Como seda de araña

© Álvaro Rendón Gómez, septiembre 2010

El ecologismo es una falacia, un disparate político; palabra interesada, hueca y recurrente, que justifica casi cualquier cosa. La especie humana es cretina y estúpida; cree en el progreso, la libertad y el juego limpio. Me repugna que se hable de toda esa mentira del agujero negro, la capa de ozono y el tan manido efecto invernadero. Y qué me dicen de esos gigantescos ventiladores, paradoja del ecologismo más cutre y retrógrado, que dicen producir energía limpia y ensucian el paisaje, matando miles de aves migratorias, culpables de que paguemos la luz a precio de diamante tallado…

Me joden esos teléfonos públicos que no devuelven cambio; las calles sucias, convertidas en eternas calicatas para que alguien en Obras Públicas se lo lleve calentito; los obreros que hacen ruido a las ocho de la mañana y paran a las nueve; los artistas del acordeón desafinado y costroso; los tapiceros baratos que pregonan sus habilidades a golpe de altavoz; el Arte, hortera y cutre, que exhibe metal oxidado e inmundicias, a precio de disparate. No creo en la crisis del petróleo, en el altruismo de las o-ene-gés, en la ley de dios editada en lujosos fascículos coleccionables, en los treinta y tantos usos de la navaja suiza, o la ilusión de democracia de estos políticos apoltronados en cómodos sillones que, para seguir disfrutando de prebendas, igualan mi voto con el que entra de ilegal.
Todo es mentira, una red de seda urdida por las mismas arañas peludas que también alimentaron nuestros padres y abuelos. Malvada sociedad de especuladores que me condenaron a malvivir atado por una fístula a este maldito dializador, celoso y torpe, que exige dedicación plena, prohíbe viajar o cumplir el ritual social de salir de copas los fines de semana. Sin función renal, lo que comes es veneno, incluida el agua que no puedes eliminar. Y, aunque no he sido persona de muchos amigos, con esta enfermedad me he quedado solo. Nadie que no sea enfermo renal soporta este sinvivir; ni siquiera los amigos de infancia, aquellos que te conocen desde que eras un proyecto de piojo social.
Qué lenta la agonía de este sinvivir, carente de aspiraciones, con metas que no puedo ganar; esta absurda vida que me aleja de lo que fui y me impide volver a ser lo que era…
Soy un superviviente que ya estorba; carne que se mueve, tose, escupe y ventosea. De qué me vale levantar los ojos del teclado para sorprenderme con el enigma de su amplia sonrisa; cegarme con la luz que transmite su rostro, con el brillo de su mirada; la magia del mundo, inmerso en un vacío más amplio e ignoto. Que el sistema me ampare y los pétalos muestren engañosos colores primaverales, si esta humanidad nunca tendrá conciencia de su propia especie y seguirá marchando estúpida hacia la autodestrucción.
Leer me produce placer, y me centro en Sidney Bowen, protagonista austeriano de La noche del oráculo.
Suena el teléfono. Es Luis –interrumpe Carolina ofreciéndome el auricular–. Luis es conductor en la Empresa Municipal de Transportes y afiliado a ugeté desde que su cuñado, un alto cargo del sindicato, le habló de las ventajas de pertenecer al comité de empresa. Dejarás de ser un número en una ruta, compañero, –le dijo en confianza–; olvídate de conducciones milagrosas, de circular por calles estrechas, donde las aceras son aparcamientos y nadie respeta las paradas. Podrás curarte de esas almorranas sangrantes que no te dejan en paz y de oír impertinencias de gente ordinaria. No tiene hijos y su mujer, cansada de su torpeza para hacerlos, y harta de insatisfacciones a corto, medio y largo plazo, puso primero un negocio de ropitas para niños, después, lo abandonó para irse al pueblo con doña Inés, su madre. En la soledad de su celda monacal, las noches las pasa en vela, lijando y acoplando innumerables piezas de una vieja gloria de la guerra mundial que colecciona por fascículos.
Ponte, es tu amigo –enfatizó Carolina–; puedo decirle que llame más tarde, que estás leyendo. La miro y percibo su disgusto por la llamada. Cierra los ojos, resignada, y regresa al rincón, donde apenas llega luz filtrada por visillos. Luis me expone el plan para ese mismo viernes: asistir a un espectáculo montado por gitanos rumanos en el otro extremo de la ciudad. Abandono junto a la lámpara el libro abierto y boca abajo; pero, no logro evitar que sus recias páginas de edición barata lo levanten y caiga al suelo, con estruendo.
En Kansas City con Bowen oí hablar a Carolina. Se había enterado del disparate de lo que organizábamos. Te puedo acompañar al espectáculo. Es una sala de tíos –observé con severidad–. No me fío de Juan, siempre anda metido en líos, –justificó preocupada–; además, quiero estar presente cuando te ingresen de urgencias. Mira, cariño, –levanté la vista para reforzar mis argumentos–, soy un enfermo crónico, no un inválido; si ocurre lo que vaticinas, tú tampoco eres médica; qué podrás hacer, salvo estorbar…
Con sabor a almagra y orín del Renagel, me ausenté de la sala, abrí el frigorífico y tomé un sorbo de agua helada. Desde la cocina oí la señal de llamada telefónica y pensé que algo se le había olvidado a Luis. Es Juan; ponte –aclaró Carolina–. Juan es un niño grande dotado de un estómago a prueba de treinta cervezas y media docena de güisquis con coca-cola, por noche. Aprovecha la nocturnidad y la alevosía para practicar lo que más le gusta: la caza furtiva de solteronas y viudas. Las avista y acorrala con extraordinaria maestría; pero, a la hora del disparo, la escopeta se encasquilla, o la lengua se le traba por el alcohol, y el acoso se convierte en una vergonzosa huida. Era un torpe para lo social desde que Juanita lo abandonara después de casi veinte años de noviazgo cansino y rutinario, y una veintena de cuernos. Dile que ya he quedado con Luis, a las nueve en el quiosco de churros. No quería oír de Juan que yo era un aburrido y debía espabilarme. Ella transmitió el mensaje, obediente. Me adelanté a sus comentarios advirtiéndole que no se molestara en convencerme, que iría, y solo.
Lo dejamos ahí; y dos minutos después, Sidney Bowen llamaba a Rosa Leightman para dejarle un mensaje en el contestador.
Por favor, telefonéame cuando acabéis; no me importa acercarme con un taxi a donde estéis. Somos cuatro –argumenté–. Tomaré dos taxis, –fue tajante–; estoy preocupada, Enrique, no me perdonaría que te pasara algo, y no me cuesta nada bajar a la parada, a la hora que sea.
Ya no la oía, enfrascado en Sindney y Grace que hablan de erecciones, de personas que dan a luz en los retretes y tiran de la cisterna al acabar.
—Me das la dirección, un número de teléfono, lo que sea y me quedo más tranquila.
Había encendido la televisión y buscaba con el mando una tertulia en la que todos hablan y nadie escucha.
Me recogieron puntuales. Juan, desde el asiento del copiloto, dio el visto bueno a mi indumentaria, de riguroso estilo trabajador de la construcción. Juan dijo que estrenaba soltería y quería fundir media paga en emborracharnos como cuba. Advertí que no podía pasarme. Joder, Enrique –bufó–, así te olvidas por una noche de esa diálisis que te tiene esclavizado a esa máquina que pita cuando le falta sangre. En otras circunstancias le hubiera dado la razón; en esos momentos, me negué. No entiendes nada, –alegué–; esa máquina me salva la vida –di la respuesta que todo el mundo quería oír–. Me dijo que un día era un día, y que aquel era el resultado de una combinación cósmica que me salvaría de morir en la desidia. Contesté que dispusiera únicamente de su vida y dejara tranquila la de los demás. Qué vida, –increpó–; qué vida es esa que cada dos días, medio te lo pasas enchufado a esa sanguijuela. No los pierdo; leo, veo televisión, duermo, hablo con los compañeros… Compañeros tan tarados e impotentes como tú –atacó–. Luis reía las impertinencias de Juan y me sentí traicionado. Además, –quiso zanjar la discusión–, con la arteria renal taponada, seguro que no se te levanta ni delante de la mismísima hadita buena de los reprimidos. No eres más bruto porque no te entrenas; eres un mendrugo. Joaquín, que es un perfecto idiota, juega con palabras cuyos significados desconoce, y mete la pata nada más abrir la boca; por eso, habla el último para soltar su sentencia, extemporánea e impertinente. Sueña con camas redondas, mujeres exóticas y coches deportivos. Con su mirada de besugo, rostro enjuto y buche barrigón, se cree un ligón sólo porque se baña en un perfume caro y dulzón. Con la inoportunidad que le caracteriza, trató de desviar la conversación destacando que las parejas homos ya tenían los mismos problemas que las heteros. Desde cuándo no echas un buen polvo, Enrique, –insistió Juan–, incidiendo en la brecha abierta. Eso, Enrique, desde cuándo –se apuntó el soso de Joaquín–. Me revolví. Seguro que desde hace menos que tú, que desde que Juanita te puso los primeros cuernos te alimentas como los mulos, a base de pajas –contesté.
Empezaba a arrepentirme de haber aceptado la invitación. Qué había perdido en el quinto coño, qué espectáculo podían montar esos extranjeros, expertos en mentir y rapiñar, –murmuré resignado a sufrir una muerte inminente y dolorosa–. Pareces tonto, Enrique, –irrumpió Joaquín que había oído mis comentarios–, qué esperas encontrar en esta ciudad detenida en el siglo dieciocho, sin sala de fiestas, teatro o local de solteros como nosotros… –soltó una carcajada irónica–. Aunque consienten antros como al que vamos esta noche –me quejé–. Es lo justo para contrarrestar tanta procesión de semana clerical, mal llamada santa; tanta feria con caballistas enjaezados y trajes de filigranas vaporosas; tanto zampabollos y tragasables. Juan lleva razón, Enrique, –apoyó Joaquín–, la gente pide diversiones fuertes… Estamos en Europa, ¡por Dios!
Tras abonar sesenta euros por persona, accedimos a un estrecho pasadizo que se hundía en la tierra y acababa en una sala decorada con cortinas rojas. El olor a cerveza corrompida, alcohol barato y humo reconcentrado de porro, recordaba los años ochenta. Acodados contra burdos mostradores de hierro, pedimos cubatas y sirvieron hielo manchado con pepsi que ex-convictos camareros cobraron a precio de chivas. La noche iba a resultar divertida con estos precios; además la fauna autóctona, disfrazada de duros y depravados obreros, me recordó los bailes de pueblo, sin madres que vigilan, ni luces de cuarenta vatios. Recordé a esa chica. Maleni creo que se llamaba. Rubia, teñida hasta las cejas y el bigote que pinchaba al besar. Muy delgada y metida en un vestido de una sola pieza que le llegaba a la mitad del muslo, amplios escotes y manguitos de flamenca. Cada vez que se movía, su penetrante olor a sudor y almizcle por la brutal segregación de progesterona me abofeteaba; aunque peor era el hedor a colonia barata que lo disfrazaba. Era una señal de aviso que desconocía y que me hubiera servido aquella vez para abandonar felizmente mi virginidad. Recuerdo con satisfacción cómo se excitaba aquella chica cuando la besaba en la palma de la mano, la apretaba fuertemente contra mí, y sonaba el ‘Alguien cantó’, de Matt Monroe. Ay, Maleni, no sabes cuánto te echo de menos ahora, con más de mil diálisis a cuesta. Dios, cómo nos pegábamos a esos muslos de hembra en celo, recién bajadas del carromato de heno; cómo olían a albahaca y romero, a sudor de traje único que guardaban sin lavar cada noche de domingo; cómo asaltábamos las turgentes almenas y buscábamos inexorables la cueva lubricada después de verter unas gotitas de yumbina en el combinado de menta.
Luis estaba embobado, echaba de menos a Pamola, y dijo que aquel ambiente y el dolor de la úlcera le recordaba el día que la conoció. Olvídate de esa furcia, Luis, y tómate el cubata aguado, –protestó Joaquín–. Creo que voy a tener problemas con la úlcera, –amenazó–. No lo dirás por el alcohol, –Juan mostró el vaso–. Si quieres irte, yo te acompaño; presiento que esto no es sitio para un enfermo renal, –me solidaricé–. Ya empezamos, –se quejó Juan–; por culpa del de ugeté que llora como un crío al que acaban de robarle la patineta, y el paniaguado enfermo, nos quedaremos sin ver el género.
Del fondo, dos moles de carne sin bautizar descorrieron el cortinaje y apareció un calvo con chaqueta de lentejuelas. Corta el rollo, pingüino –gritaron–, que salgan las monstruas. Ignoro de dónde llegó la gente que completó el aforo de la cueva. Respetable público, reverberó la voz del presentador circense, en estos momentos llega King-kon. El público aplaudió con fuerza y el cañón de luz enfocó una larga bata rosa con capucha que me recordó a Carolina de espaldas, recién salida del baño, con el albornoz que le regalé en el primer aniversario. Me sentí culpable y humillé el rostro buscando un agujero negro que me engullera. El monstruo King-kon resultó ser un travestido entrado en años, maquillado por una espesa base de pringoso maquillaje y purpurina. Dio dos vueltas en círculo con los brazos levantados antes de desprenderse del albornoz rosa y exhibir unas sensuales curvas femeninas. Despacio, se bajó los tirantes del vestido y la tela cayó arrugada sobre el suelo, al tiempo que desvelaba un par de peludas redondeces que fueron aplaudidas y silbadas. El gorila se reservaba el efecto final, cubriendo con las manos abiertas el voluminoso paquete que reventaba el tanga rosa con encajes. Al límite del paroxismo, rompió de golpe la prenda y mostró el aparatoso fardo. No dio tiempo al asombro o la comprobación; la luz se cegó y la cueva, hedionda y sucia, volvió a su primitivo estado, cutre y provinciano.
A la exhibición del viejo, travestido y sobredotado, siguió una mujer de rasgos orientales y larga túnica celeste que transparentaba la sensualidad de un cuerpo perfecto. La anomalía la escondía entre las piernas. Al abrirlas, cayó, pesado y contundente, un clítoris imposible, alargado y rojo como una salchicha. A punto de vomitar de asco, harto de tanto bufar por los defectos ajenos, e identificado con los que sufrían vejaciones, fui a la barra y pedí agua helada. Los camareros no me atendieron, babeando con el siguiente espectáculo.
Salí al descampado. La noche mojaba los capós y coronaba de turbias areolas las luces. Sonó el móvil. Era Carolina que lograba, al fin, comunicarse después de treinta y dos intentos.  Carolina había llamado al fijo de la casa de Luis, cansada de hacerlo a mi móvil, fuera de cobertura. En casa de Luis no había nadie. Sólo la voz metálica del contestador, obligada a decir las cuatro tonterías gangosas que el propietario había copiado de la revista Unión. Colgó nada más oír el arrastre de la cinta. Conocía el mensaje y no estaba dispuesta a perder el tiempo con ‘chuminadas vergonzantes’. Marcó, entonces, el número del móvil de Juan y la llamada dio fuera de cobertura. Se preocupó y llamó a su madre, mi suegra. A veces me pasaba por su casa al volver de diálisis; la saludaba, preguntaba por su salud y proseguía hasta mi casa. Naturalmente, a las cinco y media de la mañana no estaba con mi suegra, hubiera sido escandaloso.
Dónde has estado, que no te he localizado, –oí al descolgar–; te ha ocurrido algo… No. Estaba preocupada; quería irme a la cama y te echaba de menos; dime dónde estás y te recojo. Olvídalo, Carolina. No te cuesta nada decirme dónde está eso y en veinte minutos estoy ahí con dos taxis. Sólo sé el nombre pero ni idea de dónde está. Al norte o al sur –preguntó–. Al norte, –dije, añadiéndole los datos que deseaba conocer–. Se despidió con un beso.
No sé las vueltas que di por la incierta explanada; ni el tiempo transcurrido hasta que las puertas de chapas onduladas se abrieron y “escupieron gente” que huyó en los coches. Esperaremos a Carolina, –informé–; viene con dos taxis. Qué pasa contigo, Enrique, que siempre la cagas, –se quejó Juan–. Sí, Enrique, –añadió Luis–, los tres números finales han sido muy asquerosos. No quiero saberlo, –me tapé las orejas–. Desesperado por la tardanza de Carolina, llamé a casa. Debe estar al llegar porque no cogen el teléfono, –tranquilicé a los amigos–. Ya había amanecido cuando llegamos a la desviación de la avenida y llamé a su móvil. Nadie descolgó. Por fortuna, un taxi que volvía de vacío del aeropuerto nos dejó en el puesto de churros.
Llegando al portal, sonó el fijo de casa. Descolgué nervioso, pensando que pudiera ser ella. Dígame. Una voz masculina preguntó por mí. Quién es usted, –increpé extrañado–. Policía local –dijo sereno–. Qué desea. Le llamo desde el Hospital General; su esposa ha sufrido un accidente y está en la UCI… Se hizo un vacío en mi cabeza y creo que no escuché lo que continuó. Oiga, oiga, sigue usted ahí…  Oía lejanos los gritos del policía cuando colgué.
Cada vez que alguien pulsaba el interruptor de la luz comunitaria me imaginaba que podía ser Carolina. No esperaba una conjunción planetaria, o que el espacio-tiempo se comprimiera en un soplo, absorbido por la vacuidad del infinito; sólo quería volver al miércoles, borrar las últimas setenta y dos horas, y despertarme con la sonrisa de Carolina iluminando su rincón oscuro. Ha sido un éxito, –dijo el doctor–; es usted un hombre nuevo; en unos días le daremos alta y podrá abandonar el Hospital para hacer vida normal. Hospital, vida normal…, –miré sorprendido–. El cirujano sonreía satisfecho. Por fortuna, la Policía lo localizó a tiempo y el riñón era compatible. Pronto le retiraremos las gomas y podrá ingerir alimentos sólidos; seguro que tiene hambre después de tres días en “observación”, sedado e inconsciente… Quise palpar la herida pero sentí un doloroso tirón que me disuadió.
—¿Trasplantado? –dije sorprendido.
—Así es… –el facultativo esbozó una sonrisa cómplice.
—¿Y el donante?
—Es norma del Hospital el mantenerlo en el anonimato. En su caso, haremos una excepción al tratarse de su esposa –hizo una breve pausa, esperando una reacción en mí que no se produjo–. Hubo un accidente. El taxista murió en el acto y ella quedó en coma cerebral. El gesto solidario de su esposa, al hacerse donante de órganos, ha llevado esperanza y alegría a muchos enfermos crónicos que, como usted, estaban en lista de espera.

El ecologismo es una estúpida invención; la Humanidad es cretina y la vida humana, la de una araña que despliega su seda a la espera de incautos a quienes explotar. Recuerdo su sonrisa, el tacto de sus dedos, su constante preocupación. Ahora forma parte de mí, vive conmigo compartiendo el mismo rincón oscuro de esta vida prestada, abrumado por una deuda imposible de pagar.

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