“El aseo”, Pierre Bonard, Museo d’Orzay, París

© Álvaro Rendón Gómez, agosto 2010

Aunque la obra fue retocada por el artista entre 1914 y 1921, Bonnard toma la escena del baño para plasmar la luz de Cannet, en la Costa Azul francesa, donde pasa algunas temporadas al año. Aprovecha un momento de distracción de su compañera Marta, ausente frente al espejo, para sorprendernos con una composición ausente de referencias. E fondo es un laberinto de colores que pretenden representar trozos de lienzos de pared, tapices,jarrón cerámico, puertas abiertas, un espejo, el rostro insinuado de la modelo…


En la composición dominan dos zonas claramente divididas por la diagonal armónica. La zona triangular reposada armónica, donde ha situado el peso de la composición: Una gran masa de tonos pasteles que amenazan con desequilibrar la composición si no se compensara con el pegote negro del objeto negro situado en la zona cuadrangular ABIZ, que equilibran la balanza descarada que crea con las líneas verticales que recorren todo el cuadro: Las líneas del marco de la puerta del baño y la esquina de la habitación, delimitando los dos ambientes de la casa.
El artista es consciente de que ha elegido el lado equivocado del cuadro para situar la clave atractiva; aunque, es probable que existan razones que justifiquen esta elección. En primero lugar, la orientación de la habitación, hacia el este, impone la entrada por la derecha de la luz a media mañana que es la que desea plasmar, para así lograr un extraño efecto transgresor. En segundo lugar, desea recrearse en el diálogo íntimo que la joven mantiene con su propia imagen, la reflejada por el espejo. Es precisamente, en ese espacio tan limitado donde se encuentra todo el misterio de la obra, toda su carga expresiva. Y esa zona de interés la coloca en el lugar de obligado paso de la línea de lectura; cuando, después de recorrer medio cuadro y no hallar ningún detalle de interés, se encuentre con ese rostro apenas insinuado. Es lo que le falta al espectador para completar la información sobre la joven desnuda y, así, satisfacer su curiosidad insana. Y las líneas verticales, ¿no serán barrotes para detener la lectura en ese instante de diálogo íntimo?

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