Categoría: Crítica

Reflexiones

¡Marchando una de asesores!

«Los que me conocen saben de mi aprensión hacia la «política» (con minúsculas y enfatizada por comillas) que se practica en todos los ámbitos de la actividad pública de este país (y cada vez con más interés, en lo privado). Escribo intencionadamente «practican» porque acceden a ella advenedizos, gente que no tiene la más remota idea de nada, que han fracasado en otros ámbitos de la actividad humana y se refugian, ¡y a qué precio!, en las poltronas del poder. A estas criaturitas las llamamos genéricamente políticos, cuando deberíamos llamarlos directamente con apelativos más altisonantes. Todo el que practique la política es político. Y como me decía el gitano castigado por impuestos que no entendía: «Qué mala es la política, que transforma a las madres en suegras».
Lo penúltimo que deseo comentar es el interés de estos nuevos señores feudales en la incorporación a su servicio (escribo bien) de un grupo de personas, designados como asesores. No tienen que ser expertas, ni siquiera tener conocimientos mínimos; simplemente, ser conocidos del mamarrundión de turno. En el caso de una empresa privada, que el dinero sale de los bolsillos de sus presidentes y accionistas, es lógico que dispongan de un Consejo de lo que sea, encargado de estudiar, discutir, consensuar y aprobar decisiones que afecten a la supervivencia de la misma.

Leo que en este país de canallas y mangantes, todo el que ostenta un cargo público se provee de asesores. Hasta los alcaldes más mindundis se rodean de amiguetes que se reúnen en buenos restaurantes para tomar decisiones que nos afectan a los contribuyentes. A esta pandilla de indocumentados, por mor de la política,  se denomina eufemísticamente «asesores». ¡El colmo de la incompetencia humana! Para echarse a llorar, vamos.

Resulta que estos asesores, sin dar la cara ni asumir responsabilidad alguna, asesoran al político de turno. Esta acción sería prueba suficiente para declarar incompetente para asumir las responsabilidad (aunque sea política) al político elegido o designado. ¿Esto pasa sólo en las Alcaldías, en las Comunidades Autónomas, en el Gobierno central; o es una práctica habitual en Europa, en el mundo? Porque el asesor no es el concejal que desarrolla una actividad delegada. No. El asesor, digamos, es como el ventrílocuo que pone la voz al muñeco que maneja disimuladamente con la mano para que los espectadores (en este caso, los inocentes ciudadanos) creamos que es el pelele el que habla. Maquinan en la sombra, se pronuncian con susurros, y se creen marcadores de tendencias, gurús que nos llevarán, si nadie lo remedia, hacia el precipicio de la bancarrota porque no habrá dinero para otra cosa que no sea pagar sueldos innecesarios. ¡Es que los alcaldes no se fían de «sus» equipos corporativos, de los concejales elegidos por él mismo! Y, repito, ¿son necesarios? Si es así, y estos superhombres llevan súper-estructuras, o abordan cuestiones que sólo ellos pueden llevar, ¿por qué no nombrarlos concejales, consejeros, ministros…?

¿Qué está pasando en este país donde la mancha de aceite de la «política» ocupa más de la mitad del papel? ¿Quién puede pagar tanto dirigente y asesor de dirigente? ¿Quién trabaja y contribuye a crear riquezas? ¿Quién fomenta el crecimiento, la creación de empleo, la distribución del bienestar social…? ¿Qué país puede soportar este tren de gastos? ¿Alguien cree que los «políticos» necesitan este despliegue de asesores para seguir haciendo lo que hacen?» ©ARG/mayo, 2013

La Humanidad reciente

«¡La política miope lo inunda todo! Lo vocacional ha dejado paso a lo sindical y nos movemos por intereses materiales. Esta democracia imperfecta ha traído consigo unos efectos indeseables que están minando la sociedad, sacando lo peor de los ciudadanos. No pensamos en los demás. El egoísmo es bandera de los comportamientos colectivos donde nadie se sacrifica por nada. Y así nos va… Por otro lado, los estados-taifas de las autonomías están demostrando ser una ruina en todos los sentidos. Cataluña, Vascongadas… renegadas y avariciosas. Así, nos hundiremos sin remedio. ¡Siento tanto asco por esta Humanidad, avariciosa y hueca!» ©ARG/junio, 2013

PRESENTACIÓN «EL CARTAGINÉS», en Sevilla

@ Ismael Yebra Sotillos

Sevilla, Círculo Mercantil e Industrial, 25 de octubre de 2012

A mi, personalmente, me parece un acto importante la presentación de un libro. Es, como se dice tópicamente, dar a conocer de forma oficial o presentar en sociedad el nacimiento de un hijo. Nacido hace pocos meses, hoy asistimos a lo que sería el bautismo. Estos acontecimientos, para mí, son siempre una fiesta, máxime cuando el padre de la criatura es un amigo de muchos años.

Conocí a Álvaro Rendón el 26 de enero de 1983 ¡Y él dirá que porqué digo esa fecha con tanta seguridad! Pues porque fue el primer día en que acudió a mi consulta, según he comprobado en la historia clínica que custodio en mi archivo. Yo conocía su mujer Victoria, a su prima Cristina, a otros primos suyos apellidados De los Santos, una familia muy conocida de la Puerta Real y la Hermandad del Museo, con alguno de los cuales coincidí en mis años escolares en los escolapios de Ponce de León.

Álvaro era un joven profesor de Dibujo que intentaba abrirse camino en el ámbito de la docencia y yo un joven médico que acababa de instalar la consulta tras finalizar la especialización en Dematología. Por aquella época, yo tenía la sensación, fruto de mi juventud y de la poca experiencia, de que todo el que acudía a mi consulta iría en los próximos días a otro médico, más experimentado y de mayor edad, que le certificase lo acertado o no de mi diagnóstico y mi recomendaciones terapéuticas.

Lo cierto es que se estabeció una relación que ha llegado hasta nuestros días que ha traspasado la para mi inexistente barrera que puede establecerse en la relación médico-paciente. Pienso, aunque suene a antiguo, que la relación médico-paciente no es una relación estrictamente profesional y, aún menos, comercial –no hay nada que deteste más que oír llamar a un paciente cliente–, sino más bien una relación afectuosa, comprensiva, llana, sincera y sencilla. El médico no es más que nadie, ni ocupa un lugar más alto que el que acude a solicitar sus servicios. Simplemente es un ser humano, normal como cualquier otro que, en un momento de su vida ha sentido la inclinación de ejercer la Medicina y que, fruto de sus estudios y su experiencia, sabe más del tema que otras personas, no por ciencia infusa, sino por la práctica y los conocimientos adquiridos. Y esta ciencia médica la debe poner al servicio del ser humano que lo necesite de forma no comercial sino ética y humana.

Desde ese primer encuentro nos caímos bien; se estableció lo que ahora llaman feeling. Luego supe de nuestra amistad común con ese gran prolíifico escritor que es Juan Eslava Galán. A partir de ahí, nuestra amistad sumó un plus literario. Ya, cada vez que acudía a la consulta, hablábamos unos minutos de Dermatología y del caso que tuviéramos entre manos, para pasar inmediatamente a los temas literarios. La consulta derivaba a comentarios sobre nuestras lecturas y proyectos literarios, me contaba sus devaneos con Juan Eslava en Barcelona tras el traslado de éste a la ciudad condal, hablábamos de la dficultad que encontraban los autores para publicar, no solamente los nuevos, sino también muchos de los consagrados. Aquello duraba hasta que mi enfermera, con un discreto toque de distáfono, me hacía descender al mundo real y finalizar la consulta ante la desesperación de los pacientes que pacientemente esperaban en la desesperada sala de espera.

Es para mí una gran satisfacción el hecho de que ese primer contacto entre Álvaro y yo, como digo allá por el mes de enero de 1983, se haya mantenido en el tiempo y haya ido creciendo hasta desembocar en este padrinazgo que me ofrece, para esta nueva criatura que ha tenido a bien dar a luz. Además de amigos, a partir de ahora, pasaremos a ser «compadres librescos».

Tiempo de lectura

Asistimos a una época curiosa en lo referente a la lectura y la literatura. Las estadísticas dicen que se lee poco, cuando estoy convencido de que nunca se leyó tanto como en nuestros días. Otra cosa es lo que se lea y que lo leído merezca la pena o no. Pero eso es otra guerra y en ella hay opiniones para todos los gustos. En lo referente a la literatura, asistimos perplejos a la desaforada infuencia de los críticos. Personajes éstos, por no decir personajillos, que creen ser poseedores de la verdad absoluta y a los que, según ellos, no debemos ni rechistar el resto de los mortales, aunque seamos lectores. Por desgracia, hasta los lectores más curtidos en múltipes batallas tardamos tiempo en darnos cuenta de que la crítica es una profesión sujeta al marketing de los grandes grupos editoriales y que su ejercicio, probablemente de forma licita, no es más que un modus vivendi extremadamente sensible a los vaivenes del mercado.

Con el tiempo y la experiencia lectora, he llegado al convencimiento de que lo mejor es asumir el dicho que afirma que «los gitanos se mienten unos a otros, pero no se engañan». Y así, semana tras semana, compramos los suplementos culturales de los periódicos, las revistas literarias, sabedores de que, en demasiadas ociasiones, no son más que catálogos de ventas como aquellos que por temporadas editan los grandes centros comerciales o las ferreterías. Reinicidimos una y tra vez, porque en el fondo nos gusta hablar de libros, de autores, de novedades editoriales. Somos unos cotillas que nos sentimos atraidos por esta especie de Hola literario de los suplementos culturales.

Viene esto a cuento de que la obra que presentamos «El Cartaginés» es ante todo una novela actual. Y al decir actual quiero decir que es una novela que se desarrolla en el mundo presente. Su localizalización, su lenaguaje, su tiempo, su temática, su forma narrativa son los de la época en la que, para bien o para mal, nos ha tocado vivir. Mi profesor de Literatura en el bachillerato resaltaba que la figura de Garcilaso, más allá de su magnífica y moderna poesía, el hecho de que pudiera ser considerado como un hombre de su tiempo, un representante perfecto del hombre renacentista. De la misma forma, el profesor de Literatura de nuestra Universidad de Sevilla, y en la que nos acompañaban Ángeles Caso, Juan Eslava y Paco núñez Roldán, argumentaba frente a los que tldaban a la novela actual como excesivamente comercial, que la literatura de finales del siglo XX y estos inicios del XXI, es así. Cuando alguien en el futuro se quiera acercar a la narrativa de esta época, tendrá que reflejar que «esto es lo que había». Sea buena, sea menos buena, sea como quiera que sea, el tiempo pondrá mejor las cosas en su sitio que la crítica apresurada y, con demasiada frecuencia, defensora de otros intereses más allá de los puramente literarios.

«El Cartaginés» es una novela de nuestro tiempo. Pertecene a la literartura del siglo XXI. Puede ser incluida en el género denominado negro y porta ya parte de la que podríamos llamar novela negra andaluza En nuestra tierra, tal vez nos falte imaginación para pensar nuestras ciudades y la sociedad actual sean tema novelesco. Somos demasiado dados a lo dramático y no estamos preparados para el desenfado y el ambiente cotidiano que asiste a la novela negra. Creo, sinceramente, que si en algo nos caracterizamos los españoles es en la falta de imaginación, España ha sido negra durante demasiados siglos y ese peso de lo dramático y de la fatalidad del destino nos ha pesado a lo largo de la Historia y nos sigue pesando. En «El Cartaginés» no ocurre esto. Sin necesiad de remontarnos al Londres de Sherlock Homes, al París de Maigret, a la Bruselas de Poirot, a la campiña ingleisa de Miss Marple, echamos de menos nuestra tierra a ese Carvalho de Barcelona o al Guido Brunetti de Donna Leon, descifrando crímenes en la Venecia actual.

Pues bien, ha nacido el inspector Cañete. Con bigotito fino pegado al labio superior, flamante y perfilado, muestra calva espectacular que alcanza la nuca, y ojos castaños que miran con fijeza. Así le describe su autor en la página 24 de la novela. Además, añade que lo que más odiaba de aquél personaje era la gentileza servil hacia la mujer de la que presumía, y su conducta machista. En otro momento, se le define como un retaco con bigotito.

Aparte de su aspecto físico -no digamos grotesco pero si nada apolíneo- Cañete, al que los conocidos llaman Charli, es natural de Herguijuela (Cáceres), se desplaza en un viejo Opel Corsa que pasa la mayor parte del tiempo en el taller de «Chispas», bebe «Dyc», es cliente asiduo del bar Las Columnas y adora la ensaladilla que prepara la mujer del propietario Concha Solán, en opinión del inspector la mejor ensaladilla de mariscos de Cádiz.

Para seguir conociendo mejor al inspector Cañete, digamos que admira a la Guardia Civil y que en la sintonía de su móvil suena «Paquito el Chocolatero». Al conocer al subdelegado del gobierno en Cádiz, Cañete afirma estar acostumbrado a los exabruptos de estos tipos bien vestidos que se creen señores feudales, que piensan que nos hacen un favor dejándonos votarles cada cuatro años. Más adelante, exclama: ¡Joder, con esta puta democracia que los ampara y les da derecho a hacer lo que les da la gana, sin rendir cuenta siquiera al programa por que fueron elegidos! Como verán, se trata de una novela actual.

La animadverión del inspector Cañete por los políticos le hace llegar, en un determinado momento, a encañonar con su arma reglamentaria al subdelegado del gobierno. Más adelante, en un comentario a un joven inspector recién llegado a Cádiz, Cañete insiste… En Política, los altos cargos son los retiros de gente acabada y políticos ineptos. Cuanto más alto, más inútil. Al torpe se le asciende porque jamás aspirará al puesto de quien lo subió. ¿Verdad que esto es suena?

Tampoco escapa la Universidad de las críticas de Cañete: La vida es como la Uiversidad: El jefe de departamento iempre nombre de ayudante a alguien más incompetente que él: así, cuando el designado llegue a ocupar la Jefatura, nombrará a alguien aún más incompetente. De este modo, en cuatro generaciones, el departaento habrá llegado al grado absouto de incompetencia. Cañete, como vemos, es un pura raza.

Otros personajes de la novela están bien caracterizados y nos resultan francamente creíbles en nuestro tiempo. Así, tenemos entre otros a Noriega, médico forense de la Facultad de Medicina de Cádiz, Salazar, subdelegado del gobierno en Cádiz y posteriomente sustitutido por Esperanza Linares. Ambos se llevan mal con Charli, llegando la segunda a definir a Cañete como intuitivo y chapucero. María José Castillo, profesora de Arte Antiguo de la Faculta de Geografía e Historia de Cádiz, y colaboradora de «El Cutural» de «El Mundo». Serafín, un joven inspector de policía compañero y colaborador de Cañete. Marta Zampayo, que viene de Canarias a Cádiz con la idea de reconocer al posible cadáver de su hijo desaparecido meses atrás. Brochas, un personaje de la vida nocturna gaditana, regente de un prostíbulo y siempre metido en negocios fuera de la legalidad. Anibal Dorado, joyero cordobés amante del mundo antiguo, sobre todo del fenicio, lo que le hizo ser reconocido con el sobrenombre de «El Cartaginés»; había alcanzado un gran capital gracias a la información priviegiada lograda primero con la UCD de Suárez, aumentada más tarde, con la llegada de los socialistas al poder.

La prosa del Ávaro Rendón es ágil y actual. Su lenguaje es el de la calle, unas expresiones y unas formas por las que seremos reconocidos en un futuro. El autor no busca el cultismo ni el juicio initeligible de palabras, sino transcribir lo que se dice en la calle, en la ida cotidiana de cualquier gaditano de la primera década del siglo XXI. Gracias a ello, sus personajes son francamente creíbles. Pero no piensen que todo se limita a decir pisha y joé. Escribir con sencillez y fluidez no es nada fácil. Es mcho más fácil caer en circunloquios y barroquismos ilegibles que escribir de forma natural y fluida. Y esa sencillez, tan solo aparente, la consigue Álvaro Rendón a lo largo de las páginas de «El Cartaginés».

La novela arranca de forma intrigante y atrayente como era de esperar: dos pescadores gaditanos descubren, al amanecer, un objeto flotando sobre el mar, cerca del Baluarte de la Candelaria, que resulta ser un cadáver descuartizado y mutilado. Una llamada a la policía y el inspector Cañete entra en acción. Todo parece indicar que se trata de un paredro, un sacrificio ritual de alguna secta que practica rituales secretos. A partir de aquí, descúbranlo ustedes mismos. Él les espera en su despacho de la Comisaría de Cádiz y en su desordenado apartamento en cuya terraza se relaja cuidando pájaros enjaulados. La trama les llevará de Cádiz a Las Palmas, a Córdoba… a rituales del Mundo Antiguo. Todo ello inmerso en situaciones que reconocemos en el mundo actual.

Gracias, Álvaro, por hacernos disfrutar con esta novela. Gracias, por contar conmigo para tener el privilegio de hacerte esta presentación. Gracias al Circulo Mercantil e Industrial por acogernos. Gracias a todos ustedes por su presencia. De ahora en adelane, estoy seguro de que cada vez que vayan a esa ciudad hermana tan maravillosa que es Cádiz, la figura de Charli-Cañete les acopañará por sus rincones. Si ven a alguien tomando cerveza con una tapa de ensaladilla y están seguros de que se trate de él, no lo olvide: es calvo, bajito, de aspecto seboso, sobre su boca se dispone un afilado bigote y en su móvil suena «Paquito El Chocolatero».

Sanabria, septiembre de 2012

El Puerto no está muerto

© Álvaro Rendón Gómez
(Artículo aparecido en Gente del Puerto, el 9/06/2012; nótulo 1.406)

Me rebelo cada vez que oigo que El Puerto se hunde en la miseria de sus escasos recursos económicos, cuando siento en el ambiente la abulia del “ya no se puede hacer nada” y palpo el derrotismo crítico contra aquellos que pretenden aportar soluciones. Me sublevo porque quiero pensar que no llevan razón. Después, cuando compruebo lo insolidario que es el portuense ante este tremendo problema, me hundo en una desesperanza crónica. Y grito, ¡que ya no tenemos pesca, ni bodegas, ni industrias, ni comercio…!

¡Que es hora de despertar! ¿Es que no os dáis cuente que el turista no nos sacará de esta miseria, que es pan para hoy y hambre para mañana, sobre todo cuando son azotados en verano por quienes pretenden recuperar en dos meses la ruina del otoño y el invierno? Y el ayer en el que sueña el portuense es un lastre, una venda que nos impide ver el futuro ¿Dónde están los emprendedores? Y cuando surgen, ¿cómo os tratamos? ¿Dónde está aquel pueblo próspero que conocí hace años, esa gente entusiasta de mirada limpia, plena de esperanza, que transitaba ocupada por las calles…?

¿Alguien ha analizado seriamente la situación, ha encontrado la raíz del problema y, sobre todo, conoce la solución? Si es así, me gustaría sentarme una mañana con él, en el Bar Vicente mismo, y hablar sobre cómo llevarla a cabo, qué mecanismos tocar para que el motor de este viejo trasto funcione.

La gente está hundida. Lo presiento. No vive con la ilusión que yo sentía de niño. Evita la muerte mirando para otro lado. ¡Es que, como portuenses, les da igual esta situación…! Pero, ¿es que no les entra nada por el cuerpo saber que la ciudad cuenta con muy pocos recursos productivos, aparte de bares, cafeterías, restaurantes y vendedores de patatas fritas en el Parque; que no ha dado con la tecla del turismo que deja dinero? ¿Nos resignaremos a seguir quejándonos de la situación, sin arrimar el hombro y pensar con optimismo que esto tiene solución y que no debemos esperar de fuera lo que no somos capaces de generar dentro?

Quiero pensar que en que cada portuense hay un corazón que late y llora por lo que ve a diario. Deseo en lo más hondo de mi alma que reaccione de una vez. Aún estamos a tiempo de reanimarlo, practicar el boca a boca y que todos los portuenses dejemos a un lado nuestras diferencias por un objetivo común: El Puerto, nuestro Puerto…

Perdonarme pero hoy he paseado por las calles de El Puerto y apenas me he cruzado con peatones. Los pocos comercios que aún permanecen abiertos eran islas de un único náufrago, el dependiente.

España, país de papafritas

© Álvaro Rendón Gómez, noviembre 2010
Una papa-frita es una fracción delgada, menuda y frágil del almidón de patata, frita en abundante aceite para quitarle lo correoso y que cruja al roerla con los dientes. A pesar de que el alimento lo tiene en la cáscara, la pelamos y, además, añadimos sal para que no esté tan sosa.
Al igual que con el tubérculo, un papafrita es una criaturita humana, un espécimen humano al que se le ha quitado la última capa, esa que vemos y con la farda; es decir, vestidos caros, títulos de casi todo, coche último modelo y turneado a ser posible y su pertenencia a algún club que marque diferencias, exclusivo y caro-carísimo. Sométale a un pequeño análisis en capas finas, dos o tres preguntas longitudinales o transversales sobre sentido de la vida, futuro o sociedad. No hará falta freírlo para que cruja, con el escueto interrogatorio anterior será suficiente. Expóngalo al sol (vuelta y vuelta) restregado con cremas protectoras con sabores diversos, esencia de zanahoria, limón del Caribe, melocotón suave, urea o áloe vera, ¡verá cómo su mesa el cabello apergaminado con alguna loción brillante, se contornea y mira por encima del hombro!
Este tipo de papafrita, menudo y crujiente, bronceado, soso-sosísimo sin remisión e impedido de afectación, es fácil encontrarlo merodeando la jungla de carne, alcohol y música a todo volumen a partir de las doce de la noche (la hora de los lobos y las sabandijas). No se moleste en obligarlo a contar un chiste, a comportarse como una persona normal porque es inútil, su pose es prestada y no es simpático. Monotemático, insustancial y hasta desaborido que no se salva pese a la mucha sal que podamos echarle. Déjelo en su insipidez e insustancialidad originales y, por favor, no trate de trabar amistad con ellos. Los papafritas son rara-avis que forman nidadas raras-raras-raras y curiosas, grupúsculos curiosos a los que llaman «conocidos». Van siempre encerrados en lujosos envases metálicos a modo de panfletos de mal gusto que, como los paquetes-bolsas a los que imitan, nunca dicen la realidad de lo que podemos encontrar en su interior.
Hay otro tipo de papafrita más vulgar y artesano, el papafrita que lo es de nacimiento; es decir, que han heredado el papafritismo de rancias familias papafritas. Y, luego, están los papafritas made-himself , los «hechos a sí mismos», papafritas cultivados que se delatan los viernes o sábados noches. Estos son los que más porculo dan porque van llamando la atención disfrazados de Mercedes, Be-eme-uves, o potentes todo-terrenos de ruedas de camión sólo para acojonar a los peatones. Estos van así para disimular su vida gris y su ausencia de imaginación. Llevan la música a tope de una jerga extraña que casi siempre habla de amores del siglo pasado entre gorgoritos gitanos, declamado rap y esos golpes de bajo o percusión que hacen vibrar toda la carrocería del turneado. La camisa, un dechado de mal gusto, nunca va a juego ni con el peinado ni con las gafas que llevan únicamente para que a los pelos no les de el sol. Sus cabezas, talladas a golpe de maquinilla de cien euros, dejan dos patillas (que con las que le sirven para patear el acelerador del turneado, don cuatro; por tanto, son cuadrúpedos, en el amplio sentido de la palabra) que enlaza en un alarde de sutileza con las pronunciadas quijadas del fulano, dejando un hilillo de pelos teñidos en variados tonos que le recorre el borde de la cara, justo antes de coger la depresión hacia el cuello. De modo que, al llegar a la barbilla, la muestra de artesanía peluquera se bifurca. Una rama toma con decisión la vía superior y circunda con extraordinaria habilidad la comisura de los labios. Tras cinco horas frente al espejo un viernes-tarde, de vaciarse sobre las axilas veinte gotas de Dolce/Gabana –que es como decir, ¡una barbaridad! porque el perfume huele que apesta!– el resultado es un marco de pelos que siluetea la cara y destaca la cresta central, abultada y apergaminada con gel de espuma.
Para acabar con el cuadro, suelen levantarse los cuellos de casi cualquier cosa que se pongan sobre los hombros. Quizás porque lo han visto en películas de Drácula o a horteras de la Universidad de Siracusa, Estados Unidos de Norteamérica (donde dicen que los ríos pasan por debajo de los puentes), en esa fiesta de instituto donde alguien truca el ridículo ponche y la muchacha es violada por cinco cafres, o hay un asesino en serie que espera a la chica más tonta (que es la que está más buena, por el contrario, que los asesinos en serie no son tontos, que !son la polla!) para darle un susto de muerte. ¿Qué opinar de esos dos botones desabrochados que dejan al descubierto el pecho impoluto de su última depilación y, al mismo tiempo, dan salida a gruesas cadenas doradas, a un tatuaje generalmente de alguna letra china o ninja que, lo más probable es que diga algo impertinente y el individuo, que no sabe chino, coreano o japonés, no se da cuenta de la barbaridad que lleva tatuada, o ese barrillo disimulado con clearasil-ultra a modo de maquillaje que mancha las orejas de la muchacha cuando reposa cándidamente su cabeza sobre el pecho del papafrita? ¡Pobrecita, va lista con el ejemplar que acaba de cazar! ¡Que alguien me traiga una mascarilla de oxígeno…!
¡Qué decir del papafrita-funcionario! De ese ser mediocre y retorcido, que ocupa un cuartucho gris porque el despacho «putamadre» es del político de turno que lo ha colocado como tapón del negociado que justifica sus nóminas –¿para quién es el «negocio» para mí o para el político que se lo está llevando calentito en el pedazo de despacho adjunto que pagamos los españoles?–. ¡No se han fijado que entre el papafrita-funcionario y la gente que se acerca papel en mano hay siempre un tabique-mostrador que protege las relaciones entre ambos!
A mi me aburren estos papafritas-del-tampón o sello, los que han centrado su vida en interrumpir el fluir de lo que sea, censurar lo que brota espontáneo y pudrirlo todo. No crea el lector que hay pocos especímenes de este tipo. Se dan en todos los estratos sociales. Se hallan alojados en las densas corrientes de la Administración (ahora que nuestros genios de la política la han multiplicado por cinco y el costo de la operación por no-se-sabe-por-cuánto), en las mareas negras de despachos vacíos (estos papafritas desayunan dos y tres veces al día) dejándose llevar, flotando a favor del «régimen» que toque en esos momentos, o terminan orillados en algún pasillo, impedidos de  navegar porque su papafritismo dejó de beneficiar a alguno de los chicos del «Club la democracia parlamentaria».
Y, ya que hablamos de papafritas, hablemos de los que la consienten con un sistema educativo propio de un país de resignados e incultos, de las discusiones todos a la vez de Telecinco (telahinco) o Gran Hermano, del triunfo por pelotazo y de apuntarse al «club» cuanto antes, porque es ahí donde está la pasta.
Reconozco que, sin quererlo, estos señoritingos del «Club» nos han convertido en los más imbéciles papafritas del Planeta. Nos han hecho creer que los elegimos nosotros con nuestros votos y es mentira: Lo eligen los partidos, el amiguete que elabora las listas o el medrar sigilosamente en los congresos. Mientras sigan existiendo listas cerradas y yo no pueda elegir al vecino que conozco y que defenderá lo que le interesa a los demás vecinos, esto seguirá siendo una democracia-papafrita, que es como decir democracia-orgánica que tan malos recuerdos le traen a algunos.
Ese voto tetra-anual está trucado. No es un voto sino una factura pagadera a plazos. Esa parte del contrato-votación se la callan. No hablan de la factura, de las prebendas que obtendrán por «representarnos», o de cómo vivirán a costa del pueblo explotado. Pero, ¿quién cojones ha votado esos sueldos que disfrutan? Desde luego yo no y estoy cansado de preguntar y todos esconden la mano negando. ¿Con qué criterio se han fijado un mínimo de 74.000 euros al año para hacer lo que dicen que hacen. ¿Hacienda no somos todos? Si es así, ¿por qué a ello sólo les retiene un 4,5%?  Y no me consuela el saber que no son más que ochenta mil –la capacidad de un estadio de fútbol grande-, porque comen como ochenta millones. ¡Jodér, si se están riendo de la Carta Magna, esa que reconoce la igualdad entre todos los españoles! Si ellos se jubilan con sólo siete años de ejercicio –que digo yo, que qué ejercicio hacen, además de practicar el apretar botones con los pies, leer la presa, viajar gratis, disponer de chófer y de varios «audis-a-ocho» de 500.000 euros –porque está blindado y es probable que hasta le corte las uñas de los pies- a la puerta del despacho; cuando los españiltos papafritas lo hacemos a los 65 -el proyecto es hacerlo a las 67–, después de 35 años cotizando (y no un 4’5%, por cierto) y, cuando lo hacemos, tenemos un tope que nunca se revisa: nadie, excepto ellos, pueden rebasarlo.
España es un país de papafritas, y ¡nos gustan tanto que aquí estamos, viendo cómo esto se llena de moros, rumanos, rusos, serbios, hispanoamericanos y todo el que pase por el estrecho y lo vea la patrullera de Salvamento Marítimo! Y, oiga, ¡todos con derecho a voto, como usted y como yo que soportamos la «cosa» desde hace años!
Atención a lo último que me he enterado. Se ha constituido el primer partido musulmán a escala nacional. El Partido Renacimiento y Unión de España (PRUNE) y vienen dispuestos a regenerarnos moral y éticamente, a ponernos firmes y hacer de España una República Islámica. ¿Creéis que esto les importa a estos muchachos de la democracia? Les importa un bledo, ¡mientras no le quiten la posibilidad que la mano tonta siga trabajando a su favor…!
¡En cuanto pongan la maquinaria a punto estos moros nos ponen mirando a la Meca y con los pantalones bajados! ¡Atento el feminismo patrio! ¡Atentas las Aidas de turnos, los negociados de igualdad y demás filigranas del amor más libre y abierto, que estos moros vienen dispuesto a poner de moda el gurka y el veo islámico! ¡No digamos nada de lo matrimonios monoparentales!
Y, si no, al tiempo…

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Primera carta al Alcalde de Sevilla

©Álvaro Rendón Gómez, mayo 2010

Excmo. Sr. alcalde de Sevilla: ¡Hágame caso! Para lo que sirven las señales de tráfico, mejor las vende como chatarra y arregla el desastre de presupuesto municipal. De paso, dígales a los ciclistas que el llevar dos ruedas no significa ir atropellando a los peatones por las aceras. Que no sabe usted lo qué son aceras… ¡Que a usted le gustan las bicicletas! Entonces, ¿por qué no va a trabajar en ellas y deja en la cochera el vehículo oficial que parece tener la bula para circular por donde el municipio que usted preside ha prohibido.
¿No era usted el que decía que «Sevilla para los ciudadanos»? ¡Pues, ahí lo tiene,  como ciudadano y como peatón exigimos pasear seguros por la acera! Ah, que no sabe qué es un peatón… Pues, mire usted, el peatón es ese señor imbécil que se cree las promesas de los políticos y que ve cómo sus impuestos lo despistan en levantar calicatas sin ton ni son, en comenzar obras faraónicas que, después de gastar diez veces el presupuesto de partida, aún están en los cimientos. Pásese, si no, por la Encarnación. ¡Ah, que le da vergüenza! ¡Cómo se conoce que usted no ha de saltar coches aparcados en las aceras para desplazarse por Sevilla, que no tiene que salvar bidones de basura o contenedores de obras!
Hágame caso, señor alcalde, quite las señales que nadie respeta, despeje las aceras y explíquele a los municipales que hay unas ordenanzas que ellos deben hacer cumplir. Tal vez así no se vea usted tan apurado económicamente, que no tenéis dinero ni para pipas… Y no lo digo con segundas.

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Segunda Carta al Alcalde de Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez, mayo 2010

Excmo Sr. alcalde de Sevilla: Hoy no quiero mentar a la «bicha»; así que, no se sienta aludido o incómodo. Quiero hablar de eso que tanto le molesta a usted pero que usa con tanta asiduidad: El coche. A pesar de no existir un estudio serio al respecto, ni siquiera del INE (Instituto Nacional de Estadística), no es aventurado por mi parte afirmar que el coche es un objeto de uso tan estúpido como caro. Lo de estúpido va porque nos hace creer que somos independientes, tan superiores como los centímetros cúbicos del motor que conducimos y vanidosos como el brillo encerado de su pintura o el tapizado de piel natural de su interior. Además de representar para Sevilla una auténtica invasión, la más importante que ha tenido en los últimos milenios, sigo pensando que la solución que los de su equipo han dado al problema invasivo no la respeta ni usted mismo. Vayamos por parte. ¿Por qué es un objeto caro?  Porque, si atendemos a la vida media de un coche, de aproximadamente diez años, sabemos que cinco de ellos lo estará a pleno rendimiento, y los otros cinco (cuando no son ocho o, incluso, nueve más) con problemas que se solucionan visitando periódicamente el taller. Eso, sin contar con que se produzca un accidente (Dios no lo permita), que baje la media antes señalada. Si atendemos a los gastos  mensuales, un cochecito de dos millones y medio de pesetas (unos quince mil euros de los de ahora), lleva unos gastos añadidos (entre la gasolina que consume en los 10.000 kilómetros/año y consumo 0,8 litros/km a 1’3 €/litro, taller, financiación, impuestos de circulación municipal y seguros) que suelen rondar tres veces su precio. Es decir, que tener un coche aparcado en la acera, o sobre ella (que en Sevilla da igual) sale por siete millones y medio de pesetas. Setecientas cincuenta mil pesetas cada año de los diez de vida media; sesenta y dos mil quinientas pesetas mensuales (unos trescientos cincuenta euros mensuales).

Si se vende al término de esos diez años no nos darán por él más de mil quinientos euros (si encuentra alguien que quiera dárselos y que no sea un desguace). Es decir, que en esos diez años le has perdido a la «inversión» la friolera de 13.650 euros. Una ruina como inversión y carísimo como medio de transporte; pues le sale a doce euros diarios (incluidos los fines de semana que apenas lo utilizas para ir a trabajar). Y si, encima, sólo lo utilizas un fin de semana cada dos meses (porque ¡no veas cómo es la crisis, tío!), ya me dirás qué haces que no lo vendes ya y te vas en taxis a la ventita del Aljarafe que, seguro, que te sale más barato y cómodo.

¿No se da cuanta que está sacrificando su economía, familiar y municipal para mantener un “juguete” carísimo? Y no contamos  con que ensucia las calles, molesta con sus ruidos y que es la principal causa de muerte de los últimos años (por encima de enfermedades tan graves como el sida, el cáncer o el estrés del trabajo que me parece que ya veo que a usted esto ni le va ni le viene).
Y, por otro lado, sería interesante averiguar su verdadera utilidad. Juzgar y decidir si merece la pena seguir por esa línea del transporte individual en una ciudad atosigada por unas normas municipales que asfixian al peatón. Si es así, si estimamos que nos devuelve la libertad uno o dos días a la semana porque podemos salir al campo (a llenarlo de latas y bolsas de plástico), a respirar el aire que en la ciudad el coche contamina; o permite independizarnos de la esclavitud de una ciudad cargada de coches, pues hagamos lo siguiente: ¿por qué no elevamos una carta a los fabricantes (Seat, Volkswagen, Renault, Volvo, Nissan, etc) proponiéndole la ingeniosa idea del coche-objeto-aparcado? Ya no compraríamos el modelo Fiesta, o Ibiza, o Málaga, o Prestigie, sino el modelo Calle San Vicente, Calle Maestranza, o, tal vez, el utilísimo modelo Paseo Colón. Algunos fabricantes podrían ser más atrevidos y diseñar modelos aún más concretos, como “acera del Hotel Triana”, “parterre de los Jardines de Murillo”, calle Gamazo o callejón de San Roque. No pienso que sea nada descabellado si tenemos en cuenta que el 90% de la vida media de un coche en esta ciudad del orden se la pasan aparcados en esos sitios.
Y si, después de leer mi alegato anti-coche, piensa que soy partidario de la bicicleta, como imposición o como negocio del Ayuntamiento (que ya no sabéis qué inventar para sacarnos los cuartos) y de llenar de carriles bicis toda Sevilla, se equivoca.  Vería con buenos ojos la alternativa ecológica y progresista de las bicicletas si respetasen sus propios carriles, como a mí se me exige no invadirlos; o que circulasen con las debidas precauciones (luces, frenos, timbre, seguro, etc.). Las bicis no son el único problema del sevillano, aunque sí el que le produce más rechazo por la impunidad con la que actúan esos «kamikaces» que van montados casi por cualquier sitio, que no se les espera llegar por lo silenciosos que son y que ocupan los pocos espacios que le han dejado esos carriles que apenas utilizan. Casi peor que todo eso son las miles de obras sin obreros que invaden aceras, esas toquillas verdes, con más mierda que el sobaco de una tonta que cubren estructuras de hierros oxidados que tapan fachadas e imposibilitan el tránsito, los montones abandonados de tierra, maderas, hierros retorcidos y cajas de cartón que invaden las escasas aceras que van quedando (¿es que estos señores del ladrillo no reciclan y yo tengo que patearme tres calles para depositar mis cuatro bolsas de colores?), o las ejecuciones inauguradas aunque sin rematar. Eso sí «molesta» casi tanto como las motos aparcadas casi en cualquier sitio y las losas mal pegadas que se mueven. Otra Sevilla es posible, excmo. sr., pero dudo mucho de su capacidad para realizar «ese sueño», cuando compruebo que sus intereses van por otro lado, que la ciudad le importa tres c…, y que los ciudadanos solo le preocupamos una vez cada cuatro años y porque pagamos cinco y seis veces cada una de vuestras incompetencias. Y digamos como con Barcelona que es bonita desde el Tibidabo, que Sevilla es bonita desde su poltrona.

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Tercera carta al alcalde se Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

Excmo Sr. alcalde de Sevilla: ¿Ha observado las veces que se levantan las calles?, ¿ha soportado el ruido que producen los infernales martillos hidráulicos a horas intempestivas junto a las ventanas de los dormitorios; las cubetas llenas de escombros mortificar las aceras arrastrándose por el asfalto y deteniendo impunes e indolentes el tráfico y la libre circulación de viandantes; los montones de adoquines dispersos: los trozos sucios de plástico inundando los portales; las vallas amarillas cortando la libre circulación de cualquier bicho viviente que se les antoje a sus dueños -dogmáticas, xenófogas, insultantes e incívicas-; o las filas de coches aparcados en los pasos de cebra, dejando sólo unos pequeños huecos entre ellos por donde atravesar de una a otra acera?
Le propongo una solución, señor, con todo el respeto que se merece su autoridad (con permiso de su socio). Dado que parece imposible controlar las reiteradas aperturas de “calicatas” en la vía pública (¿?), porque los encargados de ponerse de acuerdo no lo hacen (Telefónica-Imagenio, Emasesa-Endesa, Gas Andalucía-Fenosa, y esos genios de la calicata que pase por ahí y decida agujerear el asfalto; porque, me dará usted la razón, Sevilla es así: caótica y pinturera), que sea el Ayuntamiento que Usted preside (cuando no está su socio) quien las haga. Sería una inmensa y descomunal calicata que circule por todas las calles y callejuelas de nuestra Sevilla (ya sabe, aquello que tanto amamos usted y yo). Tendría la ciudad de patas arriba durante un año, dos o tres y, aunque no se precise en esos momentos, canalice gas, repare el alcantarillado, instale nuevas líneas, coloque mangueras eléctricas… ¡con las comisiones que esto puede generar, seguro que alguien por ahí se jubila! No repare en gastos. Está demostrado por la experiencia de siglos que al mes, o así, de cerrada una zanja se abre de nuevo para otra intervención, y así legislación tras legislación. ¡Con razón los políticos se pelean por «trincar» la concejalía de obras públicas –que no sé porqué la llaman pública, quizás porque se hace en la calle, porque muchas de ellas, de utilidad pública…, hasta poco –. Si le parece demasiado disparatada esta idea, o difícil de financiar a corto, medio o largo plazo, rediseñemos el concepto de “calicatas”, que eso de re-definir, re-nombrar, re-visar y re-diseñar parece que le gusta mucho al partido que le tiene a usted en ese pedestal inútil para la ciudad, y cambiemos su estructura y función, elevemos a la post-modernidad su forma externa, potenciemos el buen gusto y la comodidad ciudadana.
La “calicatas” serían como una alacena de hormigón del largo de la calle, llena de tubos y cables. Sea generoso en esto de colocar tubos. No más estética que una zanja conteniendo arquetas, llaves de paso, mangueras, la fibra óptica del demonio, todos los voltios del mundo y el gas ése que estalla cuando menos se lo piensa uno. En vez de taparlo con tierra, adoquines y /o asfalto, colocaríamos puertas de hierro fundido -pediríamos, para ello, el experto consejo de Marvizón, que tanto bien sigue haciendo a esta ciudad-, para poderse abrir cada dos metros. Entreguemos copia de la llave maestra a cada una de las empresas que gustan de las primigenias y atrasadas zanjas. Cuando necesiten algo no tendrán más que decirle a la cuadrilla de obreros:
– Mañana, abrir en San Mateo…
– ¿Nos llevamos el martillo?
– No seas bruto, Pepe, abre con la llave…
– ¡Vale!
Es lo civilizado. ¿Cuesta mucho ésto, señor…?

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Cuarta carta al alcalde de Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

Excmo Sr. Alcalde de Sevilla, amo Sevilla pero no puedo decir que como usted. Deseaba un buen alcalde para ella, que la amara y la cuidara, conservando los encantos que ninguna otra ciudad tiene. Porque, ¡para qué quiero una ciudad como Nueva York a orillas del Guadalquivir, una ciudad como Chicago pegada al Aljarafe, o un Transvaal con sol de oro como este de Andalucía… Mire usted, Sevilla es como es; sencillamente la envidia de oriente y occidente. Y resulta que nos toca por esas cuentas que echa el diablo y la mala suerte un alcalde como usted, que nada más hay que verlo para saber lo que le gusta y le disgusta y cómo obtendrá lo que le gusta y como despreciará lo que no le gusta. Ya digo, que la cara es el reflejo del alma y usted de alma sevillana más bien poquita, ¡para qué engañarnos!

Si alguien me convenciera de que todo cuanto usted hace es por amor a Sevilla, vería que en ese caso se estaría produciendo una relación sado-masoquista, malsana y desviada porque no es así como la gente se aman, señor; que Sevilla no es así, que a ella le gusta el mimo y el piropo, no el desgarro y el insulto, que no quiere amores de esos; como tampoco quiere alcaldes que la quieran por el interés; y, últimamente, cada vez se le arriman más pretendientes de estos últimos.

No puedo entender esos proyectos faraónicos, sr. alcalde. Esas obras de años que arruinan las arcas y nos somete a unas subidas de impuestos cada vez más de gran ciudad. ¡Si fueran de piedra, hormigón o materiales duraderos! Pero es que usted se empeña en gastarse varias fortunas en levantar una especie de «portada permanente de feria», con cuatro tablas carísimas. No se da usted cuenta que eso es una estupidez como una casa, que eso se cae, que eso no dura, que le han engañado, sr. alcalde… Tanto le cuesta entender que ese dinero le hubiera venido mejor para seguir reservando parcelas de Sevilla para vuestro exclusivo uso y disfrute; porque el ciudadano no es tonto como usted se cree y se da cuenta que cada día es más difícil transitar por Sevilla, que aumentan las calles reservadas para la gente del Ayuntamiento, con acceso restringido a los vehículos oficiales, coches de representación y enterados con el sellito de NODO pegado en un lateral que, por lo visto, es como la gula «que pueden comer carne cuando los demás nos tenemos que contentar con pan y agua» (más agua que pan).
Tampoco puedo agradecerle el que siempre contrate a los técnicos más torpes y más caros del planeta cuando el Consistorio que dirige (porque lo dirige usted, ¿verdad?) decide estudiar un problema «acuciante», como el tráfico o vuestra propia gestión administrativa (que no se puede definir más que como caótica). En cuanto a las actuaciones geniales de tráfico, basta con acercarse a Luis Montoto. Desde luego le ha venido de escándalo al fabricante de separadores de plástico (¿llegan a los mil?), que hizo su agosto, septiembre y octubre con la súper-venta (¿habrá que preguntarle si ya ha cobrado la factura?). Acérquese, señor, y mire esa maravillosa avenida con aceras valladas y acceso cero del usuario que desea coger un taxi, tanto para el ciudadano normal como el impedido, con esa entrada a Clínica Santa Isabel que da vergüenza ajena, con ese maldito carril bici que impide el aparcamiento de ambulancias (ni urgentes, ni normales). Pero, vamos a ver, ¿cuántos bicicleteros usan los carriles bicis, señor alcalde? Si los veo que pasan de ellos, y que tampoco lo usan los de las motos (otro día hablamos de esos «intolerantes de las dos ruedas»)

Esta ciudad precisa pequeñas actuaciones técnicas y mano dura para que los que sistemáticamente no cumplen las normas, lo hagan; Sevilla está cansada de tantas genialidades políticas que deslumbren al electorado dos meses antes de cada nueva elección y después se quede como esa plaza de la Encarnación, botón de muestra de su insultante actuación. Y que conste que no le pregunto, aún, cuánto llevamos gastado en esos palos pegados con cola Glump. Estamos cansados de “plazas de diseño», pasto de los jóvenes con patinetas y patines que se cargan el enlosado de mármol (¡a quién se le ocurre poner mármol en una plaza!),  “carteles progresistas” que no se saben qué ensalzan, anuncian o proclaman; de “metros” que no llegan a dos centímetros, anunciando detergentes por las zonas elegantes de Sevilla (¡es que no hay vergüenza en esa casa de todos, señor alcalde!)

Hágame un favor (otro favor, si quiere): Deje usted las grandes líneas de actuación política para jugar, sobre el papel, a ser político; olvídese de los juegos de mano, de los circunloquios, de las promesas con sorpresas desagradables, con demasiadas contradicciones y pésima administración de lo público. Despida esos consejeros que aconsejan mal (¡aproveche ahora que el Gobierno ha abaratado los despidos!); no se quede con esos maquilladores de imagen, ilusionistas del voto agradecido y del despistado, y sea usted sincero con Sevilla por dos razones: Porque nadie ensucia su propia casa y porque nadie debe ensuciar la casa ajena. Quiero decir que, tanto si se cree sevillano como si no lo es por lo que parece, no ensucie el nombre de Sevilla, señor. Sea sevillano por un día y pateee como ciudadano esta Sevilla que nos está dejando: un disparate de tráfico, inseguridad e  impunidad en el incumplimiento de las normas, impuestos asfixiantes e impedidos a salir del zaguán de la puerta por miedo a ser atropellado por una bicicleta, una moto o una furgoneta de reparto que se sube a la acera. Empiece a mimar a Sevilla, o seguiremos esperando al alcalde que cumpla lo que usted, y otros alcaldes como usted, nos prometieron con tanta alegría e insistencia: «Una ciudad de las personas», ¡ahí es ná!

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Quinta carta al alcalde de Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez,  agosto 2010

Excmo. Señor Alcalde de Sevilla: Hoy tengo la cabeza llena de preguntas que no encuentran respuestas. Me angustia saber que, por ejemplo, en todo este asunto de la vida en libertad que, se supone, nos trajo la democracia, sólo la disfrutan políticos, putas, maleantes y esos rumanos que han invadido nuestra ciudad. Es una democracia falaz, llena de patrañas y cuentos que muchos infelices aún la respetamos. Lo habéis acaparado todo, como en la  época del totalitarismo más voraz. Denunciáis lo que os interesa y controláis a los que no pagan, haciendo la vista gorda a los de vuestra cuerda que roban para el partido o para la partida de gente sin escrúpulos que no sirven ni para llevar el traje de Emidio Tucci sacado de gañote al Corte Inglés.

¡Vaya pandilla de manirrotos y corsarios!

Gente más interesada en llevar el agua de los votos al molino de la poltrona que la sostiene que en el bien de la ciudad o de la ciudadanía. Gastos suntuarios, plazas de basura que no duran ni tres meses en volverse a levantar para adecentar, farolas de diseño que al menor golpe se doblan o no encienden.

¡Vaya democracia de mierda que nos habéis procurado! ¿Creéis que la Democracia es organizar una votación cada cuatro años y después olvidaros de lo que se ha votado? ¿Quién controla que los programas se cumplan? Y no me refiero sólo a la democracia local. Ahí están los ejemplos que da ese señor que cuando habla sube el paro, o de nuestro bendito presidente autonómico, más empeñado en agrisar la labor de su predecesor que en cortar el despilfarro de tantas secretarias y sub-sub-sub-secretarías central

Toda la Administración está invadida como en el circo, de enanos y de enanas que sólo corretean sin hacer ningún numerito, siquiera gracioso. Esas ventanillas y despachos vacíos porque los señores que deberían estar trabajando a las nueve, a las diez o a las once, están de cháchara en el bar. Desayunando, dicen. Y, como no hay trabajo para todos, se cuadruplica el papeleo, se obliga a volver al ciudadano seis veces porque olvidan no se orienta bien acerca de las instancias, certificados o fotocopias compulsadas que deben acompañar esa determinada gestión. Lo habéis complicado todo con tanto arreglar lo que funcionaba bien, lo que quedaba demasiado claro y se corría el peligro de que el ciudadano se percatara del gran error del RE-CAMBIO.

Nos equivocamos. Esto no es Democracia. Esto es igual que la democracia orgánica de Franco, de senadores que no representaban a nadie. Porque, ¿a quiénes representáis vosotros, hombres de listas cerradas, gente de partido, manada de estómagos agradecidos que pacen en los despachos como vacas sagradas de un sistema que despista al ciudadano? Explíqueme dónde está la diferencia entre votar estas listas cerradas de partidos y votar entonces a las listas cerradas de Falangistas, Opus Dei o de qué otro grupo presión, si hacéis exactamente lo mismo: Nada. Buen, nada no, que algo hacéis: empeorar y complicar la vida del ciudadano autorizando  escandalosas subidas en la contribución, la luz (otro día hablamos de la luz, de los limitadores y de la energía nuclear que compramos a otros países porque no se le puede llevar la contraria a los ecologistas, porque podrían alteraros las calles), agua (¡que la pagamos a precio de oro!), alcantarillado, transporte, asistencia social, salud, farmacia…; y a un costo infinitamente más elevado que entonces donde las habas estaban contadas. Ahora necesitáis a muchísimos más para hacer muchísimo menos.

¿De qué nos valen esas Cámaras locales, provinciales, autonómicas y nacional, que parecen  salones de Casino de pueblo con la gente bien comida y bebida leyendo el periódico, hablando por teléfono, ausentes en la siesta del carnero (que dicen que es la de media mañana), o hablando del sexo de los ángeles en esos debates donde se faltan a respeto entre ellos? Abran las listas electorales para seamos nosotros, el pueblo, quiénes elijamos a quien nos represente por encima de la disciplina de partido; no que parece que sea el partido quien le paga los sueldazos que cobran.
Ya ve usted, hoy no me siento muy demócrata viendo cómo la sociedad se degrada y la gente se arruina, sube el paro y los políticos seguís con lo de siempre: defendiendo la parcela de ese poder propio al que llamáis, eufemísticamente, poder público (¿dónde está lo público?, ¡a la hora de pagar…!)
Hoy lo veo todo negro, a pesar de que la selección nacional de fútbol es Campeona del Mundo.

Fíjese lo raro que soy…

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