La Anunciación de Sandro Boticelli

© Álvaro Rendón Gómez, agosto 2010

La Anunciación, (1489-90), de Sandro Botticelli, fue un encargo de Francesco Guardi, miembro de la burguesía florentina del cuatrocientos, para decorar la capilla familiar que unos años atrás había sido pasto de las llamas. Actualmente se encuentra en la Galería de los Uffizi. La siguiente ilustración muestra dos figuras en un espacio cerrado. Un ángel de rodillas, en señal de veneración y respeto, porta una vara de nardo, símbolo de la pureza y, también de la cita. De pie, a la derecha, en una actitud de renuncia, la virgen María. Son posturas forzadas que remarcan el movimiento a través de los paños La perspectiva central es tan descarada en el suelo ajedrezado de baldosas rojas que obligan a la vista a salir al balcón y contemplar un paisaje de claras reminiscencias flamencas, producto de los intensos contactos comerciales entre Italia y Flandes. El centro del paisaje es un árbol sin flores y sin frutos. Toda la expresión se centra en las manos de los únicos personajes de la escena, levantadas, a punto de estrecharse, aunque quietas, expectantes. El ángel, quiere tocar a María y ésta admitir el mensaje que le transmite pero el tiempo parece detenido.

El recorrido diagonalizado escogido por Botticeli es el estudiado como ascendente desde la izquierda. La primera lectura perceptiva del cuadro [desde L1, la sugerida por el artista] comienza por el vértice inferior izquierdo, sigue el sentido armónico de la diagonal amónica (armónica doble), facilitada por la postura forzada del ángel y la dirección de su mirada, descubriendo el tímido rostro de María, donde acaba. De un golpe, el espectador ha leído lo más interesante del cuadro. Una vez en ese punto, busca el enlace que le lleve a una u otra zona del cuadro. La halla en la actitud de la mano derecha de la virgen, ligeramente levantada, alineándose con el rostro, e invitando a recorrer la dirección vertical del vestido rojo, paralela al lado fuerte. Al legar al suelo, la vista se deja llevar por el ajedrezado del suelo y sale al exterior por la balconada.
La segunda lectura, señalada como L2, es de recreo. La vista contempla la perspectiva central forzada del enlosado que tiene su centro de fuga en un punto de luz externo, el mismo sol del amanecer. Es una Luz suprema la que penetra por la ventana completamente abierta, receptiva, como la actitud de la virgen; que explica sin palabras el misterio que inocentemente muestran las figuras. Esta segunda lectura, por tanto, comienza en la zona cuadrangular de la ventana, de máxima luz que, además de crear la ilusión de eje de falsa simetría axial que componen ambas figuras, estabiliza la composición. La dirección de esta segunda línea lectora, siguen la dirección de los rayos, reforzada por la perspectiva, inundan la mano que ofrece sin doblez y la acepta sin reservas: La luz fecunda a María, que la acepta sin reservas.

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