábamos, que si él me llamará, que si no encuentra trabajo… Iba hecho un donjuán, de punta en blanco. Ha hecho dietas y está delgadísimo, aunque con la misma cara de aguililla, si te refieres a eso cuando hablas de él como si fuera un sádico salido.
—¡No me digas que no es un salido, Andrés! –protestó.
—¡No hay quien os entienda! Si os galanteamos, somos acosadores; si pasamos con indiferencia, somos gays –hizo un alto en la conversación–. Bueno, te veo dentro de un rato y seguimos rajando de Nacho –colgó el teléfono.
. . .
Andrés saludó a Paco, el segurata del control, que levantó la barra de metal nada más verlo bajar del taxi.
—¿Se nos han pegado las sábanas, don Andrés?
—Cogí un permiso, Paco. Buenos días –contestó con brevedad, acostumbrado a utilizar infinitivos categóricos con las personas uniformadas.
—No lo sabía.
En el Departamento de Marcas y Control de Calidad, María se esforzaba en perfilar los bocetos de un envase de cartón para la campaña de relanzamiento de un detergente en pastillas. Tras el tablero de dibujo, no se percató de la llegada de Andrés que le sorprendió cuando dejó el pincel en la mesa auxiliar.
—¿Ya has llegado? –se limpió los dedos con un trapo de algodón.
—Tomé un taxi en la plaza Nueva.
—Cuéntame. Lo quiero saber todo, desde que llegaste hasta que abandonaste el edificio.
Andrés no escatimó detalles superficiales y María escuchaba con paciencia, hasta que la sirena avisó para el segundo descanso.
—Espera. Llamo a mi padre y terminas de contarlo todo en la Cafetería.
—Te advierto que no queda mucho más.
—No importa, cariño, lo repites.
Andrés contó en la Cafetería detalles que le había omitido a ella; sobre todo, las preguntas personales de las dos últimas pruebas.
—¡Serán cochinos los tíos! –se quejó María–. ¿Y qué le preguntarán a las chicas? –estaba furiosa.
—Imagínatelo. Yo no he podido resistirme y les he dicho de todo. No creo que me llamen.
—No importa. Lo hemos intentado.
María lo asió del brazo y lo atrajo hacia ella para besarle sonriente la mejilla derecha. Andrés se levantó y se acercó a la barra. Pidió una cerveza sin alcohol, para María, y un pepito de ternera con mucha salsa especial, para Pepe, su futuro suegro. Juana recogió el pedido con los brazos en jarra.
—¡Porque está usted casada, Juana –piropeó Andrés–, si no le pondría un piso!
—Falta me hace, don Andrés –sonrió con picardía.
En esos momentos hizo su entrada el jefe de personal, que se extrañó al ver a Andrés en la Cafetería.
—¿No tenía usted un encargo urgente hoy, don Andrés? –le recordó.
—Ya he terminado, don Alfonso. Muchas gracias.
—¡Qué va a ser, don Alfonso! –preguntó Juana, que abría el pan para el pepito con un cuchillo grande de cocina.
—¡Si me amenaza con un arma! –bromeó don Alfonso. Se rieron– ¿Qué tiene? –replicó.
—El pepito de carne en salsa, don Alfonso –sugirió Andrés.
—¡Póngame un pepito de carne en salsa, sí, que hace tiempo que no lo como! –confirmó.
—Ahora mismo.
Juana se giró gritando al aire: «¡Pepito de carne…, marchando!», y ella misma comenzó a prepararlo.
—Le dejo. Estamos en la mesa de la ventana.
—No se preocupen por mí… –don Alfonso le dio la espalda, concentrándose en el crepitar del filete de cerdo sobre la plancha ardiente.
Pepe, al darle el primer bocado a su pepito, presionó demasiado y la salsa le manchó el jersey.
—¡Esa no es una lámpara, Pepe, sino el alumbrado de la Feria!
—¡Me asusta la cara que pondrá tu madre, hija!
Buscó en el bolso un pañuelo para limpiarla–. Es el segundo jersey que mancho en esta semana.
—Aún estamos a miércoles. ¡Anda, quita las manazas y aleja de mí el pepito! –se quejó María.
Andrés narró de nuevo su odisea en el Banco Comercial, aunque con interrupciones de María, quejándose porque la mancha no salía. Pepe se reía cuando Andrés le contaba la versión pícara de cada parte, con el consiguiente enfado de su hija que sólo oyó la versión suave.
—¡No es para tirárselo a broma! –estalló María, cansada de frotar– ¡Esto no se arregla con agua, papá! Deberíamos saber que las manchas de grasa sólo salen con el nuevo detergente en pastillas. Así que, o te quitas el jersey y te arriesgas a pasar frío o vas luciendo mancha el resto de la mañana.
—¡Qué le vamos a hacer, hija, pasaré frío! ¡Parece mentira que no podamos quitar una mancha estando en una empresa de jabones y detergentes! –lo extrajo por la cabeza y se despeinó los cuatro pelillos mal avenidos que tenía–. Verás –resolvió–, me voy a Control de Calidad que tienen una lavadora muy apañada y les pido que lo laven.
—¿Qué te parece lo del Banco, Pepe?
—¡El colmo de la estupidez! –hizo una pausa, palmeó la espalda de Andrés y se despidió con un «hiciste bien, muchacho».
Pasaron las semanas y la entrevista dio para dos o tres reuniones más con los compañeros que montaron grupos para mofarse de las ocurrencias de los psicólogos argentinos.
—¿De verdad que te preguntan las veces que lo haces a la semana? –replicó uno de Carga y Descarga.
—Si voy con prostitutas, si frecuento los cines pornos, si compro juegos eróticos, si tengo sensaciones raras…
—¡Y para qué cojones querrán saber esos tíos si te la machacas o te la machacan!
—Hombre, es lógico, como es un puesto para dar mucho por culo… –objetó el de seguridad.
La observación llegó en el momento oportuno, dando pie a las preguntas más disparatadas y cargadas de ironía. Fue un momento mágico donde cualquier leve insinuación, gesto o mirada iba acompañada de risotadas.
A los veinte días, Andrés recibió una carta del Banco Comercial. Miró el sobre cerrado en la mano, sin ganas de abrirlo porque intuía su contenido. Estaba claro para él. Habrían utilizado hermosos eufemismos para rechazar su solicitud de ocupar el puesto pretendido. Era probable que, en vista de las pruebas realizadas, le recomendasen no presentarse a ninguna otra entrevista. Por eso, abrió el sobre con cierta reticencia. Releyó por encima, buscando palabras como «lamentamos», «informamos no poder atender», etc; y, en su lugar, la vista se topó con frases como «pruebas de aptitud», «mejor calificación», «reúne las condiciones que busca la entidad». Se le citaba para el próximo martes: El trabajo era suyo.
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CAPÍTULO 3
El uno de febrero Andrés entró a formar parte de la plantilla del Banco Comercial, ocupando un puesto vacante en el área de Promoción de Nuevos Servicios Financieros, una vez superado el curso de dos semanas sobre «Procedimientos bancarios y nuevos estilos de negocio», al que debían asistir los nuevos empleados, con objeto de habituarse con los formularios y rutinas específicas de la entidad.
Estaban enamorados y se casaron aquel mismo invierno. A la vuelta del viaje de novios el Banco le hizo un contrato fijo, anunciándole el traslado a Lebrilla. Era un proyecto nuevo: La apertura de la oficina principal. Esto exigiría mucho trabajo y buenas relaciones públicas, visitar centros económicos de la zona y familiarizarse con los recursos productivos del pueblo.
El primer mes fue durísimo. Iba y venía con el utilitario y María sufría los retrasos de las combinaciones de autobuses para llegar siempre tarde a la Fábrica de jabones, a pesar de que se levantara cada día más temprano. Aquel ritmo de trabajo no pudo mantenerlo durante mucho tiempo y decidieron trasladarse a Lebrilla. María se dio de baja en su trabajo de diseñadora porque con lo que él ganaba más las cuatro cosillas que le pudieran salir de logotipos, diseños de cartas y trabajos de imprenta, se defenderían en Lebrilla. No necesitarían mucho más. Eran felices juntos.
María pateó el pueblo. Una sola mañana bastó para visitar toda la industria gráfica local, integrada por dos imprentas. Se aburría en la soledad de aquel pueblo donde no conocía a nadie y en dos tardes había visitado sus iglesias, dibujado sus fachadas más emblemáticas y los misteriosos rincones de luz y sombra, calles con rancio encanto andaluz. Conversó con las gentes y se integró en los grupos de jubilados que alborotan con las fichas del dominó.
En uno de esos tediosos paseos, descubrió que aún quedaban alfareros de cántaros. Le apetecía aprender el oficio, y eso le ayudaría a emplear el mucho tiempo libre que tenía. Habló con uno de esos artesanos, pidiéndole permiso para quedarse en un rincón observando cómo levantaban las pellas de barro. Era una petición inusual porque, con los frigoríficos, pocos utilizaban ya los botijos para refrescar el agua. Tampoco las macetas de barro tenían mucha salida, por la fuerte competencia de las tiendas de veinte duros, que vendían las macetas de plástico, más baratas y duraderas. La artesanía se perdía y a María le dio pena. El alfarero puso inconvenientes al principio porque la situación del taller era difícil y, al no asegurarla, tendrían problemas con la Inspección de Trabajo y la Seguridad Social.
—Señorita, con mucho gusto le enseñaría este oficio –le explicó el más anciano–. No es por falta de tiempo porque, desgraciadamente, no vendemos tanto como para estar todo el día levantando pellas de barro y dándole formas de botijo, cántaro o maceta. No puedo contratarla porque el negocio no va bien, y tampoco la puedo tener sin asegurar.
—Por eso no se preocupe. Me daré de alta como autónoma, y trabajaré gratis. Ante una inspección, acreditaré que actúo como comercial libre.
—La musa del arte, señorita –le advirtió Carmelo, de setenta y ocho años–, debe sorprenderla trabajando… El arte, la artesanía, el oficio, consiste en tres normas elementales que enseguida entenderá. En primer lugar, trabajar; después, trabajar y, para terminar, seguir trabajando –esbozó una leve sonrisa–. El artista no se hace elucubrando sobre el vuelo de los pájaros sino a pie de obra, en su puesto de trabajo… Así que, esto es todo el misterio de la profesión.
Con consejos de este tipo, aprendía el primero de los trucos que todo buen alfarero debía conocer: la paciencia y la humildad. Después, vendrían otros.
Sus estudios de Bellas Artes le dieron la creatividad suficiente para variar las formas de los cacharros, descubriéndoles nuevas utilidades. Pronto, las macetas adquirieron forma de casitas blancas que imitaban poblados andaluces. En los arriates y parterres en miniatura crecía la hierba que plantó con semillas de mijo y alpiste. Originales e ingeniosas, las casas gustaron mucho y comenzaron a venderse bien. Confeccionó diez modelos diferentes que, la vieja alfarería lebrillana comenzó a comercializar. Primero, a los turistas y visitantes. Después, el propio Ayuntamiento editó un folleto que difundió el invento a nivel regional, comenzando a exportarla a otras comunidades. Pepe, el padre de María, se desplazó a Lebrilla en varias ocasiones para aportar sus conocimientos como químico, analizando los diferentes barros y sugiriendo la utilización de productos sintéticos para el almacenaje de las piezas. Esto permitió que el hijo de Carmelo, Antonio, que trabajaba de oficial de albañilería en esporádicas obras, regresara al pueblo y se reencontrase con el abandonado oficio, el que aprendió de niño junto a su padre. Ahora había trabajo para toda la familia.
. . .
En noviembre de ese mismo año, la experiencia de Andrés y los buenos resultados cosechados en Lebrilla avalaron su nombramiento como apoderado del Banco en Terúcar, que la central pensaba reflotar en un momento de expansión urbanística y así competir con otras entidades bancarias. Andrés puso en marcha los procedimientos de captación de clientes que en Lebrilla le habían reportado éxito. Financió entidades locales y públicas, se entrevistó con empresarios y constructores, y abrió líneas de crédito inmobiliario y al consumo que situó al Banco Comercial en muy buena posición, inmediatamente detrás de una Caja de Ahorros.
Para María, en cambio, abandonar a Carmelo y a su familia fue duro, pero les prometió continuar creando nuevos modelos de macetas, de pueblos enteros, de paisajes de la serranía, ceniceros con monumentos emblemáticos de la ciudad, botes para cocina, vinajeras y aceiteras, saleros y pimenteros… A pesar del esfuerzo, ya no fue lo mismo. Carmelo murió y los herederos no supieron aprovechar la gama de aplicaciones que enviaba María con periodicidad.
Después, el Ayuntamiento de Lebrilla tomó cartas en el asunto y creó una comercializadora que, recogiendo la experiencia de los “Antonios”, impulsó la modernización del sector. A los pocos meses, las subvenciones millonarias para pymes dejaron de fluir y la comercial se vino abajo.
Al cierre inevitable de la alfarería, sobrevino la muerte de los padres de Andrés. Primero, su padre, de una angina de pecho; al mes siguiente, su madre, de un infarto cerebral.
. . .
María quiso tener su primer hijo en Sevilla, acompañada de su madre. Hasta allí se desplazó dos días a la semana para ir a la gimnasia preparto y las visitas preceptivas al ginecólogo que la asistiría. Andrés pidió librar dos tardes a la semana para realizar este cometido, aunque tuviera que renunciar a su mes de vacaciones. Le enviaron un ayudante porque la oficina iba bien gracias a sus gestiones y la Dirección no deseaba que se fuera a la competencia.
La futura abuela Leonor, se tomó muy a pecho el futuro nacimiento de su primer nieto. Con su madre al lado, todo fue más sencillo para María. En la elección de la ropa, se decidió por el azul intuyendo que sería niño; y porque las vecinas de su madre le dijeron que no tenía la cara muy deformada.
El parto fue normal, sin cesárea. Tuvo suerte porque el niño no era llorón. Reconocía la voz de María cuando le susurraba cariñitos, le daba el pecho, o le mandaba dormir.
—¡Es increíble cómo Álvaro reconoce mi voz…!
. . .
Al cumplir un año, María se decidió llevar al niño a la Guardería. No le gustaban esos centros que eran como aparcamientos de niños, pero pensó que era lo mejor. El contacto con otros niños de su edad le facilitaría las relaciones con los demás. La que eligió quedaba a unos pasos de su casa. Se llamaba El Patito feo que, como su nombre indicaba, era fea y destartalada pero en ella trataban muy bien a los niños, con dulzura y atención. Ella era de las pocas madres que ayudaban a las cuidadoras durante la hora del almuerzo.
Se organizó un poco para sacar algunas horas al día y bajar un rato al garaje, donde había amontonado el torno de alfarero, algunas pellas de barro y las cañas. El primer día encontró el barro seco y el torno, al guardarse con restos de barro, tenía oxidados ejes y tornillos. Nada importante que una buena lija de agua no arreglara. Las cañas, las esponjas, los utensilios personales…, todo le trajo recuerdos de hacía una eternidad. Se quedó pensativa, ensimismada, frente a los instrumentos que le recordaban a Carmelo, sus consejos, su interés porque aprendiera el oficio del Creador…
En dos días, todo estaba limpio y engrasado. Pulsó el interruptor y el motor hizo girar la plataforma. Se quedó mirando la plancha de metal mientras giraba y oyó el ruido casi imperceptible del motor. Evocó su miedo al colocar su primera pella de barro y lo que ocurrió después. Centró el barro y lo levantó para hacer una especie de gazpachera, un cuenco alto de paredes finas. Cuando estuvo subido se le ocurrió aplastarlo por dos puntos enfrentados del borde; de manera que, la parte superior adoptara la forma de capacho recogido y redondo en la inferior. Si le añadía unas asas bonitas sería un macetero en forma de cesta donde se recogen flores del campo y se dejan olvidadas en el rincón de la casa. La idea la repitió en varios tamaños y con diferentes gruesos.
Dejó secar las piezas. Después, se lavó las manos y se fue a la guardería. Se le apetecía jugar con Álvaro antes de calentarle el potito del almuerzo.
El lunes siguiente, María se levantó con náuseas. Pensó que algo le había sentado mal el fin de semana. Quizás el marisco no estuvo todo lo fresco que debía.
La confirmación de un nuevo embarazo llenó de alegría a toda la familia. Álvaro, el pequeño, ilusionado con la idea de ser el hermano mayor de un bulto que tenía mamá en la barriga, se quedó dormido sobre el regazo tratando de oírlo.
El niño, pendiente de cualquier detalle en los preparativos, apenas se le entendía lo que hablaba pero era muy imaginativo. Enseguida sometió a María a un duro interrogatorio, pretendiendo saber cómo pudo entrar el hermanito en la barriga…, y por dónde…
—Un día papá dejó una semillita en la barriga de mamá –le María contó con paciencia.
—¿Con las manos? –estaba ávido de información
—Con amor, Álvaro… –se sonrió con dulzura.
María no sabía cómo abordar el tema porque en el fondo no quería traumatizarlo con mentiras y bobadas; pero, evidentemente, no podía contarle la cruda realidad, porque no la entendería.
—¡Vale! –el niño lo encontró lógico.
—Esa semillita crece a medida que se hace mayor. Es una semilla de persona, no de planta.
—¿Y cuándo sale?
Era la pregunta del millón. María no sabía cómo responder.
—Cuando el bebé quiere –era una explicación retórica y lo sabía.
—Yo no saldría nunca… –se encogió tímidamente de hombros.
—Pero un día quisiste salir y aquí estás –le tocó la punta de la nariz con el índice–. Escucha, Álvaro, hay un momento en que el bebé está incómodo dentro de la barriguita de su mamá. No puede desperezarse. Todo está oscuro. Tiene que respirar con lo que su mamá respira y comer lo que su mamá come. Y todo eso es muy aburrido, por eso le contamos cuentos, le hablamos de cosas bonitas y le cantamos canciones; para que, durante el tiempo que esté dentro, se lo pase chupi. Si no fuera así, se aburriría y querría salir pronto. Pero debe crecer un poquitín más y hacerse mayor… ¡Te voy a enseñar unas fotos tuyas de antes de nacer, para que veas lo grande que eras dentro de la barriga de mamá!
María le enseñó la ecografía donde Álvaro era sólo un grano informe. Después otra, un poco mayor, donde se podía distinguir manitas, pies, brazos, cabeza y cordón umbilical.
—Este es el cordón por donde come y respira tu hermanito –señaló María con el dedo.
—¡Como los astronautas…! –Álvaro la miró con los ojos iluminados.
—Sí, es un tubo por donde va el aire y los líquidos que alimentan al hermanito…
—¿Y por dónde sale, mamá?
—Por una rajita que tienen las mamás. La tenemos para eso, para que papá pueda depositar la semilla y la semilla pueda salir de mamá cuando ha crecido lo suficiente. Así se procrean los seres humanos, Álvaro.
—¿La rajita del culo…? –Álvaro fue perspicaz.
—No –María se sonrió–, otra, que sólo tienen las niñas.
—¡Ah, entiendo, los niños tienen colita y las niñas rajita!
—¡Eso es!
—¿Duele mucho, mamá?
—Sí, pero es un dolor que se hace con amor, hijo –lo miró con ternura y, a la vez, con naturalidad–. La vida es también dolor, Álvaro. Ese dolor se transforma en una enorme alegría cuando puedes besar a tu hijo como ahora te beso a ti –y lo besó en la mejilla.
Álvaro, satisfecho, se fue corriendo a jugar con rompecabezas y mecanos, imaginando casas y naves siderales capaces de cruzar en un instante el espacio intergaláctico.
. . .
Carmencha nació sin complicaciones. Era muy despierta e intuitiva. Se reía con todo. Cuando Álvaro le acercaba la mano para hacerle cosquillas, la niña se asía a los dedos y trataba de levantarse. El niño sentía la vida de su hermana como propia y raras veces se apartaba de la cuna, convertido en su protector.
La vida había colmado aquel hogar de alegría. Era imposible ser más feliz. Nada podía ser más hermoso y bello que disfrutar de un buen trabajo, ser padres de dos críos sanos, y llevarse bien entre ellos. Cuanto ocurriera a partir de esos momentos, sería reflejo de la felicidad que ya disfrutaban. No obstante, recelaban una corazonada, imaginando que la vida comenzaría a cobrarse con dolor y contrariedad cuanto les había dado tan generosamente.
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CAPÍTULO 4
Álvaro entró en septiembre en preescolar. Hasta entonces, acudía a la guardería El Patito feo, junto a su hermana. Iba contento, porque su madre le había prometido libros de mayor y un estuche con lápices de colores, regla, sacapuntas y goma de borrar con forma de dinosaurio.
A medio día, Andrés llegó pronto al adosado y encontró a María atareada en el taller de alfarería. Se acercó para darle un beso furtivo, apenas rozándole los labios, procurando no mancharse el traje nuevo.
—En enero tendremos que levantar la casa otra vez, María –dijo, mientras tomaba una cerveza del frigorífico del garaje.
—¿A dónde esta vez? –ella le arrebató el botellín de cerveza y tomó un trago directamente del gollete.
—A la Central.
María no esperó a lavarse las manos para abrazarse a Andrés, dejándole señalada las manos en la espalda. Cuando quiso darse cuenta, la chaqueta destilaba barro por todas partes.
—Esta era la chaqueta que mejor me quedaba… –se quejó él–. Pero el abrazo lo compensa, cariño.
Ella no dijo nada. Dejó el botellín sobre el torno y volvió a abrazarlo, esta vez lo acompañó de un beso apasionado que obligó a Andrés a soltar su botellín apenas empezado. La elevó en el aire, cogida por la cintura y la sostuvo levantada un instante. Al deshacerse del abrazo se rieron con una sonora carcajada. Hicieron el amor en el mismo taller, como cuando eran novios, aprovechando las visitas a la casa recién alquilada de la calle Relator.
—¡Hay que empezar a preparar…! –dijo ella al despertar del ensueño placentero–. Lo primero, llamar a mis padres que, seguro, que se alegrarán de tenernos más cerca. Tendremos que alquilar, organizar la mudanza… ¡Embalar!
María, nerviosa, miraba a todas partes, cubicando los utensilios para evaluar la situación. Resuelta, tomó de un gesto el botellín y terminó la cerveza de un trago.
. . .
Aquellas Navidades la pasaron en Sevilla, en una casa alquilada de la calle Amor de Dios, cerca de la Campana, a ocho minutos andando de la central bancaria. Antiguamente fue Casa–palacio, pero, con el correr del tiempo se habilitó como comunidad de catorce vecinos.
A pesar de su desbordante satisfacción, Andrés percibió un mal ambiente en la Central. Las cosas no iban bien. Captó nerviosismo y reserva entre el personal de su misma categoría. Cuchicheaban por los pasillos y guardaban silencio, o desviaban la conversación, cuando alguien se aproximaba a ellos. Andrés pensó que se debía a la natural desconfianza con “el nuevo”, y encontró normal la actitud de reserva hacia él. Cuando se produce un ascenso y el ascendido viene del exterior y con un buen historial como el suyo, la gente suele criticar a hurtadillas la decisión de los mandos.
Necesitó algunas semanas para conocer la causa de tanta tirantez y recelo. El Banco negociaba la venta de sus acciones a una entidad inglesa interesada en entrar en el mercado bancario e inmobiliario español, en un momento de expansión del sector. Las negociaciones se llevaban con discreción y se habían producido acercamientos que presagiaban una fusión a corto plazo. Los directivos españoles querían llegar a un acuerdo económico antes de finales de ese mismo año y evitar la OPA hostil a la que estaban dispuestos a llegar los ingleses para lograr el control de las acciones. La resistencia de los fundadores no se debía únicamente por el precio de venta de las acciones, sino por las condiciones que imponían los compradores, de integrar el Banco en un Holding, donde eran fuertes en el mercado inmobiliario internacional.
En principio, el viejo organigrama se conservaría; así como, la designación de la nueva entidad. De este modo, los miembros del comité de empresa recibieron la promesa escrita de los compradores en la estabilidad de empleos y una actualización gradual de la plantilla, por el procedimiento de jubilaciones anticipadas. Ante ese panorama de cordialidad, los sindicatos facilitaron el cambio de propietarios, convenciendo a los remisos trabajadores de que la fusión no sería traumática y anunciando que los puestos de trabajo no corrían peligro.
. . .
La nueva dirección respetó escrupulosamente la letra de los acuerdos. El cambio de sus señas de identidad comercial se produjo seis meses después. Al primitivo Banco Internacional del Comercio, se le cayó las dos últimas palabras, que bajó a una segunda línea y a un cuerpo menor, remarcando el tipo que mencionaba la palabra internacional.
Al año y medio desapareció definitivamente “de comercio” en toda la papelería y pasó a llamarse “Banco Internacional”, a secas. Durante el segundo año, se hablaba abiertamente de regularizaciones masivas; aunque los sindicatos tranquilizaban a las bases contándoles que sólo afectaría a los cuadros: Jefes de cartera y Directores adjuntos.
Andrés pensó que su trabajo no corría peligro; incluso que sería recompensado por los nuevos propietarios de la firma. Con la esperanza de recibir la recompensa a tantos sacrificios, fue a la cita convencido de recibir un nuevo destino. Tocó con los nudillos la puerta del jefe de personal. Andrés no le guardaba rencor. Siempre le había resultado paradójico que un estudiante mediocre y un trabajador vago, en constante permiso sindical, le hubiera adelantado en el escalafón de un trabajo al que le dedicaba doce horas diarias; pero así estaban las cosas.
—¿Da su permiso? –asomó por la rendija de la puerta.
—Pasa García Robledo –oyó la voz de Fermín al otro lado de la puerta–. Siéntate, García Robledo –hizo una escueta pausa–. Como sin duda sabes, las cosas en el Banco Internacional no son fáciles para nadie y menos para mí. ¡Fíjate el papelón que me han encargado…!
Andrés, intuyendo lo peor, que no estaba allí para un ascenso, le paró los pies.
—¡Por favor, Fermín, déjate de lamentaciones y vamos a lo que vamos…!
Le repateaba ese compadreo conchabado y denigrante del clásico «¡Coño, García Robledo, que hemos sido compañeros y ambos sabemos que esto es una jugada…!», cuando, en el fondo se relame satisfecho: «¿De qué te ha valido tanto estudio y trabajo si, al final, no eres más que un pringado? ¡Fíjate en mí, lo listo que he sido al afiliarme a un sindicato!»
—Fermín –añadió–, déjame decirte una cosa… Tú nunca has sido compañero de nadie. ¡Has sido sindicalista y de sobra se sabe lo que negociáis cuando os sentáis a pelar gambas con los directivos! –fue cruel al generalizar, pero estaba dolido por el trato vejatorio que no creía merecer–. Así que, corta el rollo y cuéntame lo que habéis preparado para mí. ¡Ya ves, te estoy ahorrando el discurso manido de echarle las culpas a los organigramas operativos, a la optimización de plantillas, al esfuerzo financiero y a toda esa retahíla con la que te comen el coco en el sindicato! Nunca has sido de mi cuerda. Así que limítate a tu trabajo de mamporrero y no me hagas perder el tiempo.
—De acuerdo. Como quieras. Me ahorraré los preámbulos y me limitaré a darte la cifra que te corresponde de indemnización y la fecha en la que tienes que dejar la entidad.
—¿Todo esto lo tienes redactado en el finiquito…? –observó.
—Sí, –afirmó tajante.
—Déjame, entonces, la copia para estudiarla… –al ver la cara de contrariedad que puso Fermín, añadió–: No pensarás darme la estocada en el mismo día de la notificación, ¿verdad?
—Las órdenes que tengo… –insinuó.
—Esas maneras te las gastas con quien puedas gastártelas, pero conmigo no te puedes pasar. Tú sabes que tengo seis días para estudiar la oferta, aceptarla o recurrir a los Tribunales.
—Naturalmente que lo sé… –se vio sorprendido.
—No te importará que le eche un vistazo a los números, porque las excusas no las voy a discutir, serán una pura falacia…
—Aquí tienes el borrador –Fermín le acercó los papeles.
Andrés tomó la copia y comenzó a estudiar los detalles. Fermín se entretuvo con el expediente del que seguía. A los seis minutos, Andrés ya había terminado de leer lo sustancial del documento.
—Vamos a ver, Fermín. Dices aquí que el despido es procedente –habló con serenidad.
—Las necesidades de la Empresa que no has querido oír y que vienen explicadas en… –se incorporó para señalarle la parte del escrito donde se especificaban.
—Argumentos todos ellos, Fermín… –Andrés no lo dejó intervenir–. Argumentos que podían calificarse como mentiras rimbombantes que suenan muy bien pero que no convencen. No, Fermín, es improcedente. Se produce por causas ajenas al trabajador. Además, aunque me hubiera cagado en los muertos de un superior o te hubiera mandado a la mierda, que es lo que os merecéis, dispondría de un mes de plazo entre el preaviso y el despido. ¿Me puedes indicar dónde enviaste ese preaviso que no he recibido?
—La empresa espera de sus trabajadores… –Fermín recurrió al sentimiento.
—¡Mierda, Fermín, mucha mierda es lo que puede esperar de mí la empresa que me despide sin más…! –hizo una pausa–. Conclusión: No hay preaviso.
—De acuerdo, no lo ha habido –reconoció apretando los labios, contrariado e incómodo.
—Además, durante ese mes tengo seis horas semanales para buscar trabajo. ¿En qué he ocupado esas veinticinco horas que me correspondían? –el interlocutor iba a hablar pero Andrés le interrumpió–. Yo te lo voy a decir, Fermín… En trabajar como un mulo para la misma entidad bancaria que ahora me paga despidiéndome –clavó la mirada en el rostro estupefacto de Fermín–. Además, ¿de dónde has sacado tú que me corresponda una indemnización de 65.000 euros?
—Es lo que sale de multiplicar los treinta días de cada año trabajado por la media ponderada de tu sueldo.
—¡Error! No son treinta días sino cuarenta y cinco, porque el despido es improcedente y, si no estás de acuerdo, podemos vernos en Trabajo… –fijó la mirada en los ojos de Fermín esperando su respuesta–. Y no es la media ponderada sino igual a la del último mes percibido. Es decir, como Jefe de la Cartera de Inversiones. ¿Tienes la calculadora a mano? –dominaba la situación.
Fermín abrió precipitadamente el cajón de su mesa y extrajo una.
—Apunta –ordenó Andrés–. Diecinueve años trabajando para esta ingrata empresa a 45 días por año hacen un total de…
—Ochocientos cincuenta y cinco días.
—Gracias –murmuró–. Mi paga es de unos ciento noventa y siete euros diarios.
—¿De dónde has sacado esa cantidad?
—Multiplica dieciséis meses; es decir, las doce mensualidades más las cuatro extraordinarias, y las divide entre doscientos ochenta y tres días
—¿Doscientos ochenta y tres…? –Fermín no entendía.
—Trescientos sesenta y cinco días del año, menos el mes de vacaciones y los cincuenta y dos domingos… ¿Qué cantidad te resulta…?
—Ciento noventa y siete con treinta y tres –confirmó Fermín.
—Multiplícalo por los ochocientos cincuenta y cinco días y verás qué sale…
—Ciento sesenta y ocho mil cuatrocientos treinta y cinco euros –confirmó Fermín.
—¡Ese es mi finiquito…! –observó Andrés.
Fermín, boquiabierto, repitió varias veces la operación y consultó insistentemente el Estatuto de los Trabajadores. Tuvo que rendirse a la evidencia.
—Te extenderán el talón conformado…
—Como gustes y llama a la secretaria para que arregle este desastre de finiquito que habías preparado –le arrojó el documento.
. . .
Con el talón de más de veintiocho millones de pesetas en el bolsillo se fue a su casa. Antes, pasó por una Caja de Ahorros, habló con el director de la sucursal e ingresó el dinero en dos cuentas. Una a plazo fijo por veinticinco millones; la otra, una libreta de ahorro con el resto.
. . .
Durante la entrevista, María le había llamado tres veces al móvil que tenía desconectado. Al encenderlo vio las llamadas perdidas y contestó.
—¿Qué quieres, cariño? –Andrés salía de la Caja de Ahorros mucho más relajado.
—¡Saber qué ha ocurrido con la misteriosa carta…!
—Era una carta de despedido.
Se hizo un silencio.
—Así, ¿de pronto?
—Así de pronto, pero he cogido un buen pellizco… –se produjo un nuevo silencio–. Desde mañana mismo empiezo a buscar trabajo.
—Con la edad que tú tienes te resultará difícil.
—¡No querrás que me ponga a mendigar en la Campana!
—¿Estás bien, cariño? –se inquietó por la respuesta.
—Claro, María. Voy a colgar y ahora hablamos en casa. Mejor, ¿por qué no vamos juntos a recoger a los niños al cole? Tengo el resto de la mañana libre… –ironizó.
Quedaron en la puerta del colegio de monjas. Era temprano, así que les dio tiempo a tomarse una cervecita en el bar de la esquina.
—Cuéntame, que me tienes impaciente –intervino ella.
—Ya firmé el finiquito. La indemnización fue de unos veintiocho millones de pesetas…
—¿Tantos…?
—Sí, los he ingresado en la Caja de Ahorros de Martín Villa. Como podrás comprender, el Banco Internacional ya no me ofrece garantías –se sonrió con sorna.
—¿Has visto al director, te has despedido de los compañeros…?
—Uno de esos compañeros –enfatizó la palabra con desdén–, como tú lo llamas, fue el encargado de darme el “regalito”. No, no me despedí de nadie. No tenía ganas de seguir respirando aquel aire viciado en donde todos desconfían de todos… En estos momentos, me siento inútil, como la servilleta de papel manchada de ketchup arrojada a la papelera sin miramientos.
—Bueno –trató de quitarle importancia–. Nos tomaremos unos días de vacaciones y, cuando tengamos la perspectiva suficiente, nos pondremos a buscar trabajo, ¿te parece…? –dejó la pregunta en el aire–. Por cierto, ha llegado una carta de una Notaría de Castro.
—¿De Castro de la Frontera?
—Si, –frunció el entrecejo al pensar que las desgracias nunca venían solas.
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