Un enigma llamado Julio Verde

© Álvaro Rendón Gómez • Porcuna Digital 24.5.2014

 

El enigma brota al analizar la frase póstuma de Verne: “Me siento el más desconocido de los hombres”. Resulta paradójico que dijera eso uno de los escritores más leídos de la historia universal de la Literatura. Que alguien que defendió la naturaleza hueca de la Tierra, pionero de los ovnis y uno de los primeros ecologistas conocidos, creyera ser víctima de una lectura superficial de su obra.

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En Julio Verne, ese desconocido, Miguel Salabert la explica argumentando que en los relatos de Verne “el continente ha ocultado el contenido”. Tal vez, esta obsesión por ocultar se deba a una sobreprotección de su editor Pierre-Jules Hetzel, exhaustivo controlador de las ideas ocultas de Verne, que le permitiera seguir editando para supuestos lectores juveniles.

Al analizar su obra desde otra perspectiva, observaremos que Verne no escribe sólo aventuras para este público adolescente, sino que maliciosamente ha querido trasmitir “secretos” que, unas veces están relacionados con su dramática vida, y en otras revela conocimientos ocultados por sociedades iniciáticas de su época.

¿Quién era Julio Verne? ¿Qué vida llevó este genial bretón, nacido en Nantes un 8 de febrero de 1828, y bautizado como Jules Gabriel Verne Allott? ¿Fue un “iluminado”, en el sentido esotérico del término, o un profeta que se adelantó a su tiempo con descubrimientos como el ascensor, las armas de destrucción masiva, el helicóptero, las naves espaciales, la red de comunicación terrestre (internet), los motores de explosión y eléctricos, los trasatlánticos y las plataformas marinas (portaviones), así como la navegación subpolar a bordo de un submarino?

¿Qué fatalidad le persiguió a raíz del rechazo de su prima Carolina Tronon que convirtió su juventud en un infierno, agravada a raíz del casamiento de esta con un “presumido de Nantes”?

¿Qué extraña novela escribía cuando en 1886, con 58 años e instalado en Nantes, Gaston, su sobrino –hijo de su hermano Paul-, le dispara dos tiros de revólver que lo deja cojo para el resto de su vida?

Tal vez se trataba de la novela titulada París en el siglo XX, donde un joven vive en una ciudad con rascacielos de cristal, trenes de alta velocidad, automóviles propulsados con gas, calculadoras, red mundial de comunicaciones, pero que le resulta imposible lograr la felicidad y acaba trágicamente.

Esta novela pesimista habría deprimido al sobrino, enloqueciéndolo y acabando internado en un manicomio. Su editor la juzgó como peligrosa y decidió esperar veinte años para publicarla, guardándola en una caja fuerte, y viendo finalmente la luz en 1994.

Como cualquier autor, en Verne no todo fueron triunfos, glorias y parabienes. El manuscrito de su primera novela, Cinco semanas en globo, recorrió los despachos de quince editoriales –”quince necios”, como escribiría más tarde-, antes de convertirse en éxito.

La suerte fue seguir los consejos de su amigo Nadar que le recomendó al editor Julio Hetzel. Al acabar de leer el manuscrito, Hetzel le sugirió que convirtiera aquel libro polémico sobre la aerostática en una “auténtica novela”, porque “usted tiene talento”.

Desde su publicación en 1863, se convierte en un apabullante éxito de ventas. Ese mismo año, Hetzel le ofrece un contrato por veinte años, a razón de 20.000 francos por año, y con la obligación de escribir dos novelas anuales.

Y no todas sus novelas son creaciones propias y misteriosas anticipaciones. Aunque nunca dispuso de “negros” –de escritores anónimos que trabajaban para él-, en su novelaLa vuelta al mundo en ochenta días, toma los datos de un folleto turístico de la Agencia de Viajes Cook; el título, de un cuento de Edgar Allan Poe Tres domingos en una semana; y el itinerario, de un artículo de Le Magasin Pittoresque (1870).

El anuncio aseguraba que “gracias a la excavación del istmo de Suez, es posible ahora, partiendo de París, dar la vuelta al mundo en menos de tres meses. El servicio para este viaje circular no ha de tardar en ser organizado (…) en total, ochenta días”.

Julio Verne fue siempre un desgraciado. Sus padres pertenecían a familias burguesas, ascéticas, católicas a ultranza y maníacas del orden y la puntualidad, que le negaron seguir su auténtica vocación, la de marino.

Por esta razón, a los once años, se fuga de casa y embarca clandestinamente en La Coralle que se dirigía a la India. Descubierto en Paimboueuf, fue devuelto a Nantes, donde fue azotado sin piedad, rompiéndose de este cruento modo las frágiles relaciones paterno-filiales.

En París estudia para abogado, aunque escribe piezas teatrales, óperas cómicas y sainetes. Alejandro VI, escrita en 1848, le sirvió para conocer a los Dumas, padre e hijo, y entrar en los círculos literarios parisinos.

Enterado el padre, suspende el envío de la pensión de 100 francos semanales y Julio malvive como secretario del Teatro Lírico. En 1856 se traslada a Amiens donde conoce a Honorine, viuda con dos hijas pequeñas, con la que se casa al año siguiente.

Pronto descubrirá que su matrimonio es un fracaso porque Honorine vive más pendiente de los fastos sociales que de su hogar. La muerte de su madre y los problemas de rebeldía de su único hijo, Michel, recluido en un manicomio a petición de Julio, le produjo drásticos cambios en su personalidad, que la muerte de su editor Julio Hetzel, hombre trabajador y dedicado a supervisar la obra de Verne, vino a acentuar.

El hijo de Hetzel, que continuó la empresa de su padre, no era tan riguroso en las correcciones como lo había sido aquel. Esta circunstancia obligó a Verne a dedicarle muchas horas a la corrección, lo que le ocasionó una parálisis facial.

Sin embargo, sus biógrafos afirman que el deterioro de la salud de Verne se debió a los tremendos desarreglos intestinales que sufría desde que estudiaba Derecho en París, donde gastó todos sus ahorros en libros y los esporádicos trabajos apenas alcanzaban para comer, lo que le ocasionó desarreglos estomacales e incontinencia fecal, que acabarían por desfigurarle la cara.

En una carta a su madre revelará el infierno de su vida: “Una vida que limita al norte con el estreñimiento, al sur con la descomposición, al este con las lavativas exageradas, al oeste con las lavativas astringentes (…) Es probable que estés enterada, mi querida madre, de que existe un hiato que separa a ambas posaderas y no es sino el remate del intestino.

Ahora bien, en mi caso el recto, presa de una impaciencia muy natural, tiene tendencia a salirse y, por consiguiente, a no retener tan herméticamente como sería deseable su gratísimo contenido (…) acarrea graves inconvenientes para un joven cuya intención es alternar en sociedad y no en suciedad”.

En 1888, Verne fue elegido concejal de Amiens formando parte de una lista de republicanos progresistas. Sus motivos para tal “locura” no fueron por vanagloria del poder, sino para servir a la sociedad, mejorar la ciudad, impulsar la instrucción y las Bellas Artes.

En los doce años que estuvo de concejal –en tres mandatos: 1892, 1896 y 1900- potenció el teatro, consiguió becas para la Escuela de Medicina, mejoró el trazado de Amiens y construyó un espléndido circo.

El 26 de julio de 1905 escribe que tiene el “estómago deshecho, piernas enfermas, reumatismo por todas partes. Y a mi edad, uno no se recupera”. El 24 de marzo de 1905, viernes, a las ocho de la mañana, moría a causa de una diabetes. Antes de perder el conocimiento exclama “sed buenos”.

Fue enterrado en el cementerio de La Madeleine, al noroeste de Amiens. Le colocaron los brazos a lo largo del cuerpo y no sobre el plexo solar, pues decía que esta postura “obstaculizaba la salida del astral”.

La tumba es obra del escultor Albert Roze, íntimo amigo de Verne, que podría contener la clave de sus conocimientos, sus sueños y su obra. Siguiendo instrucciones de Verne, capaz de plantear en sus escritos más de cuarenta mil criptogramas, sobre el sepulcro, erigido en 1907, mandó esculpir una serie de objetos, como una rama de palmera, símbolo de la inmortalidad o del “ave phoenix” que resurge de sus cenizas; una palmera, Arbol de la vida, o “etz hajaim” de los cabalistas (etz, árbol; jaim, vida eterna).

Sobre la palmera, una estrella de seis puntas, la superposición de dos triángulos equiláteros antagónicos, el que simboliza a la tierra (vértice apuntando al suelo) y al aire (vértice apuntando al cielo).

También hay una cruz inscrita en un círculo, que simboliza las cuatro direcciones del templo, o la realización de la obra alquímica; y una rama de olivo, símbolo de “la paz del justo”. La losa tiene forma de pentágono pitagórico. De él irrumpe, como brotando del suelo, un Julio Verne con la mano derecha alzada y orientada hacia el oeste, donde se destaca la posición de los dedos (1-3-1).

Según los biógrafos, Verne elaboró un epitafio que debía presidir el muro del mausoleo:Vers l’immortalité et l’eternelle jeunesse (hacia la inmortalidad y la eterna juventud), pero no existe tal epitafio.

En su lugar, Roze lo cambió por un acróstico incluido en el nombre Jules Verne, en donde destaca las letras J, L, V, R y E; es decir la la primera, tercera, sexta, octava y última E resaltan sobre el conjunto con un dorado especial.

Para J.J. Benítez, en su libro Yo, Julio Verne, sugiere que el acróstico podría significar, con las pertinentes correcciones en el orden: «Albert decide été, jour magique note, sepulture vers west (ouest)». Que se traduciría como “Verano, nace sepultura hacia Oeste”; es decir que, supuestamente, el sol del solsticio de verano, 21 de junio, por el camino del oeste, en el ocaso, «ennegrece» u «oscurece» el sepulcro.

La sombra de la mano abierta de «Verne» oscurece las fechas 1828 y 1905, de nacimiento y fallecimiento. Tras muchas reducciones numéricas y conjeturas, los números señalarían a la novela El testamento de un excéntrico, como el lugar donde Verne “escondió” las claves de su enigmático conocimiento.

De todo lo anterior, muchos estudiosos apuntan a que Verne pudo tener acceso a otras “fuentes” del conocimiento, mucho más depuradas y secretas, sugiriendo una lectura iniciática de la obra de Verne.

El Viaje al centro de la Tierra, El castillo de los Cárpatos, etc., pudieran contener una simbología alquímica, ocultas doctrinas de masones y rosacruces; o revelarnos su pertenencia a hermandades tan secretas y esotéricas como los “Iluminados de Baviera”, la “Sociedad angélica” o la peligrosísima “Golden Dawn” (“Hermanos del alba dorada”) que, según Samuel Lidelí Mathers, estaba organizada en torno a once grados iniciáticos, bajo la protección y dirección de los llamados “Superiores desconocidos”.

¿Quiénes eran esos “Superiores desconocidos”? ¿Tal vez, conciencias cósmicas, seres astrales o demonios? En Verne nada debería sorprendernos y, quizás ahora, la lectura de sus apasionantes relatos nos revele lo que ha permanecido oculto durante más de un siglo.

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