El anuncio

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

A sus sesenta y ocho años don Justino era apuesto y jovial. Su despiste rayaba con la bohemia y la extravagancia. Se levantaba rigurosamente a las ocho horas justas de haberse acostado pero, como no tenía hora fija para hacerlo, su organismo no se regía por el horario convencional, sino por ciclos raros e inconexos, vaivén de su arbitraria vida que oscilaba entre dos periodos-tipo: La noche y el día. En escasísimas ocasiones consultaba su reloj automático de esfera dorada, regalo de su abuelo paterno, un Gonzaga de pura cepa navarra, de los gonzagas de toda la vida…
De este modo tan extraño y, a la vez, útil, le traía al pairo desayunar a las cuatro y media de la madrugada que cenar a las doce de la mañana. Jamás ponía nombre a las comidas por miedo a equivocarse y siguiendo los sabios consejos de su estómago, tan exquisito y refinado como él, llegando a tal grado de simplicidad que sólo elegía entre los contrastes básicos: dulce-salado, frío-caliente, sólido-líquido; con excepción hecha para el vino-café, que lo tomaba a cualquier hora, siempre rioja-reserva de buena añada que conocía como los veinticinco apellidos de su genealogía y café robusta africano mezclado con aromático colombiano, sólo, en su temperatura justa y sin añadirle edulcorante alguno. Para comer siempre pedía lo mismo: una pescada hervida con guarnición de verduras y aliñadas con un chorreón de aceite de oliva virgen extra, variedad picual; de segundo, un par de huevos fritos con chistorra cacereña, levemente pasada por aceite, y patatas al horno sin sal. El pan debía ser portugués o gallego porque todos los demás estaban horneados con lanzallamas y llevaban aditivos que le hacían ganar peso. De postre una fruta del tiempo troceada y envuelta en helado de limón o de naranja. De este modo, rara vez se equivocaba, ignorando lo que es el ardor de estómago. Las papilas gustativas las tenía atrofiadas a la media docena de sabores de toda la vida y la flora intestinal se había especializado en digerir los cinco o seis tipos de aminoácidos, proteínas e hidratos de carbono que encontraban rigurosamente cada cuatro horas, realizando la función digestiva en un tiempo prodigiosamente rápido y de máxima efectividad.
— «¡Cómo puede saber el estómago si es de día o de noche, si todo está oscuro ahí dentro…!» –razonaba a los que criticaban su actuar lógico, aunque extravagante.
Riguroso y previsible, en raras ocasiones rompía la rutina del recorrido, compraba una y otra vez en los comercios de siempre los mismos artículos que después guardaba en los armarios clasificados por artículos, repartidos por la mansión, atendida por una señora mayor que gobernaba a cuatro sudamericanas muy trabajadoras y limpias. Los apila sin quitarles los embalajes de cartón. Cuando los armarios se llenan de camisetas, o de calzoncillos, o de camisas, o de pantalones, todos de la misma talla, estilo y color, ordena desocuparlos. Con el mismo orden riguroso las apila en un amplio trastero donde puede haber más de dos mil camisas, cinco mil camisetas, cuatro mil calzoncillos… Es un verdadero almacén aunque poco surtido en tallas, formas y colores.
Jamás cambiaba sus hábitos y gustaba de mantener sus estúpidas costumbres; incluso llevaba a gala el que aún le sorprendieran las mismas situaciones. Conserva la misma infantil manera de mirar las cosas, de admirarse con los objetos que encuentra bellos, de extasiarse con los mismos detalles ingenuos y disparatados. Según su propia confesión «este es mi único defecto, heredado, probablemente de mamá, porque a ella le repateaban las prisas, las imposiciones horarias; por eso no viajaba en tren o en avión porque tenían la maldita costumbre de ajustarse a un horario estúpido…»
Último eslabón de una familia de incalculable riqueza, parecía poseer el don supremo de saber gastarla con la cordura que da poseerla en exceso. Gastos que, con el tiempo, se transformaban en inversiones, como si todo aquello que él adquiría, por el simple hecho de hacerlo, incrementaba su valor. Los coleccionistas y gentes de toda clase y condición desfilaban por su casa para comprobar qué nueva locura “ideal” había adquirido el bueno de don Justino, e inmediatamente comprarlo. Sensible y desprendido, a veces un objeto lo vendía al mismo precio que lo adquirió porque, en todos los casos, nunca se regía por la oferta y demanda, limitándose a consultar los incontables recibos con los que justificaba sus gastos ante Hacienda, el “anticristo” para él. De este modo tan relajado y natural Don Justino se “ganaba la vida”, ”regalada” por sus progenitores. Esta habilidad de comprar objetos que inmediatamente alguien le compraba a mejor precio llegó a ser tan obsesiva que, a veces, piensa no ser un heredero de los Gonzaga-Martín de Pozoblanco, sino del rey Midas.
Obediente consigo mismo, sus amigos –más de su dinero que de su persona– apenas si le conocen porque, detrás de esa fachada de “niño de sesenta años”, esconde los deseos, siempre frustrados por su buen gusto, de haber sido figura del toreo. Ya casi lo ha olvidado, pero recuerda el consejo que le dio, siendo muy pequeño, uno de los Bienvenidas.
— Justinito, hijo, ¡desengáñate! A matador de toros pueden llegar los valientes y, sobre todo, los que derrochan suerte, mucha suerte… Pero, a lo que es “figura del toreo”, a la fama y al pedazo de “mercedes” con tía despampanante, no basta tener suerte, se necesita un milagro. Así que, niño, ¡ándate con cuidado y no juegues con cosas de hombres…!
— Ya, don Antonio –le increpaba con total admiración– pero llegar a ser figura del toreo, como yo quiero, debe ser mucho más excitante que llegar a ser Maestro del Gran Oriente de España, ¿no?
— ¡Y tú que sabes de esas cosas, niño…! –respondía sobresaltado, adoptando la misma hechura que ponía al rematar de pecho una hermosa faena de muletas.
Justino-niño, entonces, se jactaba de haber puesto nervioso al maestro y seguía abstrayéndose en el montaje de una máquina-grúa con su recién regalado “Mecano” de ciento treinta y cinco piezas más destornillador y motor con poleas.
A la tarde siguiente, en la Maestranza de Sevilla, Antonio Bienvenida brindaba su segundo al niño que quería ser figura del toreo pero que padecía de asma, sin saberlo.
— ¡Fíjate tú si lo tiene difícil en esto del toreo, un asmático…! –le comentó con desparpajo a su segundo al ir a mojar la muleta porque se le volaba con el viento racheado del sur. Y es que Antonio siempre había tenido un gran corazón, sensible y solícito, para todas estas situaciones.
— Justinito, hijo, por fin qué vas a estudiar…
— No voy a estudiar, papá
— A algo tienes que dedicarte, hijo; porque si no vas a aburrirte mucho en esta vida, larga y tediosa –el padre entendía que su primogénito no quisiera estudiar una carrera para ganarse la vida porque ya la habían ganado otros para él, pero debía encontrar alguna distracción, un tema de conversación con sus amigos, ajustarse a un horario que le sirviera de referencia; aunque, de salir a su madre, el muchacho tenía difícil el amoldarse al horario.
— Pues, entonces, seré “tonto del haba”, papá –y siguió entusiasmado con el cuento del Capitán Trueno, Crispín y Goliat, sus héroes de toda la vida. Admiraba en especial al rubio Crispín, siempre al quite de los líos de sus compañeros. La fuerza bruta de Goliat le daba mucha pena, siguiendo esa dieta disparatada, excesivamente cargada de grasas insaturadas y cerdo. El pobre Capitán Trueno, con el prurito de ser más horado y valiente que nadie, se metía en unos líos morrocotudos. Decididamente su personaje ideal era Crispín. Sensible, delgado, admirado por las mujeres, espigado y, ¡por qué no!, guapo.
— ¡No digas eso Justinito que las gentes por el simple hecho de tener dinero ya nos llaman “tonto del haba”, lo muy envidiosos…!
— Por eso, papá, por eso. Cuando la gente ven a alguien con un pedazo de coche dicen «Ahí  va el tonto del haba con ese pedazo de coche» o cuando lleva del brazo una tía despampanante también dicen «Fíjate ese tonto del haba la tía que lleva…». Yo quiero ser tonto del haba para que la gente me admire…
— Pues para eso, hijo, no tienes que estudiar…
— Pues mejor me lo pones.
Hasta en eso tuvo suerte porque los estudios se le daban bien. Pronto se vio con el Bachillerato terminado y con el Preu aprobado con notable alto.
— ¿Qué pasaría padre si al título de marqués de Encinaseca le añado el de Ingeniero…?
— Encinasola, hijo, serás marqués de Encinasola…
— Pues eso, si a ese título le añado el de doctor ingeniero…
— Luciría muchísimo más; aunque, la verdad, ¿no te parecen incompatibles? ¡Un marqués con alguien que ingenia no creo que pegue mucho! De todos modos, me haría mucha ilusión. Podré morir satisfecho por tener un hijo tan de provecho…
– Pues me parece que lo voy a estudiar. Lo mismo, si le digo a los profesores que no voy a ingeniar nada, sino que sólo me interesa el título me lo darán antes, ¿verdad? –estaba de broma, o al menos esa fue la impresión que le dio al padre. Pero no, lo decía en serio, y le asustó. Hizo un esfuerzo descomunal para abrir desmesuradamente los ojos y quedarse mirando escéptico al hijo, y eso que para tenerlos había que ensayar bastante. Poner cara de tonto le salía a la primera.
Pero Justino un día, sin que nadie se diera cuenta, se hizo mayor. Ya era ingeniero de caminos, canales y puertos aunque no hubiera pisado durante la carrera ninguna de las tres cosas. El evento ocurrió de repente, una tarde de estío cualquiera. La muerte de sus padres fue la bocanada de amoníaco que le despertó de la borrachera de languidez vital que disfrutaba. Su madre, por fin, accedió a subir a un avión para ir a Canarias a visitar a un pariente lejano y el avión se quedó en el aeropuerto de los Rodeos. Intentó olvidar el mal trago con viajes a Oriente y Occidente, y hasta lo consiguió en alguna ocasión, pero siempre volvía a la martilleante angustia de sentirse solo. Tanto se esforzó en olvidar que lo hizo de tomar una chica joven, cariñosa y refinada que le consolara, y con el correr del tiempo le diera hijos e hijas, aunque él prefería que fueran uno de cada sexo, no muchos de uno y pocos de otro.
Soltero empedernido, cultivó en exceso su condición de solitario, cabal y filósofo, entendiendo la vida desde su aspecto más cenobítico y puro, monacal casi. De tal modo, que la simple palabra “mujer” le traía recuerdos desagradables. Y no era homosexual, sino sencillamente sentía de modo diferente a cualquier adulto de su edad. «Encarnaciones del diablo», las llamaba, sin dejar traslucir la menor sombra de odio o menosprecio hacia ellas. Esa repulsa le venía desde que una vez, siendo joven, sus incondicionales invitaron a unas prostitutas a una tienta y corrida –en el doble sentido, artístico y mundano– en el cortijo de un amigo suyo, mujeriego y disoluto, y, al igual que él, gran aficionado al toreo.
— Y es que, Justino, ¡donde se ponga una Corrida, que se quite el Fútbol…! –le comentaba, conocedor de su anti-feminismo.
— ¡Y los Toros, qué puñeta…! –le decía a éstos, con la sonrisa de sorna y zafiedad, lujuriosa y chispeante, de quien está acostumbrado a los placeres solitarios.
Al terminar la tienta y la pequeña capea, se fueron a retozar en el interior de la casa. Y lo hicieron espléndidamente, adjudicándole a Justino la más tetona y gordinflona del grupo. Vasta y charlatana, con más tiros dados que una escopeta de feria, se había puesto ciega de jamón serrano, caña de lomo, queso viejo de cabra, lagostinos de Sanlúcar, gambas de Huelva y mosto “cagalerón” de la Palma del Condado.
Ya habían llegado al vino de Málaga y la charlatana gordinflona seguía comiendo sin parar, aunque desfilaran por su vagina los penes de cuantos estuvieran dispuestos a penetrarla en un arrebato de sorda histeria colectiva. Todo ello en esa frenética lujuria, inexplicable y absurda, de risas bravuconas y de intenso olor a mosto corrompido, que tanto gustan a los sentidos más depravados. La gorda se reía con desparpajo, levantando la voz para pedir más caña de lomo, o gritando para apuntarse a una copita de manzanilla o reengancharse al cuarto güisqui Chivas de quince años, con el que incurría en el sacrilegio de añadirle hielos, ese hexaedro transparente y foco de infección de primer orden, que concentra todas la bacterias patógenas del “globo mundial” y donde mutan a sus anchas los virus de nueva generación más agresivos y letales, una verdadera bomba de relojería que se desarrolla especialmente en los “cubatas”.
Justino había estado pacífico. Se encargó de cambiar los “elepés” con música suave y excitante mientras veía desfilar gente en pelotas picada que se tumbaban risueñas en donde encontrasen algo blandito. Justino, casto y puro, con la camisa abotonada hasta el cuello, resistía victorioso la tentación hasta que los “incondicionales” quedaron ahítos de todo y decidieron tentar al marquesito.
— Tu turno, señor marqués, deja en alto la “encina” del marquesado, aunque por lo que vemos la espada es de un simple vasallo. ¡Con eso no vas a poder entrar a matar, maestro, necesitas más espada…! –entre risas le desafiaban a penetrar a la gorda que se hacía la sensual moviendo los volúmenes de grasas. Entre dos le desnudaron. Era evidente que le tocaba el turno a Justino, que jamás se había visto en una situación semejante.
Incómodo por el vasto espectáculo orgiástico montado ante sus narices, lo intentó en varias ocasiones sin conseguirlo en ninguna. Y cuanto más le incitaba la gorda tetona, más inhibido se volvía, hasta que uno de los asistentes, recién acabada su faena, para hacer gracia, se colocó detrás de Justino. Se rieron del detalle, pero, al ver que lo de Justino se parecía ahora al asta de un bravo toro, lo hicieron sonoramente. Indudablemente, en esos momentos, conoció el sexo sin rostro, impersonal y desviado, que no entiende de pareja, vínculo, raza o condición. Oculto y misterioso, se practica en la oscuridad de un cuarto, en un ritual danzante donde sólo existe la pasión y el estímulo carnal. Y aunque lo hizo con la gorda, fue una experiencia tan desagradable que se prometió a sí mismo no volverla a repetir.
Hasta tal extremo llegaba su excentricidad que un día, al ir a consultar su reloj de pulsera, comprobó que no funcionaba. Le preguntó al primer peatón que halló cerca cuándo estaba previsto el final del eclipse de Sol, porque su reloj marcaba las 12.00 del mediodía. Éste, que creía asistir a la filmación de un “Objetivo Indiscreto”, le mandó a los Picos de Europa que dicen que están más allá del pueblo de al lado. Recomendación, naturalmente, que él le agradeció muy sinceramente porque la última vez que estuvo en Fuentona, en Fontibre (Cantabria), se lo pasó muy bien, a la par que se compadecía del malhumor que llevaba el buen hombre. Al cabo de unos momentos, al no oír la maquinaria, aunque lo pegaba fuertemente a la oreja, decidió visitar una relojería próxima e indagar sobre las causas de la huelga-horaria a la que le estaba sometiendo el condenado trozo de metal con cristal que llevaba en su muñeca.
Dio la casualidad que la relojería en la que entró era la de siempre. El relojero le saludó efusivamente al reconocerle, y él le correspondió con un «tengo un problema que seguro que le incumbe, joven». Le soltó el reloj sin esperar la complaciente pregunta de «¿en qué puedo ayudarle?». Ni siquiera le miró a la cara sino que se quedó fisgoneando por el taller, asombrado por los minúsculos destornilladores, por la extraña máquina de grabar, por los tornillos microscópicos esparcidos con orden sobre el mantelete de fieltro azul verdoso. Mientras, el técnico no tuvo más remedio que abrir la tapa del reloj y echarle un vistazo al mecanismo que, efectivamente, estaba en reposo, más quieto que el dedo de San Pancracio. El único fallo que encontró era el de la cuerda: estaba agotada. En el momento de hacerla girar la aguja del minutero volvió a cambiar rítmicamente su posición recorriendo en orden los sesenta grados del círculo.
— Mucho me temo, don Justino, que no será nada –se explicó el relojero, mirándole con la lupa monocular hundida en el hueco del ojo derecho–. ¿Ve usted esta ruedecilla de aquí…? –pretendió ser didáctico con él, dando por sentado que, debido a su edad, la memoria no le regía bien, y era por eso que se habría olvidado de darle cuerda.
— Naturalmente, joven, es la ruedecilla que carga las horas. Para su información, entiendo algo de mecánica y algo de ingeniería… –dijo un tanto molesto. Rotundo y conciso como no lo fue nunca.
— Bien, no es nada –cortó el ademán pedagógico el relojero, corrigiendo su apreciación inicial y adoptando una actitud más profesional–. Sencillamente, le faltaba cuerda…
— ¡Ah, curioso! Una pregunta: ¿hubiera valido cualquier cuerda…? –interesado, Justino buscaba en el reloj de pulsera el agujero por donde hipotéticamente entraría ésta.
— ¡Cómo! No le entiendo… –se quedó estupefacto. Naturalmente que cada reloj llevaba su propia cuerda, en función del tamaño, de la forma y del tipo de mecanismo empleado. No valía cualquier cuerda, sino la suya. No comprendía la pregunta tan directa y de respuesta tan obvia para cualquiera persona.
— ¡Que si vale cualquier cuerda! ¿Está usted sordo…? –su interés y su mal humor crecían por momentos ante la poca colaboración del relojero, atónito y perplejo.
— No, si enterarme ya lo hago, don Justino, lo que ocurre es que no le entiendo… –no comprendía a qué cuerda se refería.
— Pues es sencillo: Que si vale cualquier cuerda: de esparto, de lino, de cáñamo…
Estaba de broma, evidentemente, así lo entendió el relojero, pero su actitud y su semblante no lo daban a entender. El relojero, por si acaso, le siguió el juego, sin pestañear, esbozando la mueca de una leve sonrisa, forzadamente amable, ridículamente profesional, al tiempo que controlaba sus deseos de estallarle el reloj en su estúpida cara.
— No, eso eran los antiguos, los de pared, don Justino. Los de ahora, gracias a los “jodidos chinitos” –remarcó la condición de los orientales-, la cuerda, de acero y enrollada, la llevan en el interior. Así, desde fuera, dándole vueltas a la ruedecilla que tiene justamente a la derecha de la corona, se tira de ella, y se pone en funcionamiento –estaba completamente seguro de ser comprendido con esa explicación.
— ¡Oh, es extraordinario…! –miraba con extrañeza el reloj, como si fuera la primera vez que veía uno–. Le doy las gracias por esta charla, tan amena e instructiva –hablaba completamente en serio, sintiendo lo que decía, mientras se colocaba el reloj en su muñeca, pero invertido: con las doce boca abajo en dirección al cuerpo.
— Es al revés, don Justino –le interrumpió el relojero al observar el error en que incurría.
— No, soy yo el agradecido y no al revés, joven mío… –iba a comenzar una nueva polémica cuando el relojero, con la habilidad del comerciante, retomó la situación, encauzándola por donde debía transcurrir.
— No es éso, don Justino. El reloj, que se lo está usted colocando al revés…
— Muchas gracias. ¡Oh, disculpe mi torpeza, pero estos mecanismos, a pesar de ser Ingeniero, siempre me han superado…! Dígame qué le debo por todo…
— No es nada, don Justino –fue amable y generoso.
— Bien, en éste caso, quédese en paz, joven. Cuídese, le noto un poco despistado esta mañana…
— Debe ser porque son las seis y media de la tarde, don Justino –condescendió, ahora, seguro del despiste de su interlocutor.
— ¿Lo ve usted cómo el reloj necesitaba una reparación…? –le mostró el reloj, y cargó con las culpas del error cometido en la despedida.
— Sí, sí. No me cabe la menor duda que ha sido el reloj… … –le despidió.
Al salir, Don Justino vio algo que le llamó la atención. El relojero, para contentar a sus clientes, había colocado en la pared un corcho para anuncios. Era una especie de bolsa de trabajo, donde los vecinos podían pinchar sus ofertas, desde “Licenciada en Pedagogía, terminando de escribir la página 3.217 de su tesis doctoral, se ofrece de canguro por las noches”, “Fontanero-escayolista rumano, buenos precios”, “Bolsos, pulseras y artículos baratos-baratos, para los paisanos que lo deseen”, “Doctor en Francés e Italiano (aunque habla un poco también el “venezolano y colombiano”), se ofrece como comisionista ilegal a cualquier partido político. Sin prejuicios. Con profesionalidad. Máxima discreción”, “Logopeda profesional estaría dispuesto a cortarse las venas públicamente si con ello pudiera encontrar trabajo”, “Caniches, pastores alemanes y toda clase de perros. Domesticamos maridos. No se deje avasallar, ni consienta malos tratos. Un perro, su mejor arma de defensa”, “Vendo moto en muy buen estado”…
Este último anuncio de la moto, confeccionado con ordenador, y torpemente coloreado con rotuladores al agua, llamó singularmente la atención de don Justino.
— Oiga, joven, estaría interesado en comprar este anuncio, ¿cuánto pedirá el dueño? –preguntó don Justino al relojero.
— No tengo ni idea, don Justino, pero creo que como muy poco pedirá unos mil o mil quinientos euros. De todos modos, puedo preguntarlo, si lo prefiere –se mostró solícito e interesado, aunque con evidentes síntomas de un nuevo asombro al verle imposibilitado no sólo para conducir un trasto de esa cilindrada, sino para que le aprobaran el carnet. Aún así, con moto y carnet, no habría una Compañía de Seguros en su sano juicio que pudiera suscribirle una póliza. Le resultaba imposible imaginarse a don Justino, como moderno don Quijote, subido a su inoxidable Rocinante de aceite y bujías, con yelmo homologado de fibra de poliester al carbono.
— Sí, haga el favor, porque, la verdad, me gusta mucho y me haría ilusión contar con ello –seguía mirando el anuncio, una hoja en formato “A-4” sin más, con un simple dibujo alegórico del producto que pretendía venderse, letras de horripilante e incompleto acabado, rematado con unas filigranas tipo grecas como de encajes. No tenía nada más, pero le gustaba la resolución empleada: centrada, directa y contundente; la manera como llamaba la atención del espectador; las pequeñísimas y casi inapreciables imperfecciones de la factura que denotaba el mal funcionamiento de una de las ocho agujas de la matricial con la que se había impreso. La sutil y casi inapreciable mancha de humedad que había doblado el papel por la parte cercana al ángulo superior derecha conjugaba magistralmente con los cuatro agujeros de las chinchetas, ligeramente mohosas ya, eran los principales atractivos de la pieza que deseaba adquirir para su particular museo.
Lo enmarcaría de modo que expresara el especial modo a como apareció ante él, algo del corcho de fondo, de los otros anuncios, meras anécdotas o efectos de color; aunque debería cuidar su conservación, proteger con esmalte o resina de poliester las chinchetas, evitando su iniciado proceso de oxidación y los contrastes atmosféricos que dañarían, sin duda, el papel, que, saltaba a la vista, era de bajísima calidad.
Mientras Justino paladeaba su próxima posesión artística, el relojero llamaba por teléfono al dueño de la moto puesta a la venta, localizándolo, al fin, y concretando con él el precio. Cuando tuvo la cifra final, se lo comunicó a don Justino.
— Dos mil doscientos euros quiere el dueño. Está en el teléfono por si desea aclarar algo con él.
— No sé, con ésto del euro no termino de aclararme. Antes, con la peseta de toda la vida, me manejaba mejor. ¿Cuánto es en pesetas?.
— Espere, que de memoria no me manejo bien… – Cogió la calculadora-traductora de euros a pesetas, y viceversa. Tecleó la cantidad y, enseguida, la maquinita expulsó el dato que necesitaban–. Unas trescientas sesenta y siete mil pesetas…
— Me parece una barbaridad. Y con esto no quiero decir que no le halle su mérito, ni muchísimo menos. No obstante, es una cotización alta, aunque en absoluto difícil, incluso imposible, de pagar. Bien, dígale que acepto… ¿Supongo que aceptará cheque para el pago?
— Sí, sí, tratándose de usted, por supuesto… –dirigiéndose al dueño del infernal invento, al otro lado de la línea telefónica, le confirmó el cierre de la operación en el precio estimado, ultimando con él la entrega de la moto, sin haber comprendido que don Justino lo que compraba era el anuncio en sí, no la moto anunciada por éste. Y que daba gustosamente las trescientas setenta y cinco mil pesetas por esa reliquia Kirsh.
Cuando el relojero recibió el cheque y se vio obligado a confeccionar un recibo por la cantidad entregada, enterándose del concepto, no daba crédito al disparate, pero don Justino insistió tanto que no tuvo más remedio que acceder.
— Compréndalo, señor –se excusaba don Justino, mientras sacaba el talonario de cheques y desenrollaba el capuchón de su estilográfica que escribía con tinta verde –acróstico de “viva el rey de España”–, por pedirle el recibo pero en la subasta me exigirán una prueba fehaciente y fidedigna que acredite la propiedad de la obra de arte que adquiero. Muchas gracias.
Y le extendió el cheque, procediendo acto seguido a desclavar el cartel con sumo cuidado, haciendo uso de unas limas metálicas de manicura que siempre llevaba en el bolsillo de la chaqueta.
Satisfecho por la compra, protegió el valioso papel entre dos cartones y salió en dirección a la primera tienda de marcos. El relojero, pasmado mirando el cheque de dos mil quinientos euros en su mano, no encontró palabras para definir los pensamientos que bullían sin orden de su asombrada mente.

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