“Adoración de los Magos”, de Alberto Durero (1504), Galería Uffizi

© Álvaro Rendón Gómez, agosto, 2010

Encargado por Federico el Sabio, Durero lo ejecuta al volver de su viaje a Venecia; donde se nota la influencia en la luz, el paisaje y el tratamiento dado a las texturas y los abundantes detalles. Para la perspectiva forzada, Durero, toma como punto de fuga un punto del horizonte que se vislumbra hacia la mitad del lado derecho, que imprime un carácter diagonalizado a toda la escena, que representa una Adoración de los Reyes, que ocupa el centro, cargando ligeramente hacia la izquierda. Cuatro figuras en primerísimo plano: Tres magos y la virgen, rodeando a un niño algo crecido. Baltasar, arrodillado, en ademan de besar en la frente al niño sostenido por la virgen. Detrás, Gaspar, un joven negro que dialoga con naturalidad con el tercer mago, Melchor, que se parece mucho al propio Durero. Junto a los elementos naturales, aparecen edificaciones en ruinas dispuestas a lo largo de la diagonal; siluetas de castillos en el fondo y un improvisado establo donde sólo hay un buey.


La estructura compositiva copia el enlace estudiado como descendente desde la derecha. Todos los elementos verticales indican que la escena no es mundana, sino espiritual y de sentimientos elevados. La línea de lectura normal [L1], comenzaría en el vértice inferior izquierdo, e iría directamente a la figura del niño, en el centro de una pareja de adultos, su madre y el rey Baltasar, arrodillado. Llegado a este punto, el recorrido encontraría dificultades para seguir porque no hay elementos pictóricos suficientemente atractivos. Esta no sería la lectura sugerida por Durero.
La perspectiva parte del lado derecho y se dirige rápidamente al lado izquierdo, configurando dos espacios en profundidad, dos mundos: El de la izquierda, cercano y personal, intimista y tratado con delicadeza, donde se desarrolla la escena principal; y el de la derecha, distante, impersonal y descriptivo. Durero se centra en la parte de la izquierda, y obliga a la línea de lectura que suba los escalones de la pequeña terraza, atravesando el muro ilusorio creado por las líneas de perspectiva, se adentre en la escena única y trascendente, y se humille ante el niño-dios, como hace Baltasar; que le entregue su vida, como un regalo, como pretende Melchor; y se confiese a él, con sinceridad, como sugiere Gaspar. Es decir, cada personaje es una secuencia de una acción única que sucede en el tiempo, la progresión cinematográfica que permite “leer” el mensaje gráfico oculto en los personajes.

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