Categoría: Cartas

Primera carta al Alcalde de Sevilla

©Álvaro Rendón Gómez, mayo 2010

Excmo. Sr. alcalde de Sevilla: ¡Hágame caso! Para lo que sirven las señales de tráfico, mejor las vende como chatarra y arregla el desastre de presupuesto municipal. De paso, dígales a los ciclistas que el llevar dos ruedas no significa ir atropellando a los peatones por las aceras. Que no sabe usted lo qué son aceras… ¡Que a usted le gustan las bicicletas! Entonces, ¿por qué no va a trabajar en ellas y deja en la cochera el vehículo oficial que parece tener la bula para circular por donde el municipio que usted preside ha prohibido.
¿No era usted el que decía que «Sevilla para los ciudadanos»? ¡Pues, ahí lo tiene,  como ciudadano y como peatón exigimos pasear seguros por la acera! Ah, que no sabe qué es un peatón… Pues, mire usted, el peatón es ese señor imbécil que se cree las promesas de los políticos y que ve cómo sus impuestos lo despistan en levantar calicatas sin ton ni son, en comenzar obras faraónicas que, después de gastar diez veces el presupuesto de partida, aún están en los cimientos. Pásese, si no, por la Encarnación. ¡Ah, que le da vergüenza! ¡Cómo se conoce que usted no ha de saltar coches aparcados en las aceras para desplazarse por Sevilla, que no tiene que salvar bidones de basura o contenedores de obras!
Hágame caso, señor alcalde, quite las señales que nadie respeta, despeje las aceras y explíquele a los municipales que hay unas ordenanzas que ellos deben hacer cumplir. Tal vez así no se vea usted tan apurado económicamente, que no tenéis dinero ni para pipas… Y no lo digo con segundas.

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Segunda Carta al Alcalde de Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez, mayo 2010

Excmo Sr. alcalde de Sevilla: Hoy no quiero mentar a la «bicha»; así que, no se sienta aludido o incómodo. Quiero hablar de eso que tanto le molesta a usted pero que usa con tanta asiduidad: El coche. A pesar de no existir un estudio serio al respecto, ni siquiera del INE (Instituto Nacional de Estadística), no es aventurado por mi parte afirmar que el coche es un objeto de uso tan estúpido como caro. Lo de estúpido va porque nos hace creer que somos independientes, tan superiores como los centímetros cúbicos del motor que conducimos y vanidosos como el brillo encerado de su pintura o el tapizado de piel natural de su interior. Además de representar para Sevilla una auténtica invasión, la más importante que ha tenido en los últimos milenios, sigo pensando que la solución que los de su equipo han dado al problema invasivo no la respeta ni usted mismo. Vayamos por parte. ¿Por qué es un objeto caro?  Porque, si atendemos a la vida media de un coche, de aproximadamente diez años, sabemos que cinco de ellos lo estará a pleno rendimiento, y los otros cinco (cuando no son ocho o, incluso, nueve más) con problemas que se solucionan visitando periódicamente el taller. Eso, sin contar con que se produzca un accidente (Dios no lo permita), que baje la media antes señalada. Si atendemos a los gastos  mensuales, un cochecito de dos millones y medio de pesetas (unos quince mil euros de los de ahora), lleva unos gastos añadidos (entre la gasolina que consume en los 10.000 kilómetros/año y consumo 0,8 litros/km a 1’3 €/litro, taller, financiación, impuestos de circulación municipal y seguros) que suelen rondar tres veces su precio. Es decir, que tener un coche aparcado en la acera, o sobre ella (que en Sevilla da igual) sale por siete millones y medio de pesetas. Setecientas cincuenta mil pesetas cada año de los diez de vida media; sesenta y dos mil quinientas pesetas mensuales (unos trescientos cincuenta euros mensuales).

Si se vende al término de esos diez años no nos darán por él más de mil quinientos euros (si encuentra alguien que quiera dárselos y que no sea un desguace). Es decir, que en esos diez años le has perdido a la «inversión» la friolera de 13.650 euros. Una ruina como inversión y carísimo como medio de transporte; pues le sale a doce euros diarios (incluidos los fines de semana que apenas lo utilizas para ir a trabajar). Y si, encima, sólo lo utilizas un fin de semana cada dos meses (porque ¡no veas cómo es la crisis, tío!), ya me dirás qué haces que no lo vendes ya y te vas en taxis a la ventita del Aljarafe que, seguro, que te sale más barato y cómodo.

¿No se da cuanta que está sacrificando su economía, familiar y municipal para mantener un “juguete” carísimo? Y no contamos  con que ensucia las calles, molesta con sus ruidos y que es la principal causa de muerte de los últimos años (por encima de enfermedades tan graves como el sida, el cáncer o el estrés del trabajo que me parece que ya veo que a usted esto ni le va ni le viene).
Y, por otro lado, sería interesante averiguar su verdadera utilidad. Juzgar y decidir si merece la pena seguir por esa línea del transporte individual en una ciudad atosigada por unas normas municipales que asfixian al peatón. Si es así, si estimamos que nos devuelve la libertad uno o dos días a la semana porque podemos salir al campo (a llenarlo de latas y bolsas de plástico), a respirar el aire que en la ciudad el coche contamina; o permite independizarnos de la esclavitud de una ciudad cargada de coches, pues hagamos lo siguiente: ¿por qué no elevamos una carta a los fabricantes (Seat, Volkswagen, Renault, Volvo, Nissan, etc) proponiéndole la ingeniosa idea del coche-objeto-aparcado? Ya no compraríamos el modelo Fiesta, o Ibiza, o Málaga, o Prestigie, sino el modelo Calle San Vicente, Calle Maestranza, o, tal vez, el utilísimo modelo Paseo Colón. Algunos fabricantes podrían ser más atrevidos y diseñar modelos aún más concretos, como “acera del Hotel Triana”, “parterre de los Jardines de Murillo”, calle Gamazo o callejón de San Roque. No pienso que sea nada descabellado si tenemos en cuenta que el 90% de la vida media de un coche en esta ciudad del orden se la pasan aparcados en esos sitios.
Y si, después de leer mi alegato anti-coche, piensa que soy partidario de la bicicleta, como imposición o como negocio del Ayuntamiento (que ya no sabéis qué inventar para sacarnos los cuartos) y de llenar de carriles bicis toda Sevilla, se equivoca.  Vería con buenos ojos la alternativa ecológica y progresista de las bicicletas si respetasen sus propios carriles, como a mí se me exige no invadirlos; o que circulasen con las debidas precauciones (luces, frenos, timbre, seguro, etc.). Las bicis no son el único problema del sevillano, aunque sí el que le produce más rechazo por la impunidad con la que actúan esos «kamikaces» que van montados casi por cualquier sitio, que no se les espera llegar por lo silenciosos que son y que ocupan los pocos espacios que le han dejado esos carriles que apenas utilizan. Casi peor que todo eso son las miles de obras sin obreros que invaden aceras, esas toquillas verdes, con más mierda que el sobaco de una tonta que cubren estructuras de hierros oxidados que tapan fachadas e imposibilitan el tránsito, los montones abandonados de tierra, maderas, hierros retorcidos y cajas de cartón que invaden las escasas aceras que van quedando (¿es que estos señores del ladrillo no reciclan y yo tengo que patearme tres calles para depositar mis cuatro bolsas de colores?), o las ejecuciones inauguradas aunque sin rematar. Eso sí «molesta» casi tanto como las motos aparcadas casi en cualquier sitio y las losas mal pegadas que se mueven. Otra Sevilla es posible, excmo. sr., pero dudo mucho de su capacidad para realizar «ese sueño», cuando compruebo que sus intereses van por otro lado, que la ciudad le importa tres c…, y que los ciudadanos solo le preocupamos una vez cada cuatro años y porque pagamos cinco y seis veces cada una de vuestras incompetencias. Y digamos como con Barcelona que es bonita desde el Tibidabo, que Sevilla es bonita desde su poltrona.

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Tercera carta al alcalde se Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

Excmo Sr. alcalde de Sevilla: ¿Ha observado las veces que se levantan las calles?, ¿ha soportado el ruido que producen los infernales martillos hidráulicos a horas intempestivas junto a las ventanas de los dormitorios; las cubetas llenas de escombros mortificar las aceras arrastrándose por el asfalto y deteniendo impunes e indolentes el tráfico y la libre circulación de viandantes; los montones de adoquines dispersos: los trozos sucios de plástico inundando los portales; las vallas amarillas cortando la libre circulación de cualquier bicho viviente que se les antoje a sus dueños -dogmáticas, xenófogas, insultantes e incívicas-; o las filas de coches aparcados en los pasos de cebra, dejando sólo unos pequeños huecos entre ellos por donde atravesar de una a otra acera?
Le propongo una solución, señor, con todo el respeto que se merece su autoridad (con permiso de su socio). Dado que parece imposible controlar las reiteradas aperturas de “calicatas” en la vía pública (¿?), porque los encargados de ponerse de acuerdo no lo hacen (Telefónica-Imagenio, Emasesa-Endesa, Gas Andalucía-Fenosa, y esos genios de la calicata que pase por ahí y decida agujerear el asfalto; porque, me dará usted la razón, Sevilla es así: caótica y pinturera), que sea el Ayuntamiento que Usted preside (cuando no está su socio) quien las haga. Sería una inmensa y descomunal calicata que circule por todas las calles y callejuelas de nuestra Sevilla (ya sabe, aquello que tanto amamos usted y yo). Tendría la ciudad de patas arriba durante un año, dos o tres y, aunque no se precise en esos momentos, canalice gas, repare el alcantarillado, instale nuevas líneas, coloque mangueras eléctricas… ¡con las comisiones que esto puede generar, seguro que alguien por ahí se jubila! No repare en gastos. Está demostrado por la experiencia de siglos que al mes, o así, de cerrada una zanja se abre de nuevo para otra intervención, y así legislación tras legislación. ¡Con razón los políticos se pelean por «trincar» la concejalía de obras públicas –que no sé porqué la llaman pública, quizás porque se hace en la calle, porque muchas de ellas, de utilidad pública…, hasta poco –. Si le parece demasiado disparatada esta idea, o difícil de financiar a corto, medio o largo plazo, rediseñemos el concepto de “calicatas”, que eso de re-definir, re-nombrar, re-visar y re-diseñar parece que le gusta mucho al partido que le tiene a usted en ese pedestal inútil para la ciudad, y cambiemos su estructura y función, elevemos a la post-modernidad su forma externa, potenciemos el buen gusto y la comodidad ciudadana.
La “calicatas” serían como una alacena de hormigón del largo de la calle, llena de tubos y cables. Sea generoso en esto de colocar tubos. No más estética que una zanja conteniendo arquetas, llaves de paso, mangueras, la fibra óptica del demonio, todos los voltios del mundo y el gas ése que estalla cuando menos se lo piensa uno. En vez de taparlo con tierra, adoquines y /o asfalto, colocaríamos puertas de hierro fundido -pediríamos, para ello, el experto consejo de Marvizón, que tanto bien sigue haciendo a esta ciudad-, para poderse abrir cada dos metros. Entreguemos copia de la llave maestra a cada una de las empresas que gustan de las primigenias y atrasadas zanjas. Cuando necesiten algo no tendrán más que decirle a la cuadrilla de obreros:
– Mañana, abrir en San Mateo…
– ¿Nos llevamos el martillo?
– No seas bruto, Pepe, abre con la llave…
– ¡Vale!
Es lo civilizado. ¿Cuesta mucho ésto, señor…?

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Cuarta carta al alcalde de Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

Excmo Sr. Alcalde de Sevilla, amo Sevilla pero no puedo decir que como usted. Deseaba un buen alcalde para ella, que la amara y la cuidara, conservando los encantos que ninguna otra ciudad tiene. Porque, ¡para qué quiero una ciudad como Nueva York a orillas del Guadalquivir, una ciudad como Chicago pegada al Aljarafe, o un Transvaal con sol de oro como este de Andalucía… Mire usted, Sevilla es como es; sencillamente la envidia de oriente y occidente. Y resulta que nos toca por esas cuentas que echa el diablo y la mala suerte un alcalde como usted, que nada más hay que verlo para saber lo que le gusta y le disgusta y cómo obtendrá lo que le gusta y como despreciará lo que no le gusta. Ya digo, que la cara es el reflejo del alma y usted de alma sevillana más bien poquita, ¡para qué engañarnos!

Si alguien me convenciera de que todo cuanto usted hace es por amor a Sevilla, vería que en ese caso se estaría produciendo una relación sado-masoquista, malsana y desviada porque no es así como la gente se aman, señor; que Sevilla no es así, que a ella le gusta el mimo y el piropo, no el desgarro y el insulto, que no quiere amores de esos; como tampoco quiere alcaldes que la quieran por el interés; y, últimamente, cada vez se le arriman más pretendientes de estos últimos.

No puedo entender esos proyectos faraónicos, sr. alcalde. Esas obras de años que arruinan las arcas y nos somete a unas subidas de impuestos cada vez más de gran ciudad. ¡Si fueran de piedra, hormigón o materiales duraderos! Pero es que usted se empeña en gastarse varias fortunas en levantar una especie de «portada permanente de feria», con cuatro tablas carísimas. No se da usted cuenta que eso es una estupidez como una casa, que eso se cae, que eso no dura, que le han engañado, sr. alcalde… Tanto le cuesta entender que ese dinero le hubiera venido mejor para seguir reservando parcelas de Sevilla para vuestro exclusivo uso y disfrute; porque el ciudadano no es tonto como usted se cree y se da cuenta que cada día es más difícil transitar por Sevilla, que aumentan las calles reservadas para la gente del Ayuntamiento, con acceso restringido a los vehículos oficiales, coches de representación y enterados con el sellito de NODO pegado en un lateral que, por lo visto, es como la gula «que pueden comer carne cuando los demás nos tenemos que contentar con pan y agua» (más agua que pan).
Tampoco puedo agradecerle el que siempre contrate a los técnicos más torpes y más caros del planeta cuando el Consistorio que dirige (porque lo dirige usted, ¿verdad?) decide estudiar un problema «acuciante», como el tráfico o vuestra propia gestión administrativa (que no se puede definir más que como caótica). En cuanto a las actuaciones geniales de tráfico, basta con acercarse a Luis Montoto. Desde luego le ha venido de escándalo al fabricante de separadores de plástico (¿llegan a los mil?), que hizo su agosto, septiembre y octubre con la súper-venta (¿habrá que preguntarle si ya ha cobrado la factura?). Acérquese, señor, y mire esa maravillosa avenida con aceras valladas y acceso cero del usuario que desea coger un taxi, tanto para el ciudadano normal como el impedido, con esa entrada a Clínica Santa Isabel que da vergüenza ajena, con ese maldito carril bici que impide el aparcamiento de ambulancias (ni urgentes, ni normales). Pero, vamos a ver, ¿cuántos bicicleteros usan los carriles bicis, señor alcalde? Si los veo que pasan de ellos, y que tampoco lo usan los de las motos (otro día hablamos de esos «intolerantes de las dos ruedas»)

Esta ciudad precisa pequeñas actuaciones técnicas y mano dura para que los que sistemáticamente no cumplen las normas, lo hagan; Sevilla está cansada de tantas genialidades políticas que deslumbren al electorado dos meses antes de cada nueva elección y después se quede como esa plaza de la Encarnación, botón de muestra de su insultante actuación. Y que conste que no le pregunto, aún, cuánto llevamos gastado en esos palos pegados con cola Glump. Estamos cansados de “plazas de diseño», pasto de los jóvenes con patinetas y patines que se cargan el enlosado de mármol (¡a quién se le ocurre poner mármol en una plaza!),  “carteles progresistas” que no se saben qué ensalzan, anuncian o proclaman; de “metros” que no llegan a dos centímetros, anunciando detergentes por las zonas elegantes de Sevilla (¡es que no hay vergüenza en esa casa de todos, señor alcalde!)

Hágame un favor (otro favor, si quiere): Deje usted las grandes líneas de actuación política para jugar, sobre el papel, a ser político; olvídese de los juegos de mano, de los circunloquios, de las promesas con sorpresas desagradables, con demasiadas contradicciones y pésima administración de lo público. Despida esos consejeros que aconsejan mal (¡aproveche ahora que el Gobierno ha abaratado los despidos!); no se quede con esos maquilladores de imagen, ilusionistas del voto agradecido y del despistado, y sea usted sincero con Sevilla por dos razones: Porque nadie ensucia su propia casa y porque nadie debe ensuciar la casa ajena. Quiero decir que, tanto si se cree sevillano como si no lo es por lo que parece, no ensucie el nombre de Sevilla, señor. Sea sevillano por un día y pateee como ciudadano esta Sevilla que nos está dejando: un disparate de tráfico, inseguridad e  impunidad en el incumplimiento de las normas, impuestos asfixiantes e impedidos a salir del zaguán de la puerta por miedo a ser atropellado por una bicicleta, una moto o una furgoneta de reparto que se sube a la acera. Empiece a mimar a Sevilla, o seguiremos esperando al alcalde que cumpla lo que usted, y otros alcaldes como usted, nos prometieron con tanta alegría e insistencia: «Una ciudad de las personas», ¡ahí es ná!

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Quinta carta al alcalde de Sevilla

© Álvaro Rendón Gómez,  agosto 2010

Excmo. Señor Alcalde de Sevilla: Hoy tengo la cabeza llena de preguntas que no encuentran respuestas. Me angustia saber que, por ejemplo, en todo este asunto de la vida en libertad que, se supone, nos trajo la democracia, sólo la disfrutan políticos, putas, maleantes y esos rumanos que han invadido nuestra ciudad. Es una democracia falaz, llena de patrañas y cuentos que muchos infelices aún la respetamos. Lo habéis acaparado todo, como en la  época del totalitarismo más voraz. Denunciáis lo que os interesa y controláis a los que no pagan, haciendo la vista gorda a los de vuestra cuerda que roban para el partido o para la partida de gente sin escrúpulos que no sirven ni para llevar el traje de Emidio Tucci sacado de gañote al Corte Inglés.

¡Vaya pandilla de manirrotos y corsarios!

Gente más interesada en llevar el agua de los votos al molino de la poltrona que la sostiene que en el bien de la ciudad o de la ciudadanía. Gastos suntuarios, plazas de basura que no duran ni tres meses en volverse a levantar para adecentar, farolas de diseño que al menor golpe se doblan o no encienden.

¡Vaya democracia de mierda que nos habéis procurado! ¿Creéis que la Democracia es organizar una votación cada cuatro años y después olvidaros de lo que se ha votado? ¿Quién controla que los programas se cumplan? Y no me refiero sólo a la democracia local. Ahí están los ejemplos que da ese señor que cuando habla sube el paro, o de nuestro bendito presidente autonómico, más empeñado en agrisar la labor de su predecesor que en cortar el despilfarro de tantas secretarias y sub-sub-sub-secretarías central

Toda la Administración está invadida como en el circo, de enanos y de enanas que sólo corretean sin hacer ningún numerito, siquiera gracioso. Esas ventanillas y despachos vacíos porque los señores que deberían estar trabajando a las nueve, a las diez o a las once, están de cháchara en el bar. Desayunando, dicen. Y, como no hay trabajo para todos, se cuadruplica el papeleo, se obliga a volver al ciudadano seis veces porque olvidan no se orienta bien acerca de las instancias, certificados o fotocopias compulsadas que deben acompañar esa determinada gestión. Lo habéis complicado todo con tanto arreglar lo que funcionaba bien, lo que quedaba demasiado claro y se corría el peligro de que el ciudadano se percatara del gran error del RE-CAMBIO.

Nos equivocamos. Esto no es Democracia. Esto es igual que la democracia orgánica de Franco, de senadores que no representaban a nadie. Porque, ¿a quiénes representáis vosotros, hombres de listas cerradas, gente de partido, manada de estómagos agradecidos que pacen en los despachos como vacas sagradas de un sistema que despista al ciudadano? Explíqueme dónde está la diferencia entre votar estas listas cerradas de partidos y votar entonces a las listas cerradas de Falangistas, Opus Dei o de qué otro grupo presión, si hacéis exactamente lo mismo: Nada. Buen, nada no, que algo hacéis: empeorar y complicar la vida del ciudadano autorizando  escandalosas subidas en la contribución, la luz (otro día hablamos de la luz, de los limitadores y de la energía nuclear que compramos a otros países porque no se le puede llevar la contraria a los ecologistas, porque podrían alteraros las calles), agua (¡que la pagamos a precio de oro!), alcantarillado, transporte, asistencia social, salud, farmacia…; y a un costo infinitamente más elevado que entonces donde las habas estaban contadas. Ahora necesitáis a muchísimos más para hacer muchísimo menos.

¿De qué nos valen esas Cámaras locales, provinciales, autonómicas y nacional, que parecen  salones de Casino de pueblo con la gente bien comida y bebida leyendo el periódico, hablando por teléfono, ausentes en la siesta del carnero (que dicen que es la de media mañana), o hablando del sexo de los ángeles en esos debates donde se faltan a respeto entre ellos? Abran las listas electorales para seamos nosotros, el pueblo, quiénes elijamos a quien nos represente por encima de la disciplina de partido; no que parece que sea el partido quien le paga los sueldazos que cobran.
Ya ve usted, hoy no me siento muy demócrata viendo cómo la sociedad se degrada y la gente se arruina, sube el paro y los políticos seguís con lo de siempre: defendiendo la parcela de ese poder propio al que llamáis, eufemísticamente, poder público (¿dónde está lo público?, ¡a la hora de pagar…!)
Hoy lo veo todo negro, a pesar de que la selección nacional de fútbol es Campeona del Mundo.

Fíjese lo raro que soy…

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