Categoría: Relatos cortos

El anuncio

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

A sus sesenta y ocho años don Justino era apuesto y jovial. Su despiste rayaba con la bohemia y la extravagancia. Se levantaba rigurosamente a las ocho horas justas de haberse acostado pero, como no tenía hora fija para hacerlo, su organismo no se regía por el horario convencional, sino por ciclos raros e inconexos, vaivén de su arbitraria vida que oscilaba entre dos periodos-tipo: La noche y el día. En escasísimas ocasiones consultaba su reloj automático de esfera dorada, regalo de su abuelo paterno, un Gonzaga de pura cepa navarra, de los gonzagas de toda la vida…
De este modo tan extraño y, a la vez, útil, le traía al pairo desayunar a las cuatro y media de la madrugada que cenar a las doce de la mañana. Jamás ponía nombre a las comidas por miedo a equivocarse y siguiendo los sabios consejos de su estómago, tan exquisito y refinado como él, llegando a tal grado de simplicidad que sólo elegía entre los contrastes básicos: dulce-salado, frío-caliente, sólido-líquido; con excepción hecha para el vino-café, que lo tomaba a cualquier hora, siempre rioja-reserva de buena añada que conocía como los veinticinco apellidos de su genealogía y café robusta africano mezclado con aromático colombiano, sólo, en su temperatura justa y sin añadirle edulcorante alguno. Para comer siempre pedía lo mismo: una pescada hervida con guarnición de verduras y aliñadas con un chorreón de aceite de oliva virgen extra, variedad picual; de segundo, un par de huevos fritos con chistorra cacereña, levemente pasada por aceite, y patatas al horno sin sal. El pan debía ser portugués o gallego porque todos los demás estaban horneados con lanzallamas y llevaban aditivos que le hacían ganar peso. De postre una fruta del tiempo troceada y envuelta en helado de limón o de naranja. De este modo, rara vez se equivocaba, ignorando lo que es el ardor de estómago. Las papilas gustativas las tenía atrofiadas a la media docena de sabores de toda la vida y la flora intestinal se había especializado en digerir los cinco o seis tipos de aminoácidos, proteínas e hidratos de carbono que encontraban rigurosamente cada cuatro horas, realizando la función digestiva en un tiempo prodigiosamente rápido y de máxima efectividad.
— «¡Cómo puede saber el estómago si es de día o de noche, si todo está oscuro ahí dentro…!» –razonaba a los que criticaban su actuar lógico, aunque extravagante.
Riguroso y previsible, en raras ocasiones rompía la rutina del recorrido, compraba una y otra vez en los comercios de siempre los mismos artículos que después guardaba en los armarios clasificados por artículos, repartidos por la mansión, atendida por una señora mayor que gobernaba a cuatro sudamericanas muy trabajadoras y limpias. Los apila sin quitarles los embalajes de cartón. Cuando los armarios se llenan de camisetas, o de calzoncillos, o de camisas, o de pantalones, todos de la misma talla, estilo y color, ordena desocuparlos. Con el mismo orden riguroso las apila en un amplio trastero donde puede haber más de dos mil camisas, cinco mil camisetas, cuatro mil calzoncillos… Es un verdadero almacén aunque poco surtido en tallas, formas y colores.
Jamás cambiaba sus hábitos y gustaba de mantener sus estúpidas costumbres; incluso llevaba a gala el que aún le sorprendieran las mismas situaciones. Conserva la misma infantil manera de mirar las cosas, de admirarse con los objetos que encuentra bellos, de extasiarse con los mismos detalles ingenuos y disparatados. Según su propia confesión «este es mi único defecto, heredado, probablemente de mamá, porque a ella le repateaban las prisas, las imposiciones horarias; por eso no viajaba en tren o en avión porque tenían la maldita costumbre de ajustarse a un horario estúpido…»
Último eslabón de una familia de incalculable riqueza, parecía poseer el don supremo de saber gastarla con la cordura que da poseerla en exceso. Gastos que, con el tiempo, se transformaban en inversiones, como si todo aquello que él adquiría, por el simple hecho de hacerlo, incrementaba su valor. Los coleccionistas y gentes de toda clase y condición desfilaban por su casa para comprobar qué nueva locura “ideal” había adquirido el bueno de don Justino, e inmediatamente comprarlo. Sensible y desprendido, a veces un objeto lo vendía al mismo precio que lo adquirió porque, en todos los casos, nunca se regía por la oferta y demanda, limitándose a consultar los incontables recibos con los que justificaba sus gastos ante Hacienda, el “anticristo” para él. De este modo tan relajado y natural Don Justino se “ganaba la vida”, ”regalada” por sus progenitores. Esta habilidad de comprar objetos que inmediatamente alguien le compraba a mejor precio llegó a ser tan obsesiva que, a veces, piensa no ser un heredero de los Gonzaga-Martín de Pozoblanco, sino del rey Midas.
Obediente consigo mismo, sus amigos –más de su dinero que de su persona– apenas si le conocen porque, detrás de esa fachada de “niño de sesenta años”, esconde los deseos, siempre frustrados por su buen gusto, de haber sido figura del toreo. Ya casi lo ha olvidado, pero recuerda el consejo que le dio, siendo muy pequeño, uno de los Bienvenidas.
— Justinito, hijo, ¡desengáñate! A matador de toros pueden llegar los valientes y, sobre todo, los que derrochan suerte, mucha suerte… Pero, a lo que es “figura del toreo”, a la fama y al pedazo de “mercedes” con tía despampanante, no basta tener suerte, se necesita un milagro. Así que, niño, ¡ándate con cuidado y no juegues con cosas de hombres…!
— Ya, don Antonio –le increpaba con total admiración– pero llegar a ser figura del toreo, como yo quiero, debe ser mucho más excitante que llegar a ser Maestro del Gran Oriente de España, ¿no?
— ¡Y tú que sabes de esas cosas, niño…! –respondía sobresaltado, adoptando la misma hechura que ponía al rematar de pecho una hermosa faena de muletas.
Justino-niño, entonces, se jactaba de haber puesto nervioso al maestro y seguía abstrayéndose en el montaje de una máquina-grúa con su recién regalado “Mecano” de ciento treinta y cinco piezas más destornillador y motor con poleas.
A la tarde siguiente, en la Maestranza de Sevilla, Antonio Bienvenida brindaba su segundo al niño que quería ser figura del toreo pero que padecía de asma, sin saberlo.
— ¡Fíjate tú si lo tiene difícil en esto del toreo, un asmático…! –le comentó con desparpajo a su segundo al ir a mojar la muleta porque se le volaba con el viento racheado del sur. Y es que Antonio siempre había tenido un gran corazón, sensible y solícito, para todas estas situaciones.
— Justinito, hijo, por fin qué vas a estudiar…
— No voy a estudiar, papá
— A algo tienes que dedicarte, hijo; porque si no vas a aburrirte mucho en esta vida, larga y tediosa –el padre entendía que su primogénito no quisiera estudiar una carrera para ganarse la vida porque ya la habían ganado otros para él, pero debía encontrar alguna distracción, un tema de conversación con sus amigos, ajustarse a un horario que le sirviera de referencia; aunque, de salir a su madre, el muchacho tenía difícil el amoldarse al horario.
— Pues, entonces, seré “tonto del haba”, papá –y siguió entusiasmado con el cuento del Capitán Trueno, Crispín y Goliat, sus héroes de toda la vida. Admiraba en especial al rubio Crispín, siempre al quite de los líos de sus compañeros. La fuerza bruta de Goliat le daba mucha pena, siguiendo esa dieta disparatada, excesivamente cargada de grasas insaturadas y cerdo. El pobre Capitán Trueno, con el prurito de ser más horado y valiente que nadie, se metía en unos líos morrocotudos. Decididamente su personaje ideal era Crispín. Sensible, delgado, admirado por las mujeres, espigado y, ¡por qué no!, guapo.
— ¡No digas eso Justinito que las gentes por el simple hecho de tener dinero ya nos llaman “tonto del haba”, lo muy envidiosos…!
— Por eso, papá, por eso. Cuando la gente ven a alguien con un pedazo de coche dicen «Ahí  va el tonto del haba con ese pedazo de coche» o cuando lleva del brazo una tía despampanante también dicen «Fíjate ese tonto del haba la tía que lleva…». Yo quiero ser tonto del haba para que la gente me admire…
— Pues para eso, hijo, no tienes que estudiar…
— Pues mejor me lo pones.
Hasta en eso tuvo suerte porque los estudios se le daban bien. Pronto se vio con el Bachillerato terminado y con el Preu aprobado con notable alto.
— ¿Qué pasaría padre si al título de marqués de Encinaseca le añado el de Ingeniero…?
— Encinasola, hijo, serás marqués de Encinasola…
— Pues eso, si a ese título le añado el de doctor ingeniero…
— Luciría muchísimo más; aunque, la verdad, ¿no te parecen incompatibles? ¡Un marqués con alguien que ingenia no creo que pegue mucho! De todos modos, me haría mucha ilusión. Podré morir satisfecho por tener un hijo tan de provecho…
– Pues me parece que lo voy a estudiar. Lo mismo, si le digo a los profesores que no voy a ingeniar nada, sino que sólo me interesa el título me lo darán antes, ¿verdad? –estaba de broma, o al menos esa fue la impresión que le dio al padre. Pero no, lo decía en serio, y le asustó. Hizo un esfuerzo descomunal para abrir desmesuradamente los ojos y quedarse mirando escéptico al hijo, y eso que para tenerlos había que ensayar bastante. Poner cara de tonto le salía a la primera.
Pero Justino un día, sin que nadie se diera cuenta, se hizo mayor. Ya era ingeniero de caminos, canales y puertos aunque no hubiera pisado durante la carrera ninguna de las tres cosas. El evento ocurrió de repente, una tarde de estío cualquiera. La muerte de sus padres fue la bocanada de amoníaco que le despertó de la borrachera de languidez vital que disfrutaba. Su madre, por fin, accedió a subir a un avión para ir a Canarias a visitar a un pariente lejano y el avión se quedó en el aeropuerto de los Rodeos. Intentó olvidar el mal trago con viajes a Oriente y Occidente, y hasta lo consiguió en alguna ocasión, pero siempre volvía a la martilleante angustia de sentirse solo. Tanto se esforzó en olvidar que lo hizo de tomar una chica joven, cariñosa y refinada que le consolara, y con el correr del tiempo le diera hijos e hijas, aunque él prefería que fueran uno de cada sexo, no muchos de uno y pocos de otro.
Soltero empedernido, cultivó en exceso su condición de solitario, cabal y filósofo, entendiendo la vida desde su aspecto más cenobítico y puro, monacal casi. De tal modo, que la simple palabra “mujer” le traía recuerdos desagradables. Y no era homosexual, sino sencillamente sentía de modo diferente a cualquier adulto de su edad. «Encarnaciones del diablo», las llamaba, sin dejar traslucir la menor sombra de odio o menosprecio hacia ellas. Esa repulsa le venía desde que una vez, siendo joven, sus incondicionales invitaron a unas prostitutas a una tienta y corrida –en el doble sentido, artístico y mundano– en el cortijo de un amigo suyo, mujeriego y disoluto, y, al igual que él, gran aficionado al toreo.
— Y es que, Justino, ¡donde se ponga una Corrida, que se quite el Fútbol…! –le comentaba, conocedor de su anti-feminismo.
— ¡Y los Toros, qué puñeta…! –le decía a éstos, con la sonrisa de sorna y zafiedad, lujuriosa y chispeante, de quien está acostumbrado a los placeres solitarios.
Al terminar la tienta y la pequeña capea, se fueron a retozar en el interior de la casa. Y lo hicieron espléndidamente, adjudicándole a Justino la más tetona y gordinflona del grupo. Vasta y charlatana, con más tiros dados que una escopeta de feria, se había puesto ciega de jamón serrano, caña de lomo, queso viejo de cabra, lagostinos de Sanlúcar, gambas de Huelva y mosto “cagalerón” de la Palma del Condado.
Ya habían llegado al vino de Málaga y la charlatana gordinflona seguía comiendo sin parar, aunque desfilaran por su vagina los penes de cuantos estuvieran dispuestos a penetrarla en un arrebato de sorda histeria colectiva. Todo ello en esa frenética lujuria, inexplicable y absurda, de risas bravuconas y de intenso olor a mosto corrompido, que tanto gustan a los sentidos más depravados. La gorda se reía con desparpajo, levantando la voz para pedir más caña de lomo, o gritando para apuntarse a una copita de manzanilla o reengancharse al cuarto güisqui Chivas de quince años, con el que incurría en el sacrilegio de añadirle hielos, ese hexaedro transparente y foco de infección de primer orden, que concentra todas la bacterias patógenas del “globo mundial” y donde mutan a sus anchas los virus de nueva generación más agresivos y letales, una verdadera bomba de relojería que se desarrolla especialmente en los “cubatas”.
Justino había estado pacífico. Se encargó de cambiar los “elepés” con música suave y excitante mientras veía desfilar gente en pelotas picada que se tumbaban risueñas en donde encontrasen algo blandito. Justino, casto y puro, con la camisa abotonada hasta el cuello, resistía victorioso la tentación hasta que los “incondicionales” quedaron ahítos de todo y decidieron tentar al marquesito.
— Tu turno, señor marqués, deja en alto la “encina” del marquesado, aunque por lo que vemos la espada es de un simple vasallo. ¡Con eso no vas a poder entrar a matar, maestro, necesitas más espada…! –entre risas le desafiaban a penetrar a la gorda que se hacía la sensual moviendo los volúmenes de grasas. Entre dos le desnudaron. Era evidente que le tocaba el turno a Justino, que jamás se había visto en una situación semejante.
Incómodo por el vasto espectáculo orgiástico montado ante sus narices, lo intentó en varias ocasiones sin conseguirlo en ninguna. Y cuanto más le incitaba la gorda tetona, más inhibido se volvía, hasta que uno de los asistentes, recién acabada su faena, para hacer gracia, se colocó detrás de Justino. Se rieron del detalle, pero, al ver que lo de Justino se parecía ahora al asta de un bravo toro, lo hicieron sonoramente. Indudablemente, en esos momentos, conoció el sexo sin rostro, impersonal y desviado, que no entiende de pareja, vínculo, raza o condición. Oculto y misterioso, se practica en la oscuridad de un cuarto, en un ritual danzante donde sólo existe la pasión y el estímulo carnal. Y aunque lo hizo con la gorda, fue una experiencia tan desagradable que se prometió a sí mismo no volverla a repetir.
Hasta tal extremo llegaba su excentricidad que un día, al ir a consultar su reloj de pulsera, comprobó que no funcionaba. Le preguntó al primer peatón que halló cerca cuándo estaba previsto el final del eclipse de Sol, porque su reloj marcaba las 12.00 del mediodía. Éste, que creía asistir a la filmación de un “Objetivo Indiscreto”, le mandó a los Picos de Europa que dicen que están más allá del pueblo de al lado. Recomendación, naturalmente, que él le agradeció muy sinceramente porque la última vez que estuvo en Fuentona, en Fontibre (Cantabria), se lo pasó muy bien, a la par que se compadecía del malhumor que llevaba el buen hombre. Al cabo de unos momentos, al no oír la maquinaria, aunque lo pegaba fuertemente a la oreja, decidió visitar una relojería próxima e indagar sobre las causas de la huelga-horaria a la que le estaba sometiendo el condenado trozo de metal con cristal que llevaba en su muñeca.
Dio la casualidad que la relojería en la que entró era la de siempre. El relojero le saludó efusivamente al reconocerle, y él le correspondió con un «tengo un problema que seguro que le incumbe, joven». Le soltó el reloj sin esperar la complaciente pregunta de «¿en qué puedo ayudarle?». Ni siquiera le miró a la cara sino que se quedó fisgoneando por el taller, asombrado por los minúsculos destornilladores, por la extraña máquina de grabar, por los tornillos microscópicos esparcidos con orden sobre el mantelete de fieltro azul verdoso. Mientras, el técnico no tuvo más remedio que abrir la tapa del reloj y echarle un vistazo al mecanismo que, efectivamente, estaba en reposo, más quieto que el dedo de San Pancracio. El único fallo que encontró era el de la cuerda: estaba agotada. En el momento de hacerla girar la aguja del minutero volvió a cambiar rítmicamente su posición recorriendo en orden los sesenta grados del círculo.
— Mucho me temo, don Justino, que no será nada –se explicó el relojero, mirándole con la lupa monocular hundida en el hueco del ojo derecho–. ¿Ve usted esta ruedecilla de aquí…? –pretendió ser didáctico con él, dando por sentado que, debido a su edad, la memoria no le regía bien, y era por eso que se habría olvidado de darle cuerda.
— Naturalmente, joven, es la ruedecilla que carga las horas. Para su información, entiendo algo de mecánica y algo de ingeniería… –dijo un tanto molesto. Rotundo y conciso como no lo fue nunca.
— Bien, no es nada –cortó el ademán pedagógico el relojero, corrigiendo su apreciación inicial y adoptando una actitud más profesional–. Sencillamente, le faltaba cuerda…
— ¡Ah, curioso! Una pregunta: ¿hubiera valido cualquier cuerda…? –interesado, Justino buscaba en el reloj de pulsera el agujero por donde hipotéticamente entraría ésta.
— ¡Cómo! No le entiendo… –se quedó estupefacto. Naturalmente que cada reloj llevaba su propia cuerda, en función del tamaño, de la forma y del tipo de mecanismo empleado. No valía cualquier cuerda, sino la suya. No comprendía la pregunta tan directa y de respuesta tan obvia para cualquiera persona.
— ¡Que si vale cualquier cuerda! ¿Está usted sordo…? –su interés y su mal humor crecían por momentos ante la poca colaboración del relojero, atónito y perplejo.
— No, si enterarme ya lo hago, don Justino, lo que ocurre es que no le entiendo… –no comprendía a qué cuerda se refería.
— Pues es sencillo: Que si vale cualquier cuerda: de esparto, de lino, de cáñamo…
Estaba de broma, evidentemente, así lo entendió el relojero, pero su actitud y su semblante no lo daban a entender. El relojero, por si acaso, le siguió el juego, sin pestañear, esbozando la mueca de una leve sonrisa, forzadamente amable, ridículamente profesional, al tiempo que controlaba sus deseos de estallarle el reloj en su estúpida cara.
— No, eso eran los antiguos, los de pared, don Justino. Los de ahora, gracias a los “jodidos chinitos” –remarcó la condición de los orientales-, la cuerda, de acero y enrollada, la llevan en el interior. Así, desde fuera, dándole vueltas a la ruedecilla que tiene justamente a la derecha de la corona, se tira de ella, y se pone en funcionamiento –estaba completamente seguro de ser comprendido con esa explicación.
— ¡Oh, es extraordinario…! –miraba con extrañeza el reloj, como si fuera la primera vez que veía uno–. Le doy las gracias por esta charla, tan amena e instructiva –hablaba completamente en serio, sintiendo lo que decía, mientras se colocaba el reloj en su muñeca, pero invertido: con las doce boca abajo en dirección al cuerpo.
— Es al revés, don Justino –le interrumpió el relojero al observar el error en que incurría.
— No, soy yo el agradecido y no al revés, joven mío… –iba a comenzar una nueva polémica cuando el relojero, con la habilidad del comerciante, retomó la situación, encauzándola por donde debía transcurrir.
— No es éso, don Justino. El reloj, que se lo está usted colocando al revés…
— Muchas gracias. ¡Oh, disculpe mi torpeza, pero estos mecanismos, a pesar de ser Ingeniero, siempre me han superado…! Dígame qué le debo por todo…
— No es nada, don Justino –fue amable y generoso.
— Bien, en éste caso, quédese en paz, joven. Cuídese, le noto un poco despistado esta mañana…
— Debe ser porque son las seis y media de la tarde, don Justino –condescendió, ahora, seguro del despiste de su interlocutor.
— ¿Lo ve usted cómo el reloj necesitaba una reparación…? –le mostró el reloj, y cargó con las culpas del error cometido en la despedida.
— Sí, sí. No me cabe la menor duda que ha sido el reloj… … –le despidió.
Al salir, Don Justino vio algo que le llamó la atención. El relojero, para contentar a sus clientes, había colocado en la pared un corcho para anuncios. Era una especie de bolsa de trabajo, donde los vecinos podían pinchar sus ofertas, desde “Licenciada en Pedagogía, terminando de escribir la página 3.217 de su tesis doctoral, se ofrece de canguro por las noches”, “Fontanero-escayolista rumano, buenos precios”, “Bolsos, pulseras y artículos baratos-baratos, para los paisanos que lo deseen”, “Doctor en Francés e Italiano (aunque habla un poco también el “venezolano y colombiano”), se ofrece como comisionista ilegal a cualquier partido político. Sin prejuicios. Con profesionalidad. Máxima discreción”, “Logopeda profesional estaría dispuesto a cortarse las venas públicamente si con ello pudiera encontrar trabajo”, “Caniches, pastores alemanes y toda clase de perros. Domesticamos maridos. No se deje avasallar, ni consienta malos tratos. Un perro, su mejor arma de defensa”, “Vendo moto en muy buen estado”…
Este último anuncio de la moto, confeccionado con ordenador, y torpemente coloreado con rotuladores al agua, llamó singularmente la atención de don Justino.
— Oiga, joven, estaría interesado en comprar este anuncio, ¿cuánto pedirá el dueño? –preguntó don Justino al relojero.
— No tengo ni idea, don Justino, pero creo que como muy poco pedirá unos mil o mil quinientos euros. De todos modos, puedo preguntarlo, si lo prefiere –se mostró solícito e interesado, aunque con evidentes síntomas de un nuevo asombro al verle imposibilitado no sólo para conducir un trasto de esa cilindrada, sino para que le aprobaran el carnet. Aún así, con moto y carnet, no habría una Compañía de Seguros en su sano juicio que pudiera suscribirle una póliza. Le resultaba imposible imaginarse a don Justino, como moderno don Quijote, subido a su inoxidable Rocinante de aceite y bujías, con yelmo homologado de fibra de poliester al carbono.
— Sí, haga el favor, porque, la verdad, me gusta mucho y me haría ilusión contar con ello –seguía mirando el anuncio, una hoja en formato “A-4” sin más, con un simple dibujo alegórico del producto que pretendía venderse, letras de horripilante e incompleto acabado, rematado con unas filigranas tipo grecas como de encajes. No tenía nada más, pero le gustaba la resolución empleada: centrada, directa y contundente; la manera como llamaba la atención del espectador; las pequeñísimas y casi inapreciables imperfecciones de la factura que denotaba el mal funcionamiento de una de las ocho agujas de la matricial con la que se había impreso. La sutil y casi inapreciable mancha de humedad que había doblado el papel por la parte cercana al ángulo superior derecha conjugaba magistralmente con los cuatro agujeros de las chinchetas, ligeramente mohosas ya, eran los principales atractivos de la pieza que deseaba adquirir para su particular museo.
Lo enmarcaría de modo que expresara el especial modo a como apareció ante él, algo del corcho de fondo, de los otros anuncios, meras anécdotas o efectos de color; aunque debería cuidar su conservación, proteger con esmalte o resina de poliester las chinchetas, evitando su iniciado proceso de oxidación y los contrastes atmosféricos que dañarían, sin duda, el papel, que, saltaba a la vista, era de bajísima calidad.
Mientras Justino paladeaba su próxima posesión artística, el relojero llamaba por teléfono al dueño de la moto puesta a la venta, localizándolo, al fin, y concretando con él el precio. Cuando tuvo la cifra final, se lo comunicó a don Justino.
— Dos mil doscientos euros quiere el dueño. Está en el teléfono por si desea aclarar algo con él.
— No sé, con ésto del euro no termino de aclararme. Antes, con la peseta de toda la vida, me manejaba mejor. ¿Cuánto es en pesetas?.
— Espere, que de memoria no me manejo bien… – Cogió la calculadora-traductora de euros a pesetas, y viceversa. Tecleó la cantidad y, enseguida, la maquinita expulsó el dato que necesitaban–. Unas trescientas sesenta y siete mil pesetas…
— Me parece una barbaridad. Y con esto no quiero decir que no le halle su mérito, ni muchísimo menos. No obstante, es una cotización alta, aunque en absoluto difícil, incluso imposible, de pagar. Bien, dígale que acepto… ¿Supongo que aceptará cheque para el pago?
— Sí, sí, tratándose de usted, por supuesto… –dirigiéndose al dueño del infernal invento, al otro lado de la línea telefónica, le confirmó el cierre de la operación en el precio estimado, ultimando con él la entrega de la moto, sin haber comprendido que don Justino lo que compraba era el anuncio en sí, no la moto anunciada por éste. Y que daba gustosamente las trescientas setenta y cinco mil pesetas por esa reliquia Kirsh.
Cuando el relojero recibió el cheque y se vio obligado a confeccionar un recibo por la cantidad entregada, enterándose del concepto, no daba crédito al disparate, pero don Justino insistió tanto que no tuvo más remedio que acceder.
— Compréndalo, señor –se excusaba don Justino, mientras sacaba el talonario de cheques y desenrollaba el capuchón de su estilográfica que escribía con tinta verde –acróstico de “viva el rey de España”–, por pedirle el recibo pero en la subasta me exigirán una prueba fehaciente y fidedigna que acredite la propiedad de la obra de arte que adquiero. Muchas gracias.
Y le extendió el cheque, procediendo acto seguido a desclavar el cartel con sumo cuidado, haciendo uso de unas limas metálicas de manicura que siempre llevaba en el bolsillo de la chaqueta.
Satisfecho por la compra, protegió el valioso papel entre dos cartones y salió en dirección a la primera tienda de marcos. El relojero, pasmado mirando el cheque de dos mil quinientos euros en su mano, no encontró palabras para definir los pensamientos que bullían sin orden de su asombrada mente.

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El paciente

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010


El autobús lo dejó a escasos metros del Hospital General. Llevaba el volante del médico de cabecera, que deseaba contrastar su diagnóstico con unas pruebas suplementarias. Al llegar al amplio recibidor estaba atestado de gente vestida de domingo pululando de un despacho a otro. Hacía más de quince años que no había vuelto a la capital y, la verdad, en el pueblo todas esas prisas están de más. En el mostrador de Información le mandaron a la tercera planta. Utilizó las escaleras porque no se fiaba del ascensor.
Allí se encontró el pasillo lleno de sillas con aspecto de gradas de un campo de fútbol, agarradas a una barra sujeta al suelo por dos puntos que no evitaba que al sentarse se moviera todo como un columpio. No vio a nadie con bata blanca, por lo que se sentó y esperó frente a una hilera de puertas cerradas. De vez en cuando, aparecía de ellas una enfermera y llamaba a un señor o a una señora que pasaba al interior de aquellas misteriosas habitaciones. Eligió al voleo una de ellas y esperó a que apareciera la enfermera para preguntarle a quién entregarle el volante que llevaba en la mano sudada. De mal humor, porque, según decía, no era su trabajo, la enfermera que apareció lo envió al final del pasillo. Al llegar, la puerta estaba abierta y volvió entrar.
Desde el interior la voz gutural y malhumorada del facultativo le instó a entrar con tajantes imperativos categóricos: Entre. Desnúdese. Túmbese en la camilla. Entrégueme el volante. ¿Cómo se llama usted? ¿Ha venido solo…? Y así hasta veinte preguntas seguidas que él no contestó a ninguna. Le ocurría que cuando oía la pregunta y se disponía a contestar la nueva le despistaba y borraba la anterior.
—No tema –continuó hablando sin mirar al paciente–, es indoloro.
Le colocó ventosas conectadas a la máquina.
—Enseguida terminamos –lo tranquilizó.
En esos momentos, llamaron al médico por teléfono y se ausentó, dejando solo al paciente conectado a la máquina. Con aquellas ventosas, parecía un pulpo de cintura para arriba. En silencio, asustado y sin pestañear, esperó cinco, diez, veinte minutos… La conversación se prolongaba  más de lo debido.

Por fin, el médico regresó a la consulta y al descorrer las cortinas, encontró la camilla vacía y las ventosas desaparecidas y el papel de la máquina marcando una línea horizontal sin crestas.
De nada sirvió que corriera al pasillo o preguntara al «segurata uniformado de general venido a menos». No hallaron el menor rastro del anciano. El médico lo interpretó como un incidente más y, tras solicitar un nuevo juego de ventosas, prosiguió su trabajo, olvidándose del paciente.
Al mes siguiente, cuando nadie lo esperaba, el anciano volvió al Hospital General, subió por las escaleras hasta la tercera planta y tocó con los nudillos a una de las puertas del largo pasillo y el mismo doctor le abrió. Al principio no lo reconoció.
— Mú buenas, dortó. Aquí traigo su medecina –le devolvió las ventosas. El médico no entendía nada–. Quiero ‘ecirle que ha sido mano de santo. Que me se han quitaó toos los dolores… Aquí mi esposa le ha hecho un tocinillo de cielo con los güevos de mis gallinas que queremos que se lo coma con salú… Muchí’smas gracias, dortó –le besó la mano inclinando el cuerpo.
La mujer, agarrada al cuello del facultativo, le soltó dos sonoros besos que le dejó marcado el pintalabios en los mofletes.
Con las gomas de las ventosas en la mano, el doctor no supo reaccionar. ¿Las donaría al Museo de Belmez? ¿Las expondría en una vitrina por milagrera?

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La flor

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

De mirada serena y cristalinos ojos, Rafael poseía el don de adivinar los más recónditos pensamientos y precipitar la respuesta adecuada. A pesar de sus veinticinco años, y sin haber superado el acné, a menudo padecía desarreglos estomacales, secuelas de una larga enfermedad infecciosa que padeció de pequeño, lo que le daba un aspecto sensible y raro.
Espiritual y observador, impulsivo y de ideas confusas, gustaba de tumbarse sobre las mieses de los trigales recién segados. La luna llena iluminaba las penumbras inciertas de julio, cuando más pesado e insoportable era el calor, y lanzaba rayos de incertidumbre contra el paisaje plano. Sobre la quejumbrosa paja, las pajuelas quebradas y el grano recogido, sus ojos buscaban la revelación a tanta belleza secreta, a tanta brumosa esperanza que sacia los ojos de armonía y buen tino. En la soledad de la imagen perfecta, con la mirada posándose sobre la plata reflejada por la Maga peregrina, Rafael entornaba sus ojos y el mundo se cerraba. La inmensa oscuridad daba paso a un nuevo infinito que parecía extenderse más allá de su imaginación, evocando ayeres olvidados y escenas cargadas de misterio. Las nubes, detenidas como algodones de una tramoya imposible, tapaban con descaro infantil el alegre rutilar de las estrellas
Parecía dormido pero se deleitaba con la imagen cuajada en su imaginación. Apenas respiraba y, sin embargo, el aire penetró en sus pulmones como un torbellino de vida que resucitaba pensamientos que creía olvidados. Pretendió integrarse en ellos, formar parte de esa belleza ficticia y plena, enredarse en algún cerco lunar, retozar en la inquieta luz que raya el horizonte. Podía detenerse y contemplar la cadencia de las sombras juguetonas, el zarandear de las ramas de los árboles que saludan a la leve brisa. La imagen irreal de su mano, que cree pertenecer a la misma visión, al sueño que cada noche lo despierta a un mundo sensible y vacuo. Las líneas de los dedos que parecen un campo arado cuyos surcos forman curvas cerradas, espirales que marca un centro en la pulpa del dedo. A través de ella, puede palpar, sentir el frío de la yerba cuando reposa sus manos sobre la vegetación. El dedo que lo sostiene y el brazo que lo dirige. Mueve los dedos como si se tratara de un mecanismo orgánico, como resortes que actúan sobre piezas encajadas por un artífice divino. Es una visión deformada por lo que acaba de tomar y que tizna de colores ese mundo externo en blanco y negro. ¿Es alucinación o magia y ensueño?
En ese estado de recreación inducida, el mundo sólo era una simple esfera de tierra, cubierta de agua y viento, que albergaba en su interior el fuego de su energía más irracional. Envuelto en un manto de alucinante clarividencia, la verdad se manifestaba tal como era, y le revelaba los secretos de la magia con la que cumplir los deseos más insensatos: Que era posible un mundo regido por políticos tratados como enfermos mentales desahuciados, cuyas leyes promulgadas tras largas y tediosas discusiones nadie cumpliría. Estarían recluidos en hospitales especiales y tratados con absoluto respeto y dignidad, y vestirían “trajes de fuerza” diseñados por Emidio Tucci que los tuviera atado a cómodos, amplios y carísimos asientos plagados de botones, micrófonos y demás adelantos electrónicos. Allí creerían estar viviendo la irrealidad de que eran capaces de cambiar la vida de la gente a quienes decían representar y sin que sus absurdas decisiones trascendieran los límites del hospital.

Desde la especial atalaya lunar, se sintió eufórico, pleno de ideas y emociones. Inculcaba fe ciega en el prójimo, el amor al trabajo…, y, como Sesostris, medía de nuevo la Tierra entera para repartirla equitativamente entre todos los hombres…
Los efectos sicotrópicos pasaron pronto. De modo que cuando sus pies tomaron tierra descubrió la realidad de su sueño, imposibilitado de poder llevar a la práctica tantos deseos, aunque viviera muchos años o los dioses, apiadados por el ciego proceder de la Humanidad por ellos creada, se dignaran a cambiar, por fin, la mentalidad y la forma de ser de los humanos. Se sintió frustrado por desconocer la razón fundamental de lo que rige y gobierna el mundo, de las fuerzas ocultas, o quizás inexistentes, que evitan que todo se derrumbe. Creyó firmemente en la eterna y progresiva creación de las cosas, en la fenomenología del devenir transformativo siempre creando y destruyendo para volver a crear de nuevo. Y él, como parte por crear, ya no podía intervenir en el proceso que estaba convencido de que nacía y terminaba en él.
Ligeramente rezagado, su amigo Alberto, más primitivo y rudo, con la cabeza tapada con un ancho sombrero de paja porque le daba miedo exponerla a los maléficos rayos lunares, contemplaba la escena del paisaje repitiéndola en su interior instante a instante. ¡Era tan bello y hermoso cuanto veía, tan raro y primario, que quiso guardarlo en su memoria para reproducirlo después en un dibujo!… Las tinieblas de la noche envolvían de sabias penumbras las siluetas de ambos jóvenes, distantes pero unidos por el mágico instante de la confluencia estelar, de los silencios gratos y edificantes de los que eran protagonistas.
Quietos, esperaban pacientes la hora en la que todo es posible, uno tumbado y el otro sentado con el hombro recostado sobre el tronco de un olivo. El retorcido árbol centenario, linde entre dos propiedades, le servía a Alberto de protección contra los posibles efectos nocivos de tanta energía cósmica sobre él. Rafael, en cambio, dejaba que la misteriosa luz lunar penetrase por sus sentidos, abiertos de par en par. Con la camisa semi-desabrochada cargó su pecho de luz. Sus ideas de tierra, por los mágicos efectos de la luz, se volvieron pensamientos luminosos que se exteriorizaban fundiéndose con la luz que lo inundaba todo. En la maravillosa comunión con los elementos se sintió heredero de los ancestrales druidas. Podía elucubrar que el campo, en pleno verano, era una estepa cubierta de nieve. Y la luz, gris añil, violeta y sorda, desvanecía los contornos de los árboles, desdibujaba la línea del horizonte y penetraba en las mentes de ellos dos, llenándoles de magia y locura sin par.
—Cuando sean las doce, tomaremos una ramita de olivo –susurró misteriosamente Rafael, como queriendo no despertar las fuerzas mágicas de la tierra, durmiendo el sueño de callada espera–. Ha de ser la rama más joven del olivo más viejo. Y esto lo sabremos por una señal en el oscuro cielo que, con un poco de suerte, nos indicará el árbol y la rama exactos… Lo he leído en un libro muy antiguo que tiene el abate del Convento de los Agustinos. Mi padre tayó para ellos una Sagrada Familia cuando yo apenas cumplí los tres años. Después, cuando crecí, seguí frecuentando su compañía. Jugaba a saltar la tapia del huerto, a subirme a las higueras desde donde observaba sin ser visto. Por las tardes, con el hermano labrador, recolectaba frutas y ayudaba a levantar la compuertilla de la alberca. Montado en el carro tirado por “Pascuala”, la mula que murió de vieja, acercábamos la fruta al Convento. Otras veces, me escondía en la biblioteca y esperaba la llegada del Hermano Cándido que, para hacer tiempo a que me recogiera mi padre, me narraba cuentos de druidas celtas y duendes poderosos, de magos y sacerdotes lemurios, enemigos de los atlantes.
Mientras hablaba, Rafael cortaba con cuidado, para no troncharla, el brote de rama de olivo que creyó cargada de máxima energía. Con ella cuidadosamente guardada en una tela de algodón, ambos amigos volvieron a casa.

A la mañana siguiente se internaron en el pinar que bordeaba el cauce seco de un río. Buscaron asiento en una gran roca, bajo la tupida sombra de un sauce llorón. Rafael contemplaba el juego de luces y sombras incidiendo titilantes en las superficies de las hojas, húmedas aun del rocío. Y fue, entonces, cuando se le ocurrió comprobar los poderes mágicos de la vara de olivo. La tomó tímidamente entre sus manos, observándola con énfasis y respeto. Aparentemente era una rama más, pero, según él, encerraba la energía de un poderoso talismán. Se la acercó a los ojos para mirar su rugosa superficie. Llegó a acercársela tanto a los ojos que alarmó a Alberto, quien no tuvo más remedio que recordarle el refrán de su madre.
—¡A lo ojos con los codos, Rafael, a los ojos con los codos!
El mundo era tan hermoso recortado en dos, que Rafael no pudo resistirse a su encanto. Abajo, un plano inferior, oscuro y difuso; arriba, otro mundo diferente, pleno de luz zigzagueante. Tentado con hacer el mismo experimento con otros objetos corrió a tomar lo primero que le venía a la mano. A través de la brizna de yerba fresca percibía mágicos colores ocres y sienas tostados; el canto rodado del río, plateado por los rayos del sol matinal incidiendo sobre el cristal de su mojada superficie, le transportó a otros bosques, tan luminosos y encantados como aquel.
A pesar de que Alberto le volvió a recordar el refrán de su madre, continuó acercándose a los ojos otros objetos. En un ataque de locura, se impregnó las pestañas con el polen amarillo de unas margaritas silvestres que había cortado directamente del suelo. Si entornaba los ojos, el mundo era amarillo. Rafael rió nervioso como el niño que se despierta a la mañana siguiente del día de Reyes. Tomó otra flor y fue a impregnarse de polen las pestañas cuando el mosquito que, probablemente, alucinaba como Rafael en aquel mundo de colores, le picó en un párpado.
Entonces, Rafael, olvidándose de las mágicas virtudes de la varita de olivo, se volvió loco. La blandió como espada quijotesca y corrió desesperadamente tras él, dando varazos a diestro y siniestro, demostrando científicamente la absoluta nulidad de tan preciado talismán, incapaz de dar su merecido a un simple mosquito. Mientras corría, Alberto, que veía cómo aumentaba de volumen el ojo de Rafael, gritaba detrás:
– ¡Te lo dije, Rafa: A los ojos, con los codos… A los ojos, con los codos…!

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Espinacas

© Álvaro Rendón Gómez, junio 2010

A mi amigo Juan Luis Padura Rodríguez


Con la molesta sonda instalada esperaba expulsar pronto los fastidiosos cálculos que tenía dolorosamente alojados en los riñones. Las dos semanas largas y resueltamente mustias, debatiéndose entre que si las echaba o no, las pasó sumido en una profunda depresión, sin ganas de comer, sin beber el necesario líquido y concentrado en averiguar el modo de desprenderse de tan hirientes huéspedes inanimados.

Por más que el médico le recomendaba paciencia y le contaba experiencias con finales felices de otros enfermos en iguales o peores circunstancias que él, que le mostrara mil y una radiografías que demostraban con la elocuencia de los hechos reales la localización y fisonomía exactas de los infortunados, o que le recetara su bebida preferida: una infusión de manzanilla cada vez que le apeteciera, no hallaba la paz de espíritu suficiente para pensar en otra cosa que no fuera evitar aquel suplicio, más parecido a un martirio chino, habilidoso y rebuscado, cada vez que tenía que ir al aseo a hacer sus necesidades fisiológicas menores.

Con el catéter el asunto cambió radicalmente. Podía hablar y conducir el negocio familiar que con tanto acierto regentaba, incluso podía olvidarse a ratos de la existencia de aquello que tanto le había molestado.

Con el ánimo subido y la moral alta, hizo que los esfínteres se relajaran y los conductos de la orina dejaran de oprimir los consabidos cálculos, que, aunque habían sido relegados a un segundo plano, seguían imponiendo su habitual dictadura urinaria. Pero, como no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista, los dichosos cálculos, libres al fin, salieron sin más problemas. Con ellos en la mano, meticulosamente guardados en una caja de cerillas, orgulloso por el “parto sin dolor” que había realizado, asistió a la consulta del médico con una amplia sonrisa que le ocupaba la cara de oreja a oreja.

Risueño, escuchó los consejos y prescripciones de labios del especialista para evitar, en la medida que fuera necesario, nuevos problemas de cálculos.

—Lo mejor es mantener una dieta sana, sin fosfatos. Evite comer frutos secos y, sobre todo, espinacas… -recomendó el sanador.

—¿¡Espinacas!?… -no pudo más que sorprenderse.

—Eso es lo peor para lo suyo…

—¡Pero si era el alimento ideal de los años cincuenta y sesenta! Los americanos aún lo promocionan con el Popeye ese, de donde toma su tremenda fuerza!

—Si, en realidad, es un producto con muchas vitaminas. También es cierto que es de los más completos, digno de promocionarse, si no fuera por su capacidad para producir cálculos…

Concentró en las espinacas toda su anterior cólera, reprimida durante tanto tiempo. Las juzgó y condenó en un sólo acto. Ellas eran la causa del martirio y la mortificación que le había tenido postrado las tres últimas semanas, y no pudo contenerse.

—Entonces, si Popeye fuera un persona física como nosotros, estaría de cálculos hasta los ojos, ¿no…? -no pudo reprimirse por más tiempo-. Y todos los poderosos músculos que dicen que tiene no serían más que piedras del tamaño de un adoquín. Y su famosa pipa, una cachimba que llena de marihuana o hachís para ayudarle a silenciar los tremendos dolores que debe estar soportando. ¡Joder con la cultura americana! Están obsesionados por chuminadas como el tabaco o el bronceado solar y promocionan la comida basura de las hamburguesas, pizzas y esas dichosas espinacas…

Ante tan rotundos argumentos, el sanador asintió con su silencio y dio por terminada la consulta.

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Carlos

© Álvaro Rendón Gómez, Julio 2010

—Mira, Carlos, no te lo repetiré otra vez. Aunque te mueras de hambre no me trastees la cocina. Te lo pido por favor. No quiero darme la vuelta y encontrarla patas arriba sólo porque tengas hambre. Te avisé que no había más, que era la última lata y que te administrases. No me hiciste caso y te la zampaste entera. Te lo advertí. Carga ahora con la pena del dolor de tripas.
El gato maulló, sin comprender.
—No me protestes. No hay más y se acabó. Que tienes hambre ahora, pues te aguantas. Ya te advertí, ¿no es cierto? Qué esperas, entonces…
Desde temprano, la anciana cubría los rotos del camisón ajado con una boatiné rosa con la que se sentía cómoda. Con ella salía a la calle y hacía las pequeñas faenas de la destartalada casa, con tantos desconchones como el viejo vestido que compró para el ajuar de bodas. Apenas se ponía el traje de chaqueta que tanto gustaba a su difunto marido; ni el tocao con plumas que le estilizaba el talle.
Dejó a Carlos en la cocina y entró en el baño, a ordenar las cuatro canas que sobresalían de la redecilla que se colocaba para dormir. Frente al espejo, enmohecido y roto, observó en su rostro las huellas del tiempo. Estiró cada una de las muchas arrugas cinceladas por la pena y la escasez; y soñó en el cutis de hacía la friolera de veintitantos años. Hizo muecas al espejo, moviendo la cabeza y gesticulando con los labios, hasta que supo dónde debía retocar. Besó con fervor instintivo la tapadera serigrafiada con el icono de “su” Esperanza, con un aire más humano que divino, antes de destapar la lata vacía de “dulce de membrillo”. Trasteó el contenido, rebuscando entre viejas barras de labios, vetustos coloretes y resecos tubos de rímel, el color apropiado a sus deseos. Embadurnó la gastada brocheta con colorete y se frotó varias veces los blanquecinos pómulos hasta que, más por la brusca frotación que por el color en sí de los polvos, fueron apareciendo, luminosos y llamativos, los anaranjados de juventud, los malvas de la lozanía y los carmines de la pasión. Pasó revista a las grietas de los labios y procuró tapar las que pudo ayudándose con la yema de su dedo meñique. Limpió el carmín sobrante y atusó, una vez más, los pelos hasta dejarlos temporalmente en el sitio que les correspondían. Una mirada al conjunto, alejada del trozo de espejo, le confirmó lo acertado del arreglo. Mientras lo hacía, Carlos se entretenía rozando su sedoso cuerpo contra las vetustas piernas, maullando en voz baja y lamiéndose los bigotes con insistencia, dando su aprobación a los cambios que su dueña había ejecutado frente al espejo. Ésta, al oírle maullar de aquel modo especial, satisfecho y feliz, le dirigió una fulminante mirada de reprobación, comprendiendo lo que aquel agasajo significaba.
—¡Sinvergüenza…! Tú ya has comido, ¿a que sí?… Eres un condenado desobediente. ¡Mira que te lo he advertido, y como si nada! –la actitud indiferente de Carlos la desarmó–. Anda, ven, que no quiero darte una tunda…
Salió refunfuñando del baño. Recorrió en un instante el oscuro pasillo hasta llegar a la puerta entreabierta de la cocina. La abrió de par en par en un sólo gesto, encontrando sobre el poyete de azulejos blancos de la cocina la prueba que refutaba sus anteriores palabras. Allí estaba, solitario y lamido, el plato recién preparado del almuerzo. Detrás de ella, garboso e indiferente, entraba Carlos. Imaginándose encontrar otro plato de suculenta comida, caminaba con pomposidad y pleitesía, rozando débilmente el suelo para no distraer a su dueña. Percatada ésta de la presencia del felino, tomó con suavidad el plato vacío y lo mostró a Carlos, enfadada por un lado, y satisfecha por otro, porque el potaje de arroz con sobras de pescado que le había preparado había sido de su total agrado.
—Pues ésta era toda la comida de hoy… –mientras hablaba, el gato maullaba sin comprender el disgusto de su dueña–. ¡La fonda no pasa nada más hasta mañana! Y, ya sabes, si te entra el hambre, acuérdate del potaje que te has metido por el cuerpo sin esperarme, caballero desaprensivo…
Y puso el relamido plato sobre la pileta del fregadero. Se remangó las anchas mangas del vestido rosa y abrió el gastado grifo de bronce del que manó un hilo tambaleante de agua. Más tarde, el grifo bufó estrepitosamente, a borbotones de ruido y agua, aire y vacío…
—¡Ya se escacharró el agua!…
Dio un cuarto de vuelta más a la llave y el grifo, mostrando síntomas humanos de contrariedad, goteó aun más débilmente. Enojada, golpeó la pared con la mano que sostenía el jabón “lagarto”, demostrando así a los elementos su más irascible protesta. Y éstos le contestaron con un más fuerte y sonoro bufido que salpicó agua a la bata y alejó a Carlos hacia posiciones de retaguardia, abandonando el lugar preferente junto a su dueña. Subido ahora en la mesa, presidió la acción con curiosidad. Le encantaba fisgonearlo todo, añadir el toque de distinción a cualquier acción de Gertrudis, aunque fuera un simple fregado. Esta actitud del gato le recordaba a su difunto marido –q.e.p.d.–, que también se llamaba Carlos, siempre diciendo la última palabra, dando el sagaz consejo, el comentario más mordaz y acertado. ¡Cuánto le echaba de menos…!
De vuelta a la faena, ante la nueva situación creada por la rebelión de los elementos, no tuvo más remedio que exclamar un «¡dichosos trastos del demonio…!» con irreverencia, mirando al cielo, completamente convencida de la existencia del Mal en forma de mala suerte, de gafe o de conjuro, al tiempo que llevó el estropajo al orificio de salida evitando las consecuencias de una nueva explosión de agua y aire. La frase debió romper el encantamiento del grifo porque al instante comenzó a funcionar como debía y doña Gertrudis pudo, al fin, enjabonar y enjuagar el plato del almuerzo de Carlos.
Se secó las manos con un trapo blanco, roído por los múltiples lavados con detergente “bio-desagradable”, como ella misma decía, ignorante de la palabreja de moda.
—¡Y ojito ahora con trastearme la casa buscando cómo distraer el hambre…! Si te aburres, te vas al sofá y te acuestas hasta que vuelva de Casa Manolita, ¿te enteras…?
Abrió con cuidado la puerta de la calle para evitar que Carlos, enamorado de la gata de angora del vecino, se fugara. El gato, con toda la atención puesta en la rendija que dejaba la puerta al abrirse, con las orejas y el rabo completamente erguidos y expectantes, observaba los movimientos de su dueña, preparado para aprovechar con habilidad cualquier error. Ésta, que sabía a lo que equivalía un descuido por su parte, cerró la puerta con rapidez, sin advertir que dejaba cogido un vuelo de la bata rosa con la hoja desvencijada y astillada del desdentado marco de la puerta. Carlos maulló, conocedor del desastre que significaba aquello, sabiendo, además, que para soltarse debía abrir de nuevo la puerta, lo que aprovecharía para escapar. Esperó a que esto ocurriera ignorante del truco que su dueña empleó en esta ocasión para deshacerse del problema: Sin abrir la cerradura, forzó con una pierna la hoja de la puerta hacia afuera, permitiendo una insinuante rendija de luz, la suficiente como para dejar libre el vestido y tirar de él. Pero estaba enganchado con el canto de la puerta, astillado por los arañazos de Carlos y por lo viejo de las maderas, produciendo un rasgón en la bata. Sin disimular su contrariedad por no poder bajar en esos precisos momentos, abrió, entró y cerró la puerta inmediatamente tras ella. Carlos, ahora indiferente, esperó a que pasara por delante suya y así rozarse con ella, antes de dirigirse hacia el sofá donde dormitaría su almuerzo. Desde allí contemplaría el ir y venir de su dueña buscando, como loca, el hilo, la aguja y un sitio iluminado donde empezar la faena del arreglo.
Gertrudis se desvistió de modo coqueto y recatado, evitando que miradas exteriores pudieran descubrir sus intimidades. Por eso se aproximó a la ventana y corrió ligeramente el visillo para ver sin ser vista. Sentada cómodamente en el sillón frente al tocador, intentó, por primera vez, ensartar la aguja, protestando por «lo pequeñísimo que hacen los agujeros de las agujas», añadiendo después que «los japoneses, tan listos como son, todavía no se han puesto a inventar una aguja que no haya que ensartarse.»
Desde la atalaya del sofá, Carlos curioseaba el trabajo con los ojos entreabiertos, intentando conciliar el sueño y aprovechando el hilo de Sol, tímido y tamizado por el tupido encaje de los visillos, que acariciaba placenteramente sus orejas. Para no quemárselas, se las manoseaba de vez en cuando con la pata delantera derecha, enfriándola, de vez en cuando, con la lengua.
Mientras, Gertrudis, afanosa y preocupada por lo tarde que era, intentaba, una vez más, hacer pasar el hilo por el dichoso ojo de la aguja. Harta de tanto intento, dispuesta a no dejarse dominar por su clarísima impotencia, se levantó y buscó las gafas de su difunto marido por los cajones del tocador, por la mesita de noche, por el poyete de la cocina, por la encimera de mármol del lavabo, incluso por el suelo. Las encontró, al fin, al levantar el trapo raído de la cocina. Con ellas en las manos, mirándoles los cristales al trasluz para comprobar si estaban sucios, se acercó a la silla junto a la ventana. Carlos aprovechó el movimiento de su dueña para estirar las patas. Acostumbrado a este tipo de rutinas, prefirió seguir dormitando otro ratito.
Con las gafas de su marido puestas, atinó con la aguja a la primera, aunque tuvo que cambiar el color del hilo. Media hora después quedó zurcido el rasgón de la bata. Entonces se cambió las zapatillas por unos zapatos negros de suelas gastadas por donde más le dolían los juanetes. Al ponérselos, pensó en el invierno, cuando el agua entraba por los agujeros de las suelas. Los cepilló aplicándoles un poco de crema. El fuerte olor a “cera con lanolina” le recordó los lejanos días de sus primeros años de casada, cuando embadurnaba de negra crema las botas militares de su gallardo esposo. Con nostalgia, recordó las varoniles facciones de sus rasgos, e hizo el esfuerzo de imaginarse el aspecto que tendría él ahora si viviera, de la tranquila y despreocupada vida que llevarían juntos… Se vio paseando al atardecer, contemplando cómo lo hacían también otros. mientras ellos se refrescaban sentados en las terrazas de verano junto al río. Como torre de campanario de Iglesia oteaba el dentado horizonte de casas yendo de un lado para otro de su mirador, soñando con ser pájaro y volar. Mas, el vértigo de caer y reventarse contra alguna de sus columnas, aunque fuese en sueños, le hizo desistir de la idea y se agarró, torpe y nerviosa, a los fornidos brazos de su imaginado y siempre deseado Carlos.
De vuelta a la realidad, cotidiana y dura, hizo un nuevo esfuerzo para sobrellevar la vida sin él, con el único consuelo del dormido Carlos. «¡Qué dura es la vida, Dios mío…!-protestaba entre dientes-. Conoces a alguien. Te pasas veinte años amándole, queriendo ser parte de él y, cuando lo consigues, te lo quita la muerte, dejándote en la más completa soledad… ¡Qué sentido tiene ahora mi vida, Dios mío, para qué me quieres aquí…!» El animal, como si comprendiera el lenguaje de los humanos, la miró con ojos inteligentes y guiñó un ojo, volviendo después su cabeza al cómodo sofá. Gertrudis lloraba amargamente, desconsoladamente, con miedo y rabia contenida, sin que nadie pudiera golpear su serena y encorvada espalda.
Con la escueta paga de viuda no tenía dinero ni para llegar a los días quince de cada mes. Cada año resultaba más difícil estirarla. Y eso que, gracias a Dios, la casa estaba completamente libre de cargas… No obstante, los suntuosos gastos de comunidad (cuyo término no dejaba de ser un mero eufemismo porque ningún miembro de la misma le saludaba al cruzarse con ella por los pasillos), las facturas de luz (siempre subiendo sin motivos ni razón aunque ella procurara alumbrarse cada vez menos, sin electrodomésticos y con bombillas de “cuarenta” por toda la casa), el agua, que ¡menos mal que no incluían en la factura el aire que bufaba!, y los gastos de desplazamientos, mano de obra y materiales de las pequeñas averías, diezmaban las pagas mes tras mes.
Sin ilusión, cansada de tanto soportar el peso de lo inevitable, decidió que estaba suficientemente arreglada para bajar a Casa Manolita y volver a pedirle, con toda la dignidad de la que hacía gala en su trato con los demás, un poco de hierbabuena y perejil, llorarle por unas patatas, uno o dos dientes de ajo, una cebolleta tierna y un par de pimientos verdes. Si lograba transmitirle, sin hablar, toda la angustia de estas últimas semanas, la apremiante necesidad de los últimos meses su nostálgica soledad, Manolita le daría un par de tomatitos y alguna fruta de esas que están a punto de pasarse. Con la generosidad de los pequeños comerciantes del barrio llegaría a fin de mes. De vuelta, dejaría a deber una de esas latas de comida que tanto le gustaban a Carlos y un poco de arroz para hervírselo como complemento a las salidas nocturnas de las últimas semanas. Salidas que, aunque la dejaban sola, no le disgustaban. Comprendía que era necesario el desfogue del animal y no quería que se sintiera incómodo junto a ella.
Se acercó a la ventana. A través de sus empolvados cristales miró la calle. El rápido transitar de las desalmadas gentes yendo y viniendo con prisas y sin tiempo para saludarse, le llenó de tristeza. Evocó el recuerdo de otros tiempos mejores, más humanos, donde la ciudad era un pueblo grande donde todos sabían de todos. Ya no entendía nada. Todo era complicadamente difícil de aceptar sin crítica.
La debilidad por los días de obligado ayuno y el peso de su cada vez más solitaria vida, le dieron sueño. Se tendió un rato junto a Carlos y se durmió.
Carlos fue hasta la puerta a maullar, expresando sus irrefrenables deseos de salir y encontrarse con la preciosa y divertida gatita de angora del vecino, que no visitaba desde hacía días. Los mismos que su dueña permanecía inmóvil en el sofá. ¡Digna y hermosa, aunque algo arrugada por el paso del tiempo, su cabeza reposaba serena! ¿Qué penurias podrían turbar ahora su último sueño, junto al río, de la fuerte mano de Carlos, su marido?

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La Mancha

@Álvaro Rendón Gómez, agosto 2010

Regresó a la Pensión como todos los días: Cansado y puntual. Colgó sobre la arqueada percha, en la pared, el sombrero que traía puesto y fue desabrochando con parsimonia los botones de la gabardina, al tiempo que depositabael pequeño portafolios de cuero repujado sobre la silla de su derecha para así ayudarse mejor en los botones. Escrupulosamente, sin dejar una sola arruga visible, dejó la gabardina en la percha contigua a la del sombrero. Miró casi despectivamente el trabajo realizado y tiró de los puños de la camisa para que pudieran verse por fuera de las mangas de la chaqueta gris con rayas beige. Retomó el portafolios, no sin antes comprobar, por última vez, si había dejado correctamente en su sitio el sombrero y la gabardina. Satisfecho, comenzó andar con parsimonia y elegancia a lo largo del estrecho pasillo que le llevaba a la escalera principal. Al pie de la misma fijó su mirada en la ventana visible por el hueco de la escalera. Exageró los gestos de cortesía al saludar a la dueña que, aunque no se le veía desde fuera, tenía la seguridad de estar observando detrás de los enrevesados encajes de los visillos.

-Buenas noches, Señora -dijo en voz alta, con seguridad-. ¿La cena a las ocho…?.

Para dar a entender que no había estado atenta a su llegada, esperó unos segundos antes de contestar. Pasados éstos, descorrió los visillos y abrió la ventana para oír mejor al recién llegado y que éste pudiera oirla también. Después completó el ritual de bienvenida

-Buenas noches, Sr. González. Sí, a las ocho, como siempre… ¿Cómo le fue el día…?. ¡ Ah, por cierto, ha recibido carta!. Se la he dejado sobre la mesa, en su cuarto…

-Muchas gracias, Doña Equidad. Si no desea nada de mí, nos veremos a las ocho durante la cena. Buenas noches…

Cortó gentilmente el recién llegado sin detener siquiera su lento, pero continuado, caminar.

Doña Equidad, pese a no tener más de cuarenta y cinco, había descuidado su aspecto exterior durante años. Se vestía con cualquier cosa aunque fueran de estilos variopintos o sus colores atacaran los ojos al mirarlos. Envejecida prematuramente por el abundante comer, daba la impresión de tener diez años más. Viuda de un viejo héroe de la guerra del treinta y nueve, laureado y herido, que tuvo la suerte de reengancharse al final de la contienda y llegar hasta el grado de Capitán, y la desgracia de abandonarlo la mañana que se encontró con una muerte especial pues vestía para esa ocasión un oscuro manto de goma dos, al dar un corto paseo, dos manzanas más allá de su casa, justo el mismo día que mataron al almirante Carrero Blanco. La paga por viudez y la gran laureada de San Fernando apenas si alcanzaban al día quince de cada mes. Por eso no tuvo más remedio que transformar su hogar, muy a pesar suyo, en una casa de huéspedes. Descontenta, gorda y vaga, tenía dos graves problemas: Su meticulosa exigencia al prójimo y su manía por llevar siempre la razón. A la muchacha de la limpieza la traía por la calle de enmedio, siempre gruñendo y criticando su forma de trabajar, su vagancia y su ineptitud con la escoba, aspectos perfectamente criticables en ella más que en los demás. Sus exigencias, muchas veces, rayaban el embrutecimiento. Disfrutaba como una enana llevando la contraria y discutiendo hasta que el interlocutor presentaba bandera blanca.

Pero quizás lo más destacable de su carácter era su obsesión por conocer la vida y milagros de sus inquilinos, y obligarles a cambiar cualquier conducta que estuviera en contra de su peculiarísima manera de ser o su atrofiada visión del mundo y de la realidad, educada a respetar la cerrada jerarquía del mando y a obedecer ciegamente a sus superiores.

Cuando notaba que algún asunto se le escapaba de las manos entraba en una especie de lucha personal, egoísta y vanidosa que rayaba con la idiotez. Con este carácter intransigente, pocos inquilinos podían resistir mucho tiempo en aquella casa, conviviendo con ella. ¡Y eso que solo admitía a personas conocidas, con buenas referencias, educadas, disciplinadas, ordenadas y serias…!. Cuando estaba de buen humor era más terrible, incluso, porque entonces agasajaba hasta el cansancio psíquico. Así, la mejor manera de soportarla era practicar la indiferencia e indolencia más extremas, diciendo que sí, o que no, cuando las circunstancias así lo requiriesen.

Desde que conoció al Sr. González tuvo con él un trato especial quizás porque albergaba en su corazón la esperanza de ennoviarse algún día con él. Era su tipo. Cincuentón, viudo sin hijos, trabajador infatigable y monótono en sus costumbres como un reloj suizo.

Por eso, todos los días, desde hacía más de cinco años, al dar las siete y media de la tarde, se arreglaba el pelo, se colocaba sus mejores galas, aunque con pésimo gusto, y esperaba paciente su llegada. A las siete cuarenta se ponía nerviosa al oír trastear con las llaves en la cerradura. A las siete cuarenta y dos, después de sentirle dejar las cosas en el perchero, tenía la oportunidad de expresarle su afecto más cercano y personal con el saludo de la escalera. Tres minutos después, en su cuarto, le oía abrir el grifo del lavado y treinta segundos más tarde cerrarlo. Inmediatamente después el chirriar de las bisagras del armario cogiendo una nueva camisa que ponerse durante la cena. A las siete cuarenta y nueve, ya listo, sentía cerrar dulcemente la puerta del cuarto y dirigirse, caminando como una pluma para no molestar, decía ella (pero, en realidad, para que no le oyera “la gorda”, pensaba él), los escasos metros hasta la escalera y bajar sigilosamente los escasos escalones que a él le parecían demasiados; llegando, no más tarde de las siete cincuenta y cinco, al comedor.

Con dos minutos de diferencia, ella hacía su entrada solemne, acompañada de un olor a colonia barata que asfixiaba, tan dulce y vaporosa que indigestaba cualquier comida. Los comensales, avisados por el perfume, se ponían de pie y esperaban a que el Sr. González, haciendo verdaderos esfuerzos para no caer desmayado, le acercara el asiento. Cuando veía que todos estaban sentados esperando una palabra suya, ella, con despectiva indiferencia, daba la venia para hablar con educación, cosa que los comensales agradecían.

Los Domingos, como ninguno tenía la obligación de trabajar, preferían dar un paseo hasta la hora del almuerzo o de la cena, y así evitar cualquier encontronazo con Doña Equidad que fuera motivo para perder una cama y un techo donde cobijarse.

Aquella noche, Doña Equidad, más seria que de costumbre, sirvió la cena comenzando por su izquierda. Al llegarle el turno al Sr. González detuvo el cucharón un instante y le preguntó sobre el contenido de la carta que, al parecer, era del Juzgado.

-Nada por lo que inquietarse, Señora mía. Me citan como testigo del accidente que presencié hace unos meses en la Calle del Ramadán. Aquella chica que chocó contra la farola, al parecer completamente ebria… -quiso quitarle importancia al asunto acercándole su plato, dando a entender no sólo que le facilitaba el servicio, sino que para él el asunto estaba zanjado. Doña Equidad, sin inmutarse, continuó el interrogatorio.-No nos había dicho nada, Sr. González, y, la verdad, estábamos un poco alarmados por la citación del Juzgado… -hizo una breve pausa y continuó algo más seria y trascendente-. Sepa Usted que, en los quince años que lleva abierta esta institución, nadie había recibido una citación judicial y, la verdad -repitió elevando un poco más el tono de su voz, más enérgica y colérica, muy alarmada-. ¡Menudo susto nos dió el guardia, señor González…!. ¡Nada menos que una citación judicial…!

Comenzó a trastornarse a medida que hablaba, sintiendo cómo sus propias palabras le envolvían en una espiral de dramatismo de la que le resultaba cada vez más difícil salir.

-No pude evitar presenciar el accidente. Comprenda la situación, Señora… Tomaron nota de cuantos estábamos allí y habíamos visto algo… No tuve más remedio que dar el domicilio de su casa. Perdóneme, era la Policía quien la solicitaba, no podía negarme a ello…

Siguió justificándose el Sr. González, que no salía de su asombro. Parecía como si esa noche le hubieran cambiado a la doña equidad que él conocía de estos últimos años, todo bondad y dulzura de trato con él, por otra, indignada y embrutecida por un asunto que, absurdamente, no había tenido él la culpa.

-Pero es la dirección de mi casa, Señor González. De mi casa y de su buen nombre la que Usted dió a la Policía. ¡Mi buen nombre anda ahora de boca en boca por su manía de pasear los Domingos…!. ¡Dios mío, qué vergüenza nos ha hecho pasar a todos delante de las vecinas, asomadas a la calle siguiendo con sus miradas al guardia que traía la carta del Juzgado…!. Todas preguntándose cosas que no son ciertas, sobre mi casa y mi buen nombre, Señor González… ¿Sabe Usted que es lo que ha hecho…?. Ha manchado mi buen Nombre con una mancha imborrable. Yo le ruego, Sr. González, le exigimos más bien cuantos estamos compartiendo este inmaculado techo, que trate de borrarla como Usted mejor considere oportuno. Pero hágalo, Señor González, hágalo por el bien de todos. Cuando vivía mi difunto esposo, el Capitán Sánchez, un héroe, Señor González, un héroe condecorado después de realizar una gran proeza. Mi esposo, Señor González, no hubiera permitido que se hubiera manchado el honor y el nombre de mi casa con una carta del Juzgado… El le hubiera matado, Sr. González, si fuera preciso…

Estaba histérica, fuera de sí. Todos los demás invitados, practicando la indiferencia y la indolencia más exageradas, clavaron sus miradas en el triste plato de sopas con picatoste y jamón que tenían servido desde hacía casi tres minutos y medio.

Entonces, viendo que era imposible cualquier otra alusión en su defensa, se levantó de la mesa, subió la escalera y entró en su cuarto. Preparó las maletas en un santiamén. Ya en el comedor, de nuevo, llevando en su mano el sobre conteniendo la carta de la discordia, escrupulosamente sellada aparentando no haber sido abierta, se la extendió a Doña Equidad.

-Tenga, Señora. Devuélvasela mañana al Cartero y diga en voz alta, para que todas las vecinas puedan oírlo, que el señor de la dirección no vive aquí. Así, la mancha quedará limpia y su buen nombre continuará inmaculado. Buenas noches, señores… -dijo con la indiferencia de un diplomático.

-Buenas noches… -dijeron todos con las miradas clavadas en los aguados platos de sopa.

Del perchero tomó el sombrero y la gabardina. Cuando estuvo listo abrió la puerta cerrándola dulcemente tras él. Sin mirar atrás.

Doña Equidad, al perderlo de vista, cerró con fuerza los labios, sintiendo no haber podido dominar su cólera. Con lápiz rojo, descargando toda su frustración, escribió de punta a punta del sobre una palabra que le ayudó a liberarse de sus antiguas esperanzas: DESCONOCIDO. Después la apartó como si nada e invitó a todos a seguir la cena. Pidió disculpas por el retraso, cosa que todos los comensales aceptaron de buen grado, sin apenas inmutarse por cuanto había ocurrido.

Eran algo más de las ocho cuarenta y cinco. Casi veintisiete minutos de retraso: Un fastidio…

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