Amor victorioso, de Caravaggio (1601-02)

© Álvaro Rendón Gómez, agosto 2010

Encargada al pintor por el marqués Vincenzo Giustiniani. En 1815, el rey de Prusia la donó al Museo de Berlín, ilustración siguiente. Narra el triunfo del amor carnal sobe las artes y las ciencias. Al elegir a un púber desnudo, más humano que heroico, en esa actitud provocativa, la representación adquiere una interpretación homosexual. Aunque se disimule con la excusa de un homenaje a los instrumentos y objetos desparramados alrededor del muchacho. La sonrisa pícara y atrevida del muchacho no deja lugar a dudas. Si esto anterior se completa diciendo que muchos de los instrumentos que aparecen en el suelo son símbolos de los gustos y habilidades del marqués, afirmaremos sin lugar a la duda que entre las mismas se encuentra el objeto de sus inclinaciones sexuales.
Caravaggio emplea una controlada conjunción de fuerzas, estudiada como débil desde arriba. Lo que propone disponiendo los elementos del modo como muestra el cuadro, es que la línea visual de lectura entre por el vértice inferior izquierdo y llegue hasta la rodilla izquierda del ángel, señalado como punto de máxima luz. Después, la vista del espectador debe subir por el cuerpo desnudo del muchacho hasta detenerse en la cara sonriente. De ahí, siguiendo la mano que sostiene los dardos de amor, salir por la pierna doblada que aún mantiene sobre el lecho de sábanas revueltas.

Obsérvese que estas direcciones vienen sugeridas por la luz que incide sobre los miembros y el torso del muchacho, la dirección de las saetas e, incluso, el desorden aparente de los objetos, que se amontonan sobre el lado fuerte (derecho) del cuadro y apenas existen en el vértice inferior izquierda, facilitando la entrada de la línea de lectura. Al copiar la dirección armónica de la diagonal inarmónica en la salida, el espectador habría concluido su visión del cuadro. Durante la misma, ha visto casi todos los elementos importantes del mismo. Esa era la pretensión de Caravaggio. Y se ha respetado con asombrosa pulcritud.
Pero aún se podría forzar una segunda lectura [L2], de recreación, una vez ejecutada la anterior. Esta segunda lectura vendría obligada por los genitales del muchacho que forma un triángulo de luz con las piernas entreabiertas. Obsérvese la forma de vulva del pliegue que señala el pene encogido del muchacho. ¡Demasiado sugerente como para pasar desapercibido a Caravaggio!
Una vez que la vista se encuentra por la zona inferior, material, del cuadro, se recrea en todos los objetos dispuestos para hacer de peso y asentar la composición; al mismo tiempo que copia tímidamente el sentido inarmónico de la diagonal armónica; es decir, una dirección de salida visual y no de entrada, en el sentido estricto: Violín, libro, flauta, pie en el que se apoya el ángel, etcétera. La vista se ha recreado lo suficiente y ha sacado sus propias conclusiones. Sólo le queda copiar la dirección de la saeta que porta el muchacho y que imita la dirección de la diagonal inarmónica doble, para concluir que las alas que lleva el ángel son una pantomima, para despistar al lector inocente, justificarse ante los que podrían interpretar la escena en el tono que se acaba de hacer.

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